La Alianza Atlántica y la crisis ucraniana

La Alianza Atlántica y la crisis ucraniana

Publicado por el mar 9, 2014

Compartir

 

La Organización del Tratado del Atlántico Norte, desarrollo institucional de la Alianza Atlántica establecida en el Tratado de Washington de 1949, es un hito en la historia de las relaciones internacionales. Por primera vez se establecía una organización con voluntad de permanencia para dar sentido a una alianza que, por su propia naturaleza, es algo volátil. A lo largo del tiempo hemos visto como estados se unían en torno a una amenaza común, estableciendo una estrategia y un plan de acción para desarrollarla. Pero, eliminada la amenaza, la alianza se disolvía. Los estados fundadores, convencidos de la gravedad de la situación, de que además de contener a la Unión Soviética había que reconstruir Europa Occidental desde nuevas premisas, dieron un contenido positivo al Tratado. No leemos en su articulado que se reúnen “contra” un tercer estado sino, bien al contrario, para defender la libertad.

A pesar del previsor enfoque doctrinal la Alianza Atlántica no superó la disolución de la Unión Soviética, la amenaza que había empujado a distintos países a acogerse al “protectorado” norteamericano en torno a una estrategia libremente adoptada. Es verdad que la OTAN continúa existiendo, de hecho se encuentra estos días buscando un nuevo Secretario General, pero esta organización no es ya, de hecho, una alianza militar, un “sistema de seguridad colectivo” en terminología oficial, sino sólo una organización de seguridad. Dejó de ser una alianza el día que dejó de compartir una misma percepción de amenaza y, por consiguiente, fue incapaz de aprobar una auténtica estrategia común.

Las crisis de Georgia, Libia y Ucrania han dañado aún más la credibilidad de la Alianza al poner en evidencia las serias diferencias entre los estados miembros, impidiendo la aprobación de una posición común y efectiva. No se trataba de que la OTAN interviniera enviando efectivos militares al teatro de operaciones, sino de que ejerciera una influencia positiva desde una posición de autoridad.

Tanto se ha hablado y escrito del soft power que la gente ha llegado a creer que existe. Es el formidable efecto de la “corrección política”, esa forma religiosa de entender la vida en comunidad que antepone la fe en unos cuantos santones laicos al pensamiento crítico, al ejercicio de pensar con libertad. No existe soft power como tampoco existe hard power. Sólo existe el poder, la capacidad de influir sobre nuestro entorno. La diplomacia necesita del efecto disuasor de la fuerza militar, del mismo modo que los generales necesitan del trabajo de los embajadores para encauzar o cerrar un conflicto. La política internacional no pivota sobre unos u otros sino sobre unos y otros conjuntamente. Ante una crisis no tenemos que elegir entre la vía diplomática o la militar, porque la gama de grises entre una y otra es tan amplia como la capacidad de los estadistas…., si los hubiera. Disuadir, contener, equilibrar son verbos que llevan siglos ayudándonos a entender la vida internacional, las políticas seguidas por dirigentes forjados en tiempos en los que la guerra era un hecho habitual y evitarla una obra de la inteligencia.

En Georgia las cartas se jugaron mal, tanto por parte de las potencias occidentales como del propio gobierno. Pero peor fue la respuesta a la invasión y segregación del territorio nacional. Rusia salió convencida de que aunque tonteábamos en los territorios de la antigua Unión Soviética estábamos dispuestos a aceptar el principio de soberanía limitada en su favor siempre y cuando actuara con firmeza. En la interpretación neurótica de la política occidental sobre sus vecinos, que viene caracterizando el pensamiento ruso desde hace siglos, se da por descontado que queremos aislarlos y debilitarlos atrayendo a nuestra área de influencia a estados como los ya citados. No es verdad, pero eso es irrelevante. Ellos lo creen y actúan en consonancia. Lo que está ocurriendo ahora en Ucrania es la consecuencia lógica de dos episodios anteriores: Georgia y Kosovo. Allí se establecieron dos precedentes: Rusia puede ejercer su influencia sobre los estados que conformaron la URSS y unos y otros podemos saltarnos el derecho internacional y los propios acuerdos establecidos en el Consejo de Seguridad para modificar fronteras en nuestras propias áreas de influencia. Se recoge lo que se siembra y no podemos cambiar el pasado. Podemos, eso sí, debatir si lo que hicimos fue consciente o inconscientemente, pero ese es otro debate estéril.

