¿Segunda transición o regeneración democrática?

Publicado por el Jun 23, 2014

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Aunque tuvo no pocos detractores en su momento, hoy nadie duda de la imperiosa necesidad de la transición del régimen autocrático de Franco hacia el actual sistema democrático, ni tampoco del acierto con  que se realizó. Había que pasar -y afortunadamente se pasó- de un sistema político basado en la arbitrariedad del poder dictatorial a otro completamente distinto en el que recuperamos la libertad y se devolvió la soberanía nacional al pueblo español. Dicho de otra manera: en aquellos momentos era absolutamente necesaria la transición de un sistema a otro, y el pueblo, dirigido por el Rey Juan Carlos y por las fuerzas políticas, la llevó a cabo impecablemente.

Los treinta y seis años que llevamos de convivencia democrática han dado lugar a la época más fructífera de nuestra historia reciente. Pero no se puede negar que en los últimos tiempos han surgido numerosos problemas políticos y económicos que están moviendo a ciertos sectores de opinión a insistir abiertamente en la necesidad de una segunda transición.

Los problemas no se pueden negar. Solo los muy obstinados pueden soslayar que existen tensiones territoriales planteadas por ciertas autonomías que reclaman mayores cuotas de poder -hasta el punto de independizarse- y que propugnan una clara ruptura de los principios de unidad y solidaridad; que hay un ineficiente y elefantiásico sector público que tiene que ser fuerte y decididamente reducido; que existe una potente economía sumergida que traslada insolidariamente las cargas tributarias únicamente a la parte cumplidora de la población; que se ha propagado como si fuera una epidemia una galopante corrupción pública y privada sin que los pocos que son condenados devuelvan lo que se llevaron; y, finalmente, que los partidos políticos, los sindicatos y las patronales, se han convertido en organizaciones que defienden sus propios intereses, olvidando desgraciadamente los intereses generales de los ciudadanos a los que deberían servir.

No creo que haya duda en el diagnóstico: nuestro sistema democrático ha enfermado, no es que esté viejo, sino que tiene algún descosido. El problema reside, pues, no tanto en “enterrarlo”, sino en dispensarle un buen tratamiento para que se recupere.

Para resolver todos estos problemas hay quienes proponen un remedio muy drástico, la indicada segunda transición, que consistiría en una reforma constitucional en virtud de la cual pasaríamos del Estado Autonómico a un Estado Federal y que, si bien podría calmar, durante cierto tiempo, las tensiones territoriales de Cataluña y el País Vasco, afectaría negativamente a los indicados principios de unidad en la diversidad y solidaridad. Pero el resto de los males diagnosticados en poco o en nada mejorarían por el hecho de pasar a un nuevo Estado Federal.

Habrán adivinado que soy decidido partidario de otro medicamento, menos radical, pero tal vez más efectivo, que consiste simplemente en exigir una inaplazable regeneración democrática. Esta propuesta más que cambios legislativos lo que reclama es que se aplique la ley y que nadie pueda librarse de su cumplimiento.

En España nos sobran leyes y nos falta aplicarlas con prontitud y contundencia. Y la reforma de la Constitución, además de reabrir todos los problemas de convivencia por los intereses más o menos espurios de unos pocos (los secesionistas), no solucionará por sí sola los problemas del sector público ineficiente, ni de la economía sumergida, ni de la corrupción, ni del inadmisible ensimismamiento de los partidos y las organizaciones sindicales y empresariales. Y es que no veo relación alguna entre convertirnos en un Estado Federal y que desaparezcan como por arte de magia los problemas que nos asolan.

Por eso, aunque no me parecen mal las propuestas que acaba de hacer públicas “Movimiento Ciudadano”, creo que, en lugar de presentarlas como “una segunda transición” (aunque la califican como “tranquila”), debería hablar de regeneración democrática. De hacerlo así, su mensaje sería más claro, nadie los confundiría, y evitarían que otros, que también hablan de segunda transición –pero de muy distinto alcance- se subieran al mismo carro.

Es muy posible que los grandes partidos, por el enmarañado enjambre de intereses que albergan en su seno, estén más en la táctica cortoplacista de recuperar inmediatamente el voto perdido que en analizar profundamente si se embarcan definitivamente en la imprescindible regeneración democrática. Ahora, que se inician nuevos tiempos, al abrigo de un nuevo y entusiasta monarca, convendría que los partidos de gobierno mediten muy seriamente sobre si creen que están respondiendo a lo que esperan de ellos la gran mayoría de los ciudadanos.

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