Lo que las justificaciones esconden

Publicado por el Jan 31, 2014

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Cuando uno es despedido de la dirección de un medio de comunicación puede adoptar básicamente dos posturas: callarse o airear los pormenores del conflicto. El silencio del despedido impide toda explicación y puede deberse, bien a que uno acepta de buen grado las razones de la decisión empresarial o bien a que ha pactado una suculenta indemnización a cambio de una salida sigilosa. En todo caso, no ventilar públicamente una noticia de tanto calado, aunque podría acabar beneficiando al medio de comunicación –siempre es mejor lavar los trapos sucios en privado-, iría en contra de los principios de la profesión periodística que tiene a gala dar a conocer cualquier noticia que tenga interés para los ciudadanos. Y el cese de un director sin duda lo es.

 

Se entiende, por tanto, que el implicado desee pregonar las razones de su cese. Lo cual suele provocar, a su vez, que la empresa se vea forzada a ofrecer su relación de lo sucedido. En muchas ocasiones, ocurre, sin embargo, que difieren las versiones de la empresa y del cesado. Hay, si, puntos de coincidencia, datos que no se pueden ocultar, pero varían las interpretaciones de cada parte.

 

Si habla la empresa –cosa poco frecuente-, ofrece, por lo general, una versión con ciertos visos de objetividad. Le interesa salir cuanto antes de los focos de la actualidad, y no perjudicar en ningún caso al interesado, por lo que evitará referencias de tipo personal que puedan afectar negativamente a su prestigio.

 

La personalidad del profesional cesado influye decisivamente en su relato de los motivos de la decisión empresarial. Cuanto más protagonista y egocéntrico sea aquél, en mayor medida intentará volcar a su favor el relato de las causas. Le costará, por ejemplo, analizar fríamente los datos económicos que estarán directamente influidos por el modo en que desempeñó su actividad. Por ejemplo, si el periódico se identificó en exceso con las filias y las fobias del director y, como consecuencia de ello, varió su línea editorial, es posible que se haya producido una baja sensible de lectores, y que sea esa y no otra la verdadera causa de la marcha negativa de la compañía.

 

Y esto no significa que se esté equivocando intencionadamente: es posible que esté tan implicado en sus “guerras” particulares que no llegue a advertir el nuevo giro que le ha imprimido a su periódico.  En cualquier caso, para él siempre será preferible imaginar y contarnos que fue víctima de conspiraciones de terceros poderosos que asumir una versión exacta de los sucedido. Lo cual, además de permitirle asumir el siempre vendible papel de inmolado en defensa de la verdad, realzará indirectamente la importancia de su persona por la grandeza de sus enemigos. Pero a mi no deja de rondarme por la cabeza la siguiente duda: si un periódico es una empresa, y está generando beneficios o, en el peor de los casos, pérdidas soportables ¿tiene algún sentido prescindir del principal responsable del medio?

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