Victimismo y resentimiento

Publicado por el ene 4, 2014

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La palabra “victimismo” significa, según el Diccionario de la RAE, “tendencia a considerarse víctima o hacerse pasar por tal”; y “hacerse la victima” quiere decir “quejarse excesivamente buscando la compasión de los demás”. Está claro que tanto aquella palabra como esta expresión se refieren a las personas, y describen un modo de ser o de comportarse propio de determinados sujetos. Precisando un poco más se puede decir que el “victimista” tiende a expresar exageradamente una queja por un dolor o por la disconformidad con algo. En el iter que se desencadena en el espíritu del victimista hay, primero, algo que le produce dolor o disconformidad y, seguidamente, una reacción que consiste en una expresión desmesurada de disgusto. Y todo ello con la finalidad de ser compadecido por los demás.

 

De todo lo que antecede me interesa ahora ese “algo” que provoca la queja excesiva del sediento de compasión. Pero no tanto en lo que puede tener de agresión al espíritu de otro cuanto en el modo en que es recibido por éste. Y es por aquí por donde surge con todas sus aristas la pasión del “resentimiento”, que describe con su habitual maestría el doctor Marañón en el capítulo 2 “Teoría del resentimiento” de su obra TIBERIO. En esas brillantes líneas, nos dice Marañón, que el resentimiento tiene su origen en una agresión que, lejos de desvanecerse, se incuba, fermenta, se infiltra en el ser y acaba siendo rectora de la conducta del sujeto. Y añade que el que la agresión se convierta en “sentimiento” que se desvanecerá o en “resentimiento” larvado, no depende de la calidad de la agresión, sino de cómo es el individuo que la recibe. De las características que el ilustre humanista atribuye al resentido, cabe mencionar su falta de generosidad, la proyección impersonal de su pasión hacia todo, su falta de valentía, y su aparición en la adolescencia. Y al relacionarlo con la inteligencia, dice que el mayor contingente de resentidos se recluta “entre individuos con el talento necesario para todo menos para darse cuenta de que el no alcanzar una categoría superior a la que han logrado no es culpa de la hostilidad de los demás, como ellos suponen, sino de sus propios defectos”.

 

A la vista de lo hasta aquí dicho se puede concluir que muchos victimistas son verdaderos resentidos: se quejan exageradamente buscando la compasión de los demás de una agresión que, debiendo haber sido olvidada o aceptada con normal resignación, ha quedado presa en el fondo de su alma, por carecer de la generosidad suficiente para olvidarla.

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