Y ahora ¿qué?

Publicado por el mar 25, 2014

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Incluso el observador más distraído de nuestra realidad habrá observado la conmoción social que ha supuesto el fallecimiento de Adolfo Suárez. El final definitivo de su vida provocó, al menos, dos reacciones generalizadas tanto en el pueblo como en la clase política. La primera, y más importante, fue una especie de “actualización” del sentimiento de afecto por el joven político abulense que con una enorme audacia, decisión y valentía nos dio a respirar la libertad. Y la segunda, la nostalgia de una manera lamentablemente perdida de hacer política en la que se anteponían los intereses generales de España por encima de los intereses particulares de los políticos y los partidos. Gracias a ambas reacciones, y sin tener que esperar al tardío veredicto de la Historia, Adolfo Suárez ha obtenido un puesto de honor entre nuestros más grandes estadistas.

Lo que ha sucedido durante su agonía no deja de suscitarme algunas preguntas. Los que tan duramente lo hostigaron en la lucha política ¿habrán sentido algún grado de arrepentimiento por las asechanzas y maquinaciones con las que dificultaban sus acciones de gobierno? Quiénes lo consideraban un traidor ¿se habrán dado cuenta de que contra viento y marea nos trajo el período de mayor y más continuado progreso de nuestra historia reciente? Quiénes dudaban de su preparación y su talla  de líder ¿estarán avergonzados al ver a qué poco llegaron ellos a pesar de sus brillantes oposiciones y curriculums? Me gustaría saber la respuesta de los que deberían sentirse aludidos por estas preguntas.

No quiero que se tomen mis palabras como un deseo de mitificar, tras su ausencia, a un buen político que tuvo que enfrentarse más en solitario de lo que merecía con una situación nacional de enorme dificultad y que fue bastante maltratado por una buena parte de los políticos de entonces. Pero sí que me gustaría extraer alguna enseñanza de lo que nos ha hecho presente su muerte: que se puede estar en política sin buscar enriquecerse; que se debe pensar en el interés de las próximas generaciones sin que interfieran los resultados de unas inminentes elecciones; que la política no es una actividad para toda la vida, sino una ocupación temporal de la que uno puede dimitir cuando advierta que su continuidad hace daño; y que para ser político hay que ser generoso y estar inmunizado contra sentimientos tan mezquinos como el odio, el resentimiento y el revanchismo.

¿Podemos tener alguna esperanza de que el ejemplo que nos ha dejado influya algo en el devenir de nuestra política? Me temo que no. Para mí tengo que la mayoría de nuestra clase política ha sufrido, sí, un calentón de buenos propósitos, pero o mucho me equivoco o poco tardaremos en volver a las andadas.

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