El afán de poder como maldición oculta

Publicado por el jun 9, 2014

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García Márquez en su relato corto “La viuda de Montiel”, que forma parte de “Los Funerales de la Mama grande”, pone en boca de aquélla que “sí Dios no hubiera descansado el domingo habría tenido tiempo de terminar el mundo”.

Más allá de la posible irreverencia de esta afirmación, que debe ser entendida básicamente como un brillante recurso literario, lo cierto es que el ser humano lleva suficientes años sobre la Tierra como para haber resuelto ya satisfactoriamente la mayor parte de sus problemas  sociales. Me refiero, entre otras cosas, a poder vivir en paz, haber acabado con el hambre, poder pensar y expresarse en libertad, tener una instrucción suficiente, gozar de un nivel sanitario adecuado, disponer de una justicia rápida y eficaz, tener un trabajo aceptablemente remunerado y habitar en una vivienda digna. Todos estos objetivos, a pesar de su indiscutible relevancia, no han dejado nunca de ser aspiraciones del hombre, en vez de realidades alcanzadas. Que esto es así lo demuestra el hecho de que a lo largo de toda la Historia de la Humanidad nunca se ha podido decir en algún país del mundo que se hubieran resuelto definitivamente dichos problemas, o algunos de ellos, para todos sus habitantes.

Ante esta situación es comprensible que haya quien pueda pensar, como la viuda de Montiel, que el mundo quedó sin acabar. O dicho de otra manera, que estemos ante problemas insolubles porque son inherentes a la propia condición humana.

Ante esta situación, las preguntas que me surgen son, entre otras, las dos siguientes: ¿en qué parte de nuestra alma anidó ese germen de autodestrucción que impide que hayamos resuelto los problemas que nos están asediando desde que vagamos por este mundo? y ¿cuándo penetró en nosotros esta anomalía espiritual?  

Aunque puede haber más de uno, para mí el vicio verdaderamente generador de esta insatisfacción humana es el afán de poder, esto es, la malsana ambición ilimitada de alcanzar el dominio necesario para someter a los demás a nuestros dictados. Y en cuanto al momento, recuerdo de mis enseñanzas escolares que en el Génesis se relata tanto el pecado original como el asesinato de Abel por parte de Caín. Pero no recuerdo pasaje alguno que describa en qué momento se nos inoculó el afán de poder, la más grave enfermedad del espíritu que viene moviendo el mundo desde sus orígenes. Por eso, no descarto que tuviera algo de razón la viuda de Montiel, y que la ocultasen en el ser humando el séptimo día, mientras Dios estaba descansando.

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