Spassky: «Es muy posible que alguien deseara mi muerte»

Publicado por el Oct 8, 2012

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Un nuevo vídeo ha arrojado más luz sobre el caso Boris Spassky, quien protagonizó en agosto una huida digna de John le Carré. El excampeón mundial desapareció de París de manera misteriosa. Su esposa, su hermana y su hijo descubrieron días después que estaba en Moscú y denunciaron su secuestro. El propio Spassky ha salido al paso de las acusaciones en una entrevista concedida al primer canal ruso y a Vlad Tkachiev, editor de Whychess, en cuyo portal hemos podido ver una versión más larga de la conversación. «Es muy posible que alguien deseara mi muerte. Estaba aislado», asegura el bueno de Boris.

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Causa cierta congoja ver el vídeo, no tanto por lo que dice como por lo que se ve. La grabación hay que leerla entre líneas o, mejor dicho, antes y después de unas líneas que desmontan la teoría del secuestro y, en todo caso, hablan de un «arresto familiar» en París, sedado con medicamentos que según él ya no le hacían ningún bien.

Boris Vasilievich (San Petersburgo, 1937), décimo campeón del mundo -el único poseedor del título que alcanzó mayor popularidad cuando lo perdió que cuando lo consiguió-, llega renqueante y con un andador a la butaca que le tienen preparada frente a la cámara. Su rostro, reflejo de muchos meses de enfermedad y dolor, ni siquiera parece el mismo. Al final del documento y después de trazar paralelismos entre su vida y la de Bobby Fischer, su enemigo más íntimo, Spassky sigue hablando mientras alrededor parecen recoger los bártulos. La cámara sigue grabando, ya sin el debido silencio, sin el menor respeto, pero el viejo oso ruso aún tiene tiempo de lamentar en voz alta lo mucho que le afectó la muerte del americano.

El vídeo está en ruso, pero tiene subtítulos en inglés:

El excampeón, huido de su país en los setenta, cuando cayó en desgracia al perder el Mundial, cuenta el castigo que sufrió entonces y cómo el Comité de Deportes ruso no le permitía viajar. Pese a todo lo vivido, entonces y ahora, se expresa con entereza y aparenta optimismo. «Ahora tengo un patrocinador que también me ayuda en la rehabilitación», dice. Y no se muestra rencoroso: «Todos somos mortales y cometemos errores. Debemos ser tolerantes». Aunque está dispuesto a «intentar que se haga justicia, que se retiren las ofensas, la humillación». El viejo Boris niega que lo suyo fuera una huida y admite que hay alguien detrás: «Por supuesto que tiene que haber una mujer involucrada». «He vuelto a enrocarme largo, de París a Moscú».

Spassky, por otro lado, muestra fortaleza de ánimo cuando anuncia que debe «empezar de cero otra vez» y asegura que no tiene miedo. «No temo a la pobreza, solo si además estoy enfermo». Tampoco se muestra ofendido por escuchar que decían que estaba senil, algo que desde luego no aparenta en el vídeo: «Respondo solo por mis propios actos y palabras. Que los demás hagan lo mismo», replica.

Quizá lo más desconcertante de todo sean sus palabras sobre la situación que sufría en París, donde era cuidado por su mujer y varias enfermeras: «Es muy posible que alguien deseara mi muerte. Estaba aislado», dice, aunque añade algún matiz autocrítico: «Quizá yo tenga parte de culpa, pude haber sido más activo. Los medicamentos que me daban dejaron de tener efecto positivo y quería acelerar mi recuperación». Al mismo tiempo, se muestra distante con su familia, si bien no quiere culpar a nadie directamente. No entiende a su mujer ni a su hermana y se niega a hablar de su hijo, un exitoso hombre de negocios que debería responder por sí mismo,en su opinión.

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Foto: Whychess.com

En la parte final, el gran maestro cuenta que trata de seguir la actualidad ajedrecística, habla del libro que a duras penas prepara sobre su vida y compara su situación con la que vivió Fischer, sus luchas internas en sus propios países e incluso sus problemas compartidos de riñón. «Lo que me hicieron a mí es peor», considera en última instancia.

En resumen, la entrevista es fabulosa, incluye todas las preguntas que había que hacer incluso cuando formularlas podía parecer descortés. Boris Spassky las encaja bien y no se esconde, pero quizá el final podía haber sido más piadoso. Un fundido a negro en el momento justo habría mitigado la profunda desazón que produce ver al herido campeón rumiando su tristeza.

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