Ucrania o la impertinente realidad

Ucrania o la impertinente realidad

Publicado por el feb 23, 2014

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Supongo que cada vez que los medios de comunicación nos anuncian una nueva “primavera” democrática el ciudadano de a pie se echa a temblar pensando que un nuevo conflicto civil, sino directamente una guerra, está a punto de iniciarse. Será que las primaveras son tiempo de tormentas capaces de desatar riadas que pueden llevarse por delante edificios centenarios.

Las terribles noticias que nos llegan de Ucrania me traen a la memoria los debates atlánticos tras el derribo del Muro de Berlín y la descomposición de la Unión Soviética ¿Qué hacer? ¿Cuál era el sentido de la Alianza Atlántica cuando el enemigo se había desintegrado? El Tratado de Washington no recoge una sola referencia a la Rusia de los soviets. En un ejemplo de inteligencia política y de visión estratégica sus autores había puesto en positivo todo el discurso. La Alianza se establecía para defender valores y principios, los característicos de la democracia liberal que resurgía de las cenizas de dos guerras mundiales, del Holocausto judío y del Gulag. Sin la amenaza soviética ¿no había llegado el momento de rematar la operación iniciada con el European Recovery Program –el “Plan Marshall”- y el Tratado de Washington –“la OTAN”- avanzando el proceso democratizador hacia el Este europeo e incluso hacia los territorios semi-civilizados de Asia Central?

En 1997 Brezinski publicó The Grand Chessboard, el canon de la penetración en territorio exsoviético. El autor no es, ni era en aquellos días, un neoconservador. Para él  lo fundamental no era la promoción de la democracia sino de la influencia occidental, aprovechando un momento de extrema debilidad rusa para limitar su área de influencia. Tras toda guerra llega la revisión de las fronteras. La Guerra Fría fue un conflicto singular, como también lo sería su ajuste de lindes. En el 91 y 92 Fukuyama estableció  el segundo canon, por el que la democracia liberal pasaría a ser el único sistema político legítimo a la vista del hundimiento de todas las utopías contrarias. A realistas como Brezinski se sumaron neoconservadores y muchos internacionalistas, animando la ampliación de la Unión Europea y de la Alianza Atlántica hacia el Este.

Muchos otros, característicamente realistas, alertaron sobre los riesgos que esa apertura implicaba. Para Rusia significaría una agresión, un intento de aprovecharse de su debilidad, esa debilidad que le acompaña desde la fundación del Ducado de Moscovia y de los siglos de tensión con los tártaros por la crónica descompensación entre kilómetros cuadrados y habitantes. La Unión Soviética había distinguido entre las repúblicas que se incorporaban a la Federación y los estados soberanos que quedarían recogidos y pastoreados desde el Pacto de Varsovia. La renovada Rusia llevó mal, pero toleró, que los segundos se acercaran a las instituciones atlánticas y europeas, pero la suerte de los primeros estaba echada, su destino sería acompañarla hasta el final. Para los zares de antaño, los dirigentes comunistas de hace unas décadas o los actuales gobernantes la seguridad de Rusia depende de su control sobre estos territorios, que les sirven tanto de colchón como de ariete para contener o avanzar en su siempre compleja y un tanto neurótica relación con Europa.

Podemos comprender la perspectiva rusa pero ¿debemos aceptar la merma de soberanía que implica? ¿Tenemos que asumir que Georgia, Ucrania, Moldavia o cualquier otro de esos estados carece del derecho a decidir sobre su propio futuro? ¿Es esa la doctrina que se deduce de la carta de San Francisco? Es evidente que no. No estamos obligados a aceptar el establecimiento de áreas de influencia, pero resulta conveniente, ahora como hace siglos, valorar la realidad en toda su complejidad antes de dar un paso en cualquier dirección. Una apertura hacia el Este supone una agresión a Rusia. Podemos afirmar que no es voluntaria sino sólo la consecuencia de una visión neurótica de su propia seguridad. De acuerdo, es verdad, pero no por ello dejará de ser percibida como una agresión porque en política las cosas no son como son, sino como parecen. Por lo tanto, lo fundamental es tener en cuenta que Rusia va a reaccionar y que tendremos que ser capaces de contener y reconducir la situación.

