Hotel Paradiso

Publicado por el Jul 9, 2014

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La última novela de Ramón Pernas, Hotel Paradiso, con la que ganó el premio Azorín, es un brillante ejercicio de recuerdos y prospectivas: rememorar algo de lo ya vivido e imaginar lo que podría suceder. Ambas cosas a la vez y relacionadas, aunque narradas en paralelo.

Entre los recuerdos lejanos de Ramón, está sin duda el mundo del circo. Ese mundo que vivimos, me atrevo a decir que con el mismo asombro y admiración, la generación de niños que habitábamos a mediados del siglo pasado en los pueblos y pequeñas ciudades de España.

En nuestra Galicia natal, muy apartada entonces del resto de la península por sus dificultosas comunicaciones terrestres, veíamos llegar, con gran inquietud e ilusión, los camiones rotulados con señales inequívocas del que se anunciaba como el mayor espectáculo del mundo. Y, en unas pocas horas, tras un arduo trabajo colectivo que se parecía al de las hormigas, observábamos cómo se levantaban hacia el cielo en aquellas explanadas de tierra yermas carpas multicolores coronadas por luces de neón. El reciento se cerraba con las caravanas de los artistas y los vagones en los que viajaban enjauladas las fieras salvajes que tanto nos asustaban.

Este mundo, casi caído hoy en desuso porque a los niños de la era digital les compramos maquinitas en lugar de llevarlos a que vibren con el “más difícil todavía”, es perfectamente retratado por Ramón Pernas con las dosis precisas, como si fuera un gran chef, de ternura y nostalgia. El hilo conductor de la historia, en la que deja traslucir los recuerdos circenses de sus años infantiles en Vilaponte (su Vivero natal que tan presente está en toda su obra), es la elefanta Zara, un regalo al entonces propietario del circo del otro gran personaje, este humano, de la novela.

La historia de este otro protagonista busca sobrecoger nuestro espíritu relatando el tramo final y sin retorno de los últimos años de su vida en una residencia que tiene que ver metafóricamente –al menos eso me parece a mi- con algo a lo que somos muy aficionados los humanos: construir lugares para encerrar a otros. Y es que nuestro personaje, un prócer de Vilaponte, financia la construcción de una residencia de ancianos que se convierte en la jaula –nueva metáfora circense– en la que lo ingresan contra su voluntad para que pase sus últimos días.

No debo desvelar nada más. Solo decirles que la lean, porque aunque es dura, no lo es más que la vida misma. Merece la pena.

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