Esperanzados, ilusionados, atónitos y cabreados

Publicado por el jul 12, 2014

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Si hubiera una máquina fotográfica que pudiera retratar los sentimientos de los ciudadanos españoles desde el advenimiento de la democracia hasta nuestros días, creo que no serían pocos los que habrían pasado por todos, varios o algunos de estos estados: esperanza, ilusión, asombro y cabreo.

Muchos de los que cumplimos la mayoría de edad durante el régimen anterior echábamos en falta entonces la libertad, y nos repugnaba la arbitrariedad del poder que por temor a las reacciones caprichosas del que mandaba convertía a muchos ciudadanos en sujetos serviles, degradando su dignidad. Pero albergábamos la fundada esperanza de que España no tardaría en convertirse en un país democrático homologable a todos los de nuestro entorno europeo.

Y así sucedió. Llegó la ansiada democracia gracias al impagable impulso del Rey Juan Carlos I y a la generosa contribución de una brillante generación de políticos, que llenos de ilusión y dejando muchas veces de lado sus bien remuneradas ocupaciones profesionales, dieron lo mejor de sí al servicio de España. No se puede negar que hubo muchas dificultades, pero la incipiente democracia, recibida por el pueblo con una gran ilusión, se fue asentando hasta lograr su definitiva consolidación con el ingreso de nuestro país en la Unión Europea.

Andando los años, pudimos comprobar que, conquistada la libertad, no resultaba barato mantenerla. El sistema constitucional que nos otorgamos preveía una complicada estructura territorial del Estado, hasta el punto de triplicar las administraciones públicas (municipal, autonómica, y central), sin la debida coordinación entre ellas, y con un exagerado aumento del personal a su servicio.

Fue entonces cuando empezamos a entrar en una situación de pasmo: veíamos crecer incontroladamente las administraciones públicas sin que mejorara en la misma medida su eficiencia. Y, por si esto fuera poco, no tardamos en entrar en una nueva estructura política de ámbito supranacional, la Unión Europea, que vino a superponerse en muchos asuntos a la triplicada nacional, y que hemos tenido que sostener también los ciudadanos españoles en la parte que nos corresponde.

Con todo, las cosas no iban mal porque pasábamos por una época de bonanza. Era tal el flujo de dinero que corría por el país              –prestado en su mayor parte por los mercados internacionales- que el Gobierno de la Nación de entonces, en vez de ahorrar para tiempos peores, entró de lleno en la política del despilfarro. Teníamos nada más y nada menos que cuatro administraciones públicas (las tres nacionales y la europea) que gestionaban nuestros intereses generales, y no reparábamos demasiado en su eficiencia, porque teníamos, aunque fuera endeudándonos, suficientes medios para pagarlas.

Ah! Pero llegó la crisis, y nuestros administradores, en lugar de poner inmediatamente a dieta a la mórbida y paquidérmica administración pública, eliminando la multitud de puestos de trabajo innecesarios ocupados por los simpatizantes de los partidos, optaron por lo único posible a corto plazo: recortaron los sueldos y subieron los impuestos a los ciudadanos con nómina.

Y empezó el cabreo, por el modo en que nuestros políticos estaban gestionando la crisis. Es verdad que estábamos ante un precipicio, y que había que reducir el disparado y descontrolado déficit público en el que alegremente nos habíamos metido. Pero también lo es que en lugar de recortar drásticamente los gastos innecesarios entre los que figuraban muchos que afectan a la clase política, prefirieron recaudar más. Sería injusto de decir que no hicieron recortes, pero ni todos los que se necesitaban ni, tal vez, en las partidas más adecuadas.

Lo cierto es que, tal y como se ha gestionado la crisis, hay no pocos ciudadanos que han llegado a las dos siguientes conclusiones: que la generalidad de los políticos apenas la ha sufrido y que administrar es recaudar más, en lugar de reducir los gastos.

Buena muestra de lo que acabo de decir es el último informe del Fondo Monetario Internacional sobre España: aumenta nuestra previsión de crecimiento pero pone en duda la reforma fiscal, y para reducir el déficit lo que se le ocurre es aconsejar al Gobierno que suba el IVA. Es decir, en lugar de indicar cómo se pueden recortar gastos innecesarios en nuestra todavía elefantiásica administración, recomienda lo más fácil: aumentarla recaudación.

Como sigamos oyendo que la reducción del déficit público debe realizarse vía impuestos y no por la disminución de los gastos innecesarios, no va a dejar de aumentar el malhumor de los ciudadanos. ¡Qué nadie se sorprenda después por las consecuencias de su cabreo!

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