El hocico encanecido

Publicado por el may 13, 2014

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Tenía cerca de setenta años y desde 1966 pasaba las vacaciones en un pueblecito marinero enfrente de La Coruña. Desde que veraneaba allí, bajaba todos los días dando un paseo bordeando la playa hasta llegar a un cabo denominado Seijo Blanco. Al finalizar el verano del año 2000, cuando pasaba por delante de una casa a la entrada del pueblo reparó en la presencia de un cachorro mezcla de varias razas con predominio de pastor alemán. El can estaba asomado entre los barrotes del cierre de la finca y lo miraba fijamente. Interpretó su mirada como de bienvenida, cosa que corroboró al ver como meneaba la cola.

Al verano siguiente, el cachorro se había convertido en un perro adulto, en plena juventud. Aquella mañana iba distraído, pensando en comprar la prensa y se llevó un susto enorme porque no se esperaba sus feroces ladridos. El joven perro se movía con mucha rapidez de un lado a otro del cerramiento de la parcela que vigilaba. Como la parcela medía unos cincuenta metros de largo, se adelantaba a la marcha del veraneante, se paraba, y sacaba su cabeza entre dos balaustres, permaneciendo inmóvil mientras se acercaba. Al llegar ante él, comenzaba a dar saltos apoyando las patas contra la barandilla ladrando con una fuerte excitación.

El veraneante pasaba sin hacerle caso y no detenía su camino para ver qué hacía después el perro. Sin embargo, pensaba que cumplía perfectamente su función de guardián asustador. Y así un año tras otro, la escena se repetía. Solo los primeros días del verano y algún otro en el que caminaba absorto, el veraneante se veía sorprendido por el ladrido inesperado. Y aunque se quedaba mirando para el perro, lo cierto era que no reparaba demasiado en él.

Al jubilarse en marzo, el veraneante adelantó su estancia en la casa de la playa y pasó en ella la Semana Santa. El tiempo era bueno y decidió dar el paseo habitual. Llegó a las inmediaciones de la finca hablando por el teléfono móvil, pero colgó unos metros antes del comienzo del vallado. Sin saber muy bien porqué, elevó la vista y vio acercarse al perro andando lentamente y dando ladridos roncos y espaciados. Como otras veces, el perro asomó la cabeza y el veraneante observó que tenía el hocico encanecido y que sus ojos habían perdido brillo.

Al pasar todo el cierre de la finca, el jubilado cambió de acera y desde un pequeño promontorio observó que el can volvía hacia la puerta de la casa con unos andares de suficiencia que parecían decir “misión cumplida”. Por un momento pensó que en lo sucesivo debería cambiar de camino para evitarle aquellas fatigas, pero desechó rápidamente la idea porque creyó que el perro, al igual que él, viviría mejor el resto de sus días sintiéndose útil.

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