¿Y si el problema somos los profesores?

Publicado por el feb 3, 2014

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La formación de los ciudadanos es el principal problema que tienen los países. No debe extrañar, por eso, que existan organismos nacionales, internacionales, públicos y privados que se dediquen a comprobar el nivel de preparación que tienen los principales protagonistas de la enseñanza: los profesores y los alumnos. Aunque suelen tener más repercusión los test sobre la preparación de los alumnos que los que se hacen sobre el grado de conocimientos de los profesores.  El denominado Informe PISA, cuyos datos tanto suelen sonrojarnos, es de los primeros, mientras que solo en escasas ocasiones se ofrecen resultados sobre el nivel de preparación de los que enseñan (recuerdo uno de no hace mucho tiempo de la Comunidad de Madrid sobre los aspirantes a profesores que arrojó resultados escandalosos).

 

El pasado 24 de enero tuvo lugar en Madrid un foro en el IESE en el que se analizaron los resultados de un Informe de la Consultora MCKINSEY sobre las claves para conseguir un sistema educativo excelente. Pues bien, en este Informe se concluye que los países que encabezan los resultados del Informe PISA poseen tres rasgos comunes: contratan a los mejores profesores, les sacan el máximo partido e intervienen cuando los resultados de los alumnos empiezan a empeorar. Es decir, se evalúa indirectamente a los profesores examinando los resultados de los alumnos.

 

De acuerdo con este método, que me parece muy acertado, el problema de la enseñanza en España es tanto de los alumnos como de nosotros, los profesores. Si ellos están deficientemente preparados, no es algo que haya que poner solo en su haber. Alguna culpa tendremos nosotros. Porque si se enseña bien, si se explican con claridad conocimientos actualizados, es muy difícil que los alumnos no aprendan. La soberbia de los que estamos arriba no debe impedirnos asumir nuestras culpas. Es verdad que la sociedad no valora como debe al profesorado y también lo es que no son los profesionales mejor pagados, pero es lo que hay: el que lo quiera que lo tome y el que no que lo deje. Lo que nunca puede ser es un motivo para incumplir la apasionante tarea de formar a los que aprenden.

 

Ser profesor es una actividad eminentemente vocacional. Pero para enseñar hay que aprender. Hay que tener en cuenta los conocimientos que se deben transmitir con tres importantes advertencias: que el discente tiene que estar permanentemente al día, lo cual supone dedicar muchas horas al estudio y, en su caso, a la investigación; que hay que transmitir conocimientos útiles, en función del nivel de enseñanza de que se trate; y que solo se puede enseñar lo que se sabe: si el conocimiento que se demanda tiene una vertiente práctica (ser cirujano o abogado, por ejemplo) solo puede enseñar el que tiene experiencia real en ello.

 

Estoy seguro de que cuanto más mejoremos los profesores, más brillantes serán los resultados de nuestros alumnos. Y para empezar a mejorar, conviene admitir sin ambages que nosotros podemos ser una parte del problema.

 

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