La bolsa de la vida

Publicado por el mar 19, 2014

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Me tomo la libertad de volver a publicar un artículo que escribí para La Voz de Galicia en mayo de 2008, porque al abrir mi bolsa con motivo de los días de mi cumpleaños y de mi santo -y perdónenme la inmodestia- la encontré repleta de felicitaciones de afecto. La que sigue fue mi reflexión de entonces.

A todos nosotros cuando nacemos nos cuelgan del hombro una especie de bolsa imaginaria para que la vayamos llenando a lo largo de nuestra vida de lo que nos parezca mejor. Pero como vivimos en sociedad, interrelacionados, al tiempo que vamos recibiendo los bienes que van ocupando nuestros zurrones, llenamos también los de los demás con los que nosotros les damos.

Durante los primeros años, nos van metiendo en nuestra bolsa mucho más de lo que nosotros introducimos en las de los otros. Y todo lo que nos dan en ese tiempo es bueno. Nuestros allegados van llenando nuestro pequeño morral con bienes materiales, como nuestras primeras pertenencias (el chupete, el sonajero, los juguetes, etc), pero, sobre todo, con los bienes espirituales más valiosos como el amor y la ternura. Nosotros, en cambio, en esa etapa, que es la de nuestro mayor egoísmo, les damos poco: apenas alguna sonrisa y la satisfacción que les produce cada una de las cosas que vamos  aprendiendo (hablar, andar, etc.).

La edad adulta es el momento decisivo para elegir lo que vamos a meter en nuestra bolsa. Porque, en general, se irá llenando de lo que nos vayan dando aquellos con los que nos relacionamos, ya que éstos nos corresponderán entregándonos más o menos lo mismo que han ido recibiendo de nosotros. Lo malo es que en el momento de máxima plenitud de nuestra vida solemos prestar poca atención a lo que damos, y en la vorágine de la dura profesión que es vivir tampoco somos muy conscientes de lo que vamos recibiendo.

Por eso, al llegar a la madurez, cuando toca hacer balance y hay que abrir la bolsa para ver lo que hay en ella, comienzan las sorpresas. Hay quienes sólo encuentran odio, porque eso fue lo que hicieron sentir a los demás. Y aunque el odio no se ve, lo notan, porque de su saco sale un aire fétido y corrompido que es irrespirable y acaba por asfixiarlos. Los hay que solo han metido bienes materiales, porque eso fue lo que más les preocupó a lo largo de su vida. A éstos las cosas que han acumulado les valen de poco, porque, como son inánimes, no hacen compañía, no se puede hablar con ellas, y no pueden contagiar lo que no tienen: vida, que es lo que más se necesita en ese momento. No recibirán, pues, más satisfacción que el bienestar que puedan proporcionarle.

En cambio, los que durante su vida han ido haciendo el bien a los demás, comprobarán al abrir su bolsa que está llena de afectos. Y aunque este caso, como el afecto tampoco se ve, puede parecer que la bolsa está vacía, notarán de inmediato que está repleta porque emana un efluvio tan puro que se respira a bocanadas. Por eso, el que tiene su bolsa rebosante de afectos, que son, correspondidos, los que él dio a los demás, nunca se ahogará. Porque vivirá el tiempo que le quede envuelto en una atmósfera oxigenada y radiante plena de sentimientos que lo convencerán de que su modo de actuar mereció la pena, según demuestran el buen recuerdo que dejó en los demás y el cariño que le profesan.

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