Lovaina: la bellísima ciudad de los estudiantes y las monjas

Lovaina: la bellísima ciudad de los estudiantes y las monjas

Publicado por el abr 29, 2016

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La plaza Vieja de Lovaina no es pequeña, ni mucho menos, pero a media tarde de un día de sol se antoja un hormiguero apretado de idas y venidas, de risas, de camareros superados por el trajín. Corre la inmejorable cerveza belga (se cuentan 1.400 diferentes) en un recinto que dicen que es la «barra más grande del mundo», cerca de cincuenta bares y cafés entrelazados, una Torre de Babel dicharachera y alegre habitada por veinteañeros de no se sabe cuántos países. Los españoles mandan esta tarde. Alrededor, las casas nobles, reconstruidas después de la Primera Guerra Mundial, y el cercano Ayuntamiento, del XV, la ciudad que invita a pasear.

En Lovaina viven noventa mil personas. Treinta mil son estudiantes. La proporción explica más que una imagen o mil palabras. Algunos se saltan las últimas clases del año en el parque, con un balón de fútbol en los pies o con el amor de sus vidas entre las manos; otros apuran un trago en la plaza Vieja, y los hay que abren y cierran libros en el centro cultural Stuk o en la biblioteca destruida por los alemanes en agosto de 1914 y restaurada con ayuda de Estados Unidos y otros países aliados en un estilo renacentista. En la fachada se miran de tú a tú el escudo belga y el águila estadounidense. Y frente a esa biblioteca de aspecto tan imponente, en el centro de una gran plaza, la simplicidad de un alfiler que atraviesa el corazón de una mosca: el arte de Jean Fabre siempre golpea como una bofetada.

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Gran beguinaje de Lovaina

Los turistas suelen estar unas horas en Lovaina, como los japoneses que hacen noche en Madrid y le dedican un día a Toledo, otro a Segovia. Y, sin embargo, las tres ciudades darían para mucho más. El paseo por la que esta vez nos ocupa podría empezar en el beaterio, patrimonio de la Unesco, una pequeña ciudad dentro de la ciudad, una comunidad en su momento sospechosamente moderna. La Iglesia miraba suspicaz su independencia económica (las mujeres aceptaban los votos de obediencia y castidad, pero no el de pobreza), su vida en los márgenes de la sociedad, mientras sus maridos peleaban en las cruzadas. Hay varias comunidades así en Flandes, por ejemplo en Brujas, aunque la más grande es precisamente la de Lovaina, fundada en el siglo XIII, ochenta y siete casas en las que llegaron a vivir unas trescientas beguinas. Como en el resto, al anochecer se cerraban las puertas y ningún hombre podía entrar.

En el beaterio de Lovaina, una isla de tranquilidad que se quiebra cuando otro grupo de turistas baja del autobús, viven hoy profesores, empleados y algunos estudiantes de la Universidad. Vemos casas del siglo XVI, paredes de ladrillo y tejados de pizarra, un canal del río Dila, la iglesia que siempre había en estos recintos, bicicletas que sufren sobre los adoquines, una chica que riega las plantas en la ventana de su habitación, y, al cabo, vecinos que, unos minutos después de que la guía anuncie el toque de retirada, relajan su espíritu con una sesión de «tai chi» al aire libre. Calma total. Intramuros, no hay coches ni tiendas. Se acerca la noche, el silencio, casi como en aquellos años del Medievo…

Desde el beaterio al centro, al famosísimo Ayuntamiento gótico, apenas hay quince minutos a pie que, ciertamente, pueden estirarse mucho más. La Universidad medieval no se reducía como ahora a un campus, sino que se infiltraba en todo el casco urbano, salpicaba la vida cotidiana. Así sigue siendo, aunque sólo sea en parte. Aquí está un edificio de la Facultad de Medicina, allí otro de la de Derecho, y entre puerta y puerta, el Van Dale College, del siglo XV, el único colegio original que permanece en pie, con su fachada renacentista y uno de esos patios que llenan la ciudad. En la puerta, un aparcamiento de bicis, como es costumbre en estas tierras.

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Lovaina está pensada para ir sobre dos ruedas o dos pies. Los coches se tornan inútiles en una ciudad tan manejable, con tantas terrazas en las que dejarse acariciar por el sol, con tantas zonas cortadas al tráfico. Nuestra ruta sigue de fuera adentro, camino de la Grote Markt (plaza Mayor), de la iglesia de San Pedro y su Ayuntamiento, una obra maestra del gótico. La decoración del zócalo muestra escenas del Antiguo Testamento, y en el conjunto hay 236 nichos con otras tantas estatuas. En la zona más alta, los duques de Brabante, y luego, concejales, magistrados, eruditos (Erasmo de Rotterdam, que frecuentó la Universidad)… A esa fachada se pueden quedar cosidos los ojos varias horas sin problemas.

La renovación del centro histórico de Lovaina recuerda la que se acometió un poco antes en otras ciudades del ducado de Brabante, como Amberes o Bruselas. Era una forma de decir que era rica y poderosa, tan buena como la mejor, un pulso. Ahora, las obras tienen otra entidad, como la escuela técnica (un esqueleto de hierro, muy luminoso, lo que ayuda a su actual función de biblioteca) que creó a principios del siglo XX el arquitecto y diseñador industrial Henry Van de Velde, o la nueva estación de autobuses, un trabajo del español Manuel de Solà-Morales, o, allá al fondo, la torre de la fábrica cervecera Stella, un icono jarra en mano.

La Universidad Católica de Lovaina se fundó en el siglo XV, una historia casi tan larga como su prestigio. Sus aulas, en las que se formuló la teoría del Big Bang, son el destino año tras año de decenas de miles de jóvenes que aportan a la ciudad un corazón diferente al que suponemos en la vieja Europa. Son más de las doce de la noche de un martes de junio, y en la gran plaza Vieja todos los bares siguen abiertos. Suena la música, aparecen los jerseys, el inevitable aire fresco de la madrugada, permanecen las risas. En agosto, muchos de esos chicos cargados de adrenalina y ganas de divertirse regresarán a la Oude Markt para asistir al Marktrok, uno de los festivales estudiantiles más conocidos del continente. Música y fiesta en lo que durante siglos se conoció como «la ciudad de los estudiantes y las monjas».

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