Las lágrimas secas

Publicado por el feb 9, 2014

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Hay vidas que solo consisten en resistir. Desde el instante mismo en el que surgen tienen marcado un porvenir tenebroso y sombrío. Han nacido en el imperio de la escasez, en un lugar en el que lo único que abunda es la miseria. Hasta el sol, al que tanto le debemos los demás, se ceba implacablemente con esas existencias, convirtiendo sus pequeños riachuelos en regatos resecados, y cuarteando la tierra árida y polvorienta que es el pasto para sus famélicos rebaños.

 

En sus lugares de origen, solo abunda lo que nadie desea acaparar: el hambre y la ignorancia. Nacen muchos, pero son bastantes menos los que llegan a ser adultos. La casi total ausencia de medidas sanitarias provoca una mortalidad infantil tan elevada que si no se han exterminado es porque entregarse a concebir es una de las pocas actividades a las que pueden dedicarse libremente.

 

Cuando hace muchos años vieron aparecer por sus aldeas al hombre blanco, no tuvieron más remedio que ponerse a su servicio. Le dejaron explotar sus tierras con todas sus riquezas a cambio de migajas de civilización que no acabaron sacándolos de su incultura, ni de su miseria.

 

Pero el hombre blanco de la civilización globalizada hizo algo más. En imágenes transmitidas por ondas captadas por los mágicos aparatos que les vendieron como si fueran los antiguos espejos, les dejaron ver todo el despilfarro de su mundo abundoso y supuestamente lleno de posibilidades. Y claro, los deslumbrados destinatarios de esa visión de la riqueza empezaron a marchar llenos de ilusión como si fueran a cazar la mejor de todas las piezas: la esperanza.

 

Lejos de abrirle las puertas como hicieron ellos cuando iban a por sus minas y animales salvajes, el bwana blanco cerró a cal y canto su “paraíso terrenal”, poniéndole todo tipo de obstáculos, y algunos hasta con medios disuasorios lacerantes. A pesar de lo cual, los subsaharianos lo sigue intentando, eso sí con las lágrimas secas de tanto llorar.

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