El ruido sordo del silencio

Publicado por el Feb 28, 2014

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A la pregunta de Polonio ¿qué estáis leyendo mi señor? Hamlet responde: “palabras, palabras, palabras”. Además de la escritura, las palabras, sin duda en la época de su mayor florecimiento,  disponen hoy de nuevos medios para llegar hasta nosotros: navegan por el aire de labios a oídos y más que leerse se escuchan.

 

Casi todas las palabras son hermosas, por mucho que alguna de ellas pueda tener un sentido desapacible. Al fin y al cabo, han sido creadas para expresar realidades existentes cuyo protagonista es inevitablemente el ser humano.

 

Lo que ocurre es que en los tiempos que vivimos hay quienes se dedican a repetir machaconamente lo menos grato, convencidos de que las “buenas noticias no venden”, como recordó el periodista Carlos Egaña de la CNN al presidente peruano Ollanta Humala cuando propuso a los medios de comunicación de su país que cada día ofrecieran 15 minutos de noticias positivas para reforzar los valores entre los jóvenes. En esto se ha convertido nuestra vida moderna, en resistir asediados ante la invasión mediática de opiniones, generalmente interesadas, que no dejan que conformemos serenamente nuestra propia opinión. Nos consideran con tan poco juicio que parten de que nos interesa más el lado negativo de la vida que lo mucho que tiene de bueno. Y lo malo es que parecen estar en lo cierto.

 

La verdad es que carezco de legitimidad para denunciar lo que antecede porque yo soy uno más de los que importunan vuestra quietud tendiendo mis puentes de palabras para haceros llegar mis pensamientos. Pero yo no soy un profesional que escribe para ganarse la vida. Soy simplemente un egoísta que debiendo dejar de incordiaros prefiere darse la satisfacción de entrometerse en vuestras vidas. Yo lo tengo muy fácil: escribo palabras, palabras, palabras, sin saber para quién son, ni siquiera si podrán interesar a alguien. Pero procuro ser fiel a mi conciencia. Porque ostento una doble condición: soy pueblo llano lector y escribo regularmente por una necesidad, en cierto modo impúdica, de comunicar mis ideas. Lo hago, sobre todo, por no quedarme con el ruido sordo del silencio.

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