El afán de aterrorizarnos

Publicado por el Jul 30, 2014

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Se puede afirmar que el anhelo de inmortalidad acompaña al ser humano desde el momento mismo en el que fue consciente de su existencia. La dificultad de admitir que el hombre como conjunto de alma y cuerpo (la descomposición del cuerpo humano es demasiado visible) era inmortal hizo que surgieran formulaciones filosóficas que, tras propugnar la separación ideal de ambos elementos, predicaran que el alma era imperecedera. Pero como no todos los hombres se comportaban de la misma manera, había que dar un paso más y, situados en la óptica del bien y del mal, sostener que solamente las almas justas alcanzan la verdadera inmortalidad.

Formulada esta idea, surge en el ser humano el afán de ser justo para poder así salvar su alma. A tal efecto, se le proponen dos caminos: el del amor y el del temor. Por medio del primero, los que dan por sentada la existencia de un Ser-Creador como principio de todas las cosas, pregonan principalmente la vía del amor a Él como senda para alcanzar la salvación eterna. Pero por si este camino no es del todo eficaz, se recurre también a la vía del temor: se amenaza al hombre con todas las penas y tormentos imaginables para que abandone la senda del mal y entre en la de la salvación.

Por lo general, la vida espiritual del ser humano no ha sido un ámbito en el que solieran meterse los líderes políticos, dedicados sobre todo a procurar el bien material de los ciudadanos. Razón por la cual, aquéllos o estaban al lado de los que se afanaban en salvar el alma de los hombres, pero sin implicarse demasiado; o calificaban esta tarea como el opio del pueblo, ofreciendo, desde esta última opción, una vía alternativa, si no para salvar el alma, sí como vía de redención del hombre por el hombre.

Pues bien, habiendo perdido en nuestra sociedad materialista cierta intensidad el afán de salvar el alma, está surgiendo en el hombre occidental un nuevo afán de salvar, cuyo objetivo es el Planeta. Pero, a diferencia de lo que sucede con aquel otro afán, el de salvar la Tierra es una tarea especialmente atractiva para ciertos políticos. Porque al no tener nada que ver con el alma, carece de connotaciones religiosas; como es una tarea altruista, ya que persigue el bien ajeno, el de todos, a costa del de cada uno, se sienten cómodos en ella; y, finalmente, como no hay resultados a corto plazo, se pueden entretener hablando todo lo que quieran de lo que habría que hacer, sin decidirse a tomar medida alguna.

Lo curioso es que en el afán de salvar la Tierra esos políticos se han convertido en una especie de nuevos predicadores de los males del “Infierno”, que se regodean amenazando y aterrorizando al pobre ser humano con la inminencia de todo tipo de catástrofes medioambientales. Olvidan, sin embargo, que también en este afán existe la vía del amor: más que intimidamos con todo tipo de calamidades, hay que enseñar desde la infancia a amar a nuestro Planeta y, sobre todo, al ser humano que lo habita. Porque, tal vez, el mejor modo de preservar el Planeta es salvar al Hombre de lo peor de sí mismo: su extrema crueldad, su insaciable avaricia y su fanatismo asesino.

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