En la crisis ucraniana se están gestando los próximos capítulos de la tensión entre Rusia y los estados miembros de la Alianza Atlántica: Moldavia y los estados bálticos. Lo que ahora hagamos tendrá efectos directos sobre el futuro de esa región. Kant nos explicó en La paz perpetua que el triunfo de gobiernos elegidos por los ciudadanos está en la base de unas relaciones pacíficas entre estados. Churchill tiempo después nos aclaró que en una crisis realizar concesiones puede tener consecuencias muy distintas según la naturaleza del sistema político de la otra parte. Si es democrática es muy posible que sean recibidas como un gesto amistoso tendente a crear un clima negociador apropiado para llegar a un acuerdo que satisfaga, en la medida de lo posible, los intereses de las partes. Sin embargo, subrayaba el estadista británico, si es un régimen autoritario lo más probable es que sea interpretado como una prueba de debilidad que tenga el efecto contrario al buscado: dar alas a nuevas presiones y exigencias. Hitler acabó convenciendo a todos de que el siempre extravagante Churchill  tenía razón, mientras que los sensatos y constructivos Chamberlain, Halifax y Templewood habían estado alimentando a la bestia, habían facilitado el estallido de la II Guerra Mundial con actos dirigidos a evitarla. Hitler no entendió la reacción británica cuando invadió Polonia, porque había interpretado las cesiones británicas como una licencia para actuar. Chamberlain era un hombre capaz y experimentado y aun así erró al no comprender la lógica del autoritarismo. Hoy no hay entre los gobernantes europeos y norteamericanos nadie que le llegue a la cintura a Chamberlain.

La OTAN es un activo extraordinario que necesitamos reactivar para asegurar la paz en Europa. La crisis ucraniana ya está resuelta en lo fundamental. Los rusos han actuado con coherencia estratégica mientras que los occidentales lo han hecho con extrema frivolidad, divididos y faltos del necesario liderazgo. Si Georgia dañó su credibilidad el coste de la actual crisis va a ser mucho mayor. No es posible que polacos, checos y húngaros exijan medidas contundentes mientras alemanes, franceses y británicos se niegan a molestar al zar o españoles e italianos sólo estemos interesados en mirar hacia el sur. Lo peor está por llegar: las imágenes del mulá Omar entrando en Kabul como vencedor de la Guerra en Afganistán, guerra que hemos perdido contra grupos mal armados y peor organizados pero con voluntad de victoria. Aun así, a pesar del grave daño que entre todos hemos hecho a la OTAN ésta es el pilar de nuestra seguridad común y sobre ese pilar debemos construir una estrategia común para el siglo XXI. Si alguien piensa que la Unión Europea puede ser la alternativa más vale que se dé una ducha de realismo, porque está desandando el poco camino que había cubierto. Sólo bajo liderazgo norteamericano podemos afrontar tanto la contención de Rusia como la estabilización del Mundo Árabe. Si no somos capaces de lograrlo entonces podremos afirmar con seguridad que estaremos entrando en un nuevo período de nuestra historia con perspectivas poco halagüeñas.

Compartir

ABC.es

Por esos mundos © DIARIO ABC, S.L. 2014

"Por esos mundos" nació como observatorio de los procesos y hechos más relevantes de la política internacional de nuestros días desde una perspectiva española y europea. Por la propia especialidad del autor se dedica una mayor atención a todo lo relativo a diplomacia, seguridad y defensa.Más sobre «Por esos mundos»

Categorías
Etiquetas