Y ahora, qué hacemos con Rusia

Y ahora, qué hacemos con Rusia

Publicado por el mar 23, 2014

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Supongo amable lector que estará usted tan cansado como yo de leer artículos sobre qué podemos y qué no debemos hacer con Rusia tras la anexión de la Península de Crimea. Tanto esfuerzo para concluir que no hay razón para recurrir a las armas y que las sanciones económicas nos dañarían tanto a nosotros como a ellos. Es decir, que tras siglos de estudio sobre política internacional a Rusia le sale gratis invadir Georgia, anexionarse los territorios de Abjacia y Osetia del Sur, amedrentar y forzar a Ucrania a renunciar a un acuerdo ya negociado con la Unión Europea y anexionarse la Península de Crimea. Algo falla. Lo más probable es que tras casi medio siglo de Protectorado norteamericano sobre la Vieja Europa los europeos hayamos perdido el sentido de la realidad hasta el punto de considerar normal no hacer nada ante los acontecimientos que se vienen desarrollando en nuestra frontera oriental.

La anexión de Crimea a la Federación Rusa es sólo un capítulo de la crisis ucraniana, que no podríamos entender sin analizar lo ocurrido en Georgia y lo que ya está sucediendo en Moldavia. Esto no ha acabado. Rusia quiere que Ucrania en su conjunto siga bajo su área de influencia. Crimea es sólo un castigo con ánimo de ejemplaridad. Si el gobierno de Kiev, más o menos animado por las autoridades de Bruselas, insiste en su política pro-occidental cuesta creer que Putin se quede con los brazos cruzados. Está en marcha un “espontáneo levantamiento” de poblaciones rusófilas al este del río Dnieper, convenientemente animado por unidades rusas infiltradas en el territorio,  denunciando persecuciones por parte de nacionalistas ucranianos que “obligarían” al gobierno de Moscú a tener que intervenir en su apoyo. El mismo guion de Abjacia, Osetia del Sur, Crimea y el Trans-Dniester moldavo. La idea de que cediendo Crimea sin levantar demasiado la voz calmará las ansias nacionalistas rusas es una posibilidad, el problema es que hay otras y con mayor y mejor fundamento.

No volveré al tema de la “necesidad” rusa de garantizarse el control de la franja de tierra que va desde el Báltico al Negro, que ya traté en un apunte anterior. Lo que quisiera subrayar en esta ocasión es que es muy posible, ojalá me equivoque, que las tensiones continúen, tanto en Ucrania como en Moldavia, que esas tensiones serán seguidas por los medios de comunicación y que la inacción disfrazada de retórica hueca y de sanciones florales se volverán contra los gobiernos europeos. No será posible durante mucho más tiempo mantenerse firmes en la inacción sin que ello suponga un nuevo y estruendo fracaso para la Alianza Atlántica, enmarcado en una creciente tensión entre los estados bálticos y el Grupo de Visegrado frente al resto.

Ni Ucrania ni Moldavia, ni antes Georgia, son miembros de la Alianza Atlántica, por lo que no estamos ante un caso afectado por el artículo 5º del Tratado de Washington, pero si no se detiene a Rusia en Ucrania ¿respetará Rusia la soberanía de los estados bálticos? Las tres repúblicas formaron parte de la URSS del mismo modo que Georgia, Ucrania o Moldavia. Su abandono del área de influencia rusa y su ingreso en la Alianza Atlántica y la Unión Europea fue vivido en Rusia con profunda humillación. No sólo era una derrota, además suponía una seria limitación del acceso de Rusia al Báltico. Que Putin quiere resolver esta situación es evidente, que esté dispuesto a hacerlo en breve es sólo una suposición, pero una suposición que debemos considerar como escenario de trabajo. La mejor forma de solucionar un problema es evitar que ocurra. Disuadir al rival o enemigo es la mejor y menos costosa manera de garantizar la seguridad propia. Si le damos alas, si le dejamos considerar pros y contras se estará acercando a tomar la decisión fatal. Si Georgia, Ucrania y Moldavia le salen gratis estaremos involuntariamente animándole a dar el paso en Estonia. No olvidemos que Hitler se sorprendió de que el gobierno británico, con Chamberlain a la cabeza, le declarara la guerra por la invasión de Polonia, cuya aceptación el Führer había descontado tras los vergonzosos sucesos de Munich.

Crimea está perdida, pero todavía quedan cartas que jugar en las crisis ucraniana y moldava. Es importante que el gobierno de Moscú entienda que las maniobras de desestabilización-anexión se han acabado y eso sólo se puede lograr mediante un acuerdo firme entre Estados Unidos, Alemania y Francia en el seno de la OTAN, que se plasmen en el despliegue de capacidades militares, una opción posible pero poco probable a día de hoy. Siendo realistas cabe considerar que si Putin quiere caerá el este y sur de Ucrania así como buena parte, sino toda, Moldavia. En ese caso nos encontraremos ante la posibilidad de que Moscú trate de desestabilizar los estados bálticos, comenzando por Estonia.

Hasta la fecha hemos visto utilizar el chantaje económico-energético, la movilización de población afín bajo la excusa de una supuesta persecución y el ciberterrorismo. No es probable que asistamos en esos países a un enfrentamiento militar clásico, que activaría de inmediato el artículo 5º, sino a un proceso de desestabilización dirigido a convencer a sus autoridades y población de que les compensa, por su propia seguridad, ceder y vivir bajo el dictado ruso ante el evidente abandono de sus socios occidentales y, muy especialmente, de Alemania y Estados Unidos. Putin no es un loco, bien al contrario actúa con prudencia y sentido de la medida. Si da el paso, porque llega al convencimiento de que la victoria es posible, lo hará con inteligencia, buscando la división entre los aliados.

El ataque cibernético que Estonia sufrió en el año 2007 fue un ensayo al tiempo que un aviso de lo que podía ocurrir en el futuro. Si Rusia decide tratar de desestabilizar estos tres países sólo una firme reacción aliada podría evitarlo. Pero aún mejor sería disuadir ya a Moscú de continuar por esa senda, para bien de todos. La Alianza Atlántica pasa por sus peores momentos tras la derrota en Afganistán, las diferencias de criterio estratégico entre los aliados y la ausencia de un liderazgo norteamericano. Aun así la Alianza debe reaccionar ante el comportamiento ruso enviando señales claras de que no tolerará más injerencias en asuntos internos de otros estados. Lo hizo en otro tiempo y gracias a ello se evitó un conflicto nuclear. Sabemos cómo hacerlo y más vale que lo hagamos pronto para evitar tentaciones de resultados fatales.

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