¿Debilidad o deslealtad?

Publicado por el feb 6, 2014

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Estoy seguro de que incluso los que haciendo zapping en televisión ven instantes de los partidos de futbol pueden tener la impresión de que los futbolistas son sujetos atléticos, dotados de una fortaleza y preparación física muy superior a la de la gran mayoría de los ciudadanos. Y es que aunque van equipados con una vestimenta que cubre parte de su cuerpo, entre lo que ésta deja ver y las pocas ocasiones en las que se despojan de sus camisetas para celebrar un gol, nos muestran unos torsos muy musculados y con pocas adherencias de grasa.

 

Pero si esto es cierto, también lo es que no son pocas las veces en las que un simple roce, o veces ni siquiera eso, los hace rodar escandalosamente por el suelo, como si hubiesen recibido un impacto de una fuerza descomunal. Más aún: hay veces en las que la repetición televisiva de una jugada demuestra que uno de esos impresionantes atletas ha rodado por el césped sin haber sido siquiera tocado por el contrario.

 

Así las cosas, habrá quien en una orgía de ingenuidad pueda llegar a consolarse pensando que los futbolistas no son tan fuertes como parecen, ya que un ligero contacto de un adversario o una ráfaga de viento más intensa de lo normal provocada por la proximidad de un contrario son suficientes para tumbarlos. De ser esto así, habría que lamentar el padecer la ilusión de presenciar un deporte practicado por sujetos aparentemente fuertes, pero realmente débiles.

 

Pero, si los futbolistas fueran tan fuertes como aparentan ¿qué otra explicación podría tener el hecho de que fueran tan fácilmente “derribables”? Solo cabe una: el deseo de obtener una ventaja en el partido engañando al árbitro de la contienda. El derribo simulado podría reportar al equipo del derribado una falta y, dependiendo del lugar del campo, hasta un penalti, así como, en su caso, una tarjeta de amonestación al contrario implicado en la jugada.

 

Ante una situación como ésta, hay quienes se inclinan a favor del jugador que engaña, del que alaban su pillería. Y los hay también que están a favor del juego limpio y detestan las ventajas competitivas alcanzadas, no mediante las propias prestaciones de cada jugador, sino a través del engaño y la simulación. Yo me alineo entre lo que integran este último grupo, y reclamo enérgicamente que se sancione con toda severidad a los que actúan con deslealtad frente al resto de los participantes y, sobre todo, frente al árbitro, al que dificultan intencionada y dolosamente su de por sí ya compleja tarea de aplicar las reglas del juego.

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