A nadie que sepa un poco de historia le pudo sorprender que Rusia invadiera Georgia y segregara los territorios de Osetia del Sur y Abjacia. Era lo previsible, la consecuencia natural de los sacrificios realizados por Rusia en la región a lo largo de los últimos siglos para garantizar su hegemonía. El respeto a sus propios muertos y a la nación exigían un escarmiento al gobierno georgiano, dispuesto a integrarse en la OTAN. Sin embargo, resultó muy sorprendente que Occidente agachara la cabeza y no hiciera nada al respecto. A Rusia la operación le salió gratis y sus dirigentes concluyeron que los estados europeos nada harían en el futuro para defender la soberanía de otros estados en situación semejante. Georgia abrió el camino a una política aún más firme con Ucrania.

La sociedad ucraniana busca su bienestar, sus mejores opciones de futuro, pero no acaba de decidir cuáles son. Unos miran decididamente hacia el oeste, tratando de liberarse, de una vez por todas, del peso de la influencia rusa. Otros, más sensibles al peso de la historia y de la cultura, temen dar la espalda a Moscú. A las distintas perspectivas se suman problemas objetivos, como la inexistencia de unas fronteras históricas y la paulatina anexión a la República de Ucrania de territorios al este del río Dniéper por las autoridades de Moscú, que culminaron en 1954 con el regalo de la Península de Crimea a iniciativa del ucraniano Kruschev. El resultado es que una parte de la población se siente muy próxima a Rusia y que el gobierno ruso nunca aceptará la pérdida de la Península de Crimea ni de buena parte de esos territorios.

Moscú ha enviado mensajes directos a Kiev. La flota seguirá en Sebastopol, por las buenas o por las malas, y cualquier acto de alejamiento tendrá una repercusión inmediata en el precio del gas. Los europeos han criticado un comportamiento tan impropio de los tiempos que corres, bajo el reinado del softpower y del multilateralismo, pero no han tenido reparo en permitir la construcción de gaseoductos que permiten el suministro sin pasar previamente por estados en disputa, lo que permite el cierre de las válvulas a unos al tiempo que otros no sufren alteración alguna en el servicio. A buen entendedor pocas palabras bastan. Alemania busca un entendimiento con Rusia y hace de las mutuas inversiones y de un intenso comercio el pilar sobre el que levantar unas buenas y estables relaciones que no parece dispuesta a poner en peligro por la suerte de estados como Ucrania.

En estas circunstancias europeos y norteamericanos han  respondido a las demandas de una parte de la sociedad ucraniana, han dado alas a sus ansias democratizadoras y modernizadoras para a la postre, como ya ocurriera en Georgia, recular ante el primer gruñido ruso abandonando a aquellos que habían confiado en su apoyo en un escenario de violencia y quiebra nacional. Un formidable ejemplo de irresponsabilidad que se suma a las recientes pifias de la “línea roja” en Siria o del programa nuclear iraní.

El problema no es si debemos o no avanzar hacia el oriente, en clave realista, neoconservadora o internacionalista. Cualquiera de estas opciones puede tener sentido si se hace desde una estrategia coherente. Lo que no es admisible es la frivolidad, cuando están en juego vidas, haciendas y la estabilidad regional. Si se avanza se hace asumiendo riesgos y previendo reacciones. No es de recibo que la diplomacia europea vaya en una dirección cuando a la hora de la verdad, en el momento en que Rusia se revuelve, las contrapartes nacionales se pliegan al unísono sermoneando sobre la conveniencia de llegar a un entendimiento que de satisfacción a las “legítimas” inquietudes de Moscú.  Los norteamericanos critican a los europeos por su falta de visión. Los alemanes a los yankees por su aventurerismo… El resultado es que la Alianza Atlántica carece de visión, de cohesión y de estrategia.

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