«Sois científicos, os falta mala leche»

Publicado por el oct 12, 2012

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Miguel Illescas, ocho veces campeón de España, es en cierto modo el rival más duro que ha tenido nunca Kasparov. En 1997 ayudó al programa Deep Blue a vencer por primera vez a un campeón del mundo. Tres años después trabajó con Kramnik, que también derrotó al ogro y se convirtió en su sucesor. En el libro «Jaque mate», el gran maestro español desvela algunos secretos de estos duelos. Su primer contacto con el equipo de IBM no pudo ser menos alentador: «No tenéis ninguna posibilidad», les dijo. «Sois científicos, os falta mala leche». Él mismo les sirvió un poco de aquella receta.

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Kasparov no se lo puede creer; su gesto es característico

Hace unos días, contaba en esta plaza el error de Deep Blue en la primera partida que, según Murray Campbell, uno de los responsables de IBM, llevó a Kasparov a confiarse y en última instancia a perder el histórico encuentro. Illescas explica otros aspectos de la preparación de la máquina, que por supuesto fueron más allá de aquel farol involuntario.  

«Jaque mate» (Alienta editorial, 136 páginas que se leen en menos tiempo que se enseña economía a un presidente del gobierno. 14 €, 9,99€ en su versión electrónica) trata asuntos mucho más amplios y aborda «estrategias ganadoras del ajedrez para aplicar a los negocios», un campo que el propio Kasparov trató en su obra «Cómo la vida imita al ajedrez». Illescas transmite «el modo de pensar de los ajedrecistas» en todo tipo de situaciones y enseña «los hábitos y los métodos de trabajo de los grandes campeones», a quienes él mismo estudió a fondo, ya que se tuvo que enfrentar a ellos repetidas veces con un tablero de por medio.

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Sobre la lucha hombre-máquina, Illescas narra los hechos desde que él mismo se enfrentó a una primera versión de Deep Blue, en 1995, y pudo descubrir de primera mano las carencias de su frío rival. El barcelonés comprendió que Campbell y su equipo enfocaban el proyecto «como algo meramente científico». Habían construido una máquina que calculaba jugadas a una velocidad de vértigo, pero que no comprendía realmente el ajedrez. Obedeciendo a sus sugerencias, lo primero que hicieron en IBM fue contratar al gran maestro estadounidense Joel Benjamin. Más tarde se incorporaría el propio Miguel. Solo faltaba enseñar al monstruo a jugar.  

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Una solución en la que no pensó el campeón: esta viñeta de Mat dice: Kasparov vence a Deep Blue en un solo movimiento

Lo primero fue hacerle comprender cientos de esquemas, patrones que un gran maestro comprende al instante, sin necesidad de reflexionar: los peones doblados son malos, qué alfil es mejor en una posición, cómo se debilita un enroque, etcétera. Aún más interesante es descubrir los trucos psicológicos que idearon, como permitir que Deep Blue se saliera del libro de aperturas aprendido en determinadas circunstancias. Fue una novedad dejar que el bicho tuviera la potestad de salirse de su gigantesca chuleta si lo juzgaba oportuno, que se adentrara en caminos improvisados para sorprender a Kasparov. Era un «toque humano» diabólico que desconcertó al ruso, quien llegó a acusar a IBM de «meter la mano» en alguna partida, porque no era posible que la máquina se pareciera tanto a una persona en su modo de proceder.

El campeón de nuestra especie, el mayor experto en aperturas que ha existido nunca, se dio cuenta del ardid y tentó a Deep Blue para ver si en una de esas excursiones se perdía. Hasta que se le fue la mano. En la sexta y decisiva partida, la criatura de IBM se embarcó en un sacrificio de pieza a cambio de un ataque mortal, decisión impensable hasta entonces por parte de un ordenador y que sorprendió desagradablemente a Kasparov. Los programas tenían fama de ser en exceso materialistas, de agarrarse a sus peones como gallinas a sus polluelos, mientras que un jugador humano con tendencias ofensivas a menudo prefiere perder algún peón o incluso piezas enteras a cambio de la iniciativa en el ataque.

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¿Qué pensaba Kasparov en estos momentos? La suerte, es un decir, estaba echada

Lo bonito ahora sería saber qué pensaba el ruso en aquellos instantes, mientras decenas de miles de personas seguían la partida en directo y él se cubría el rostro, incrédulo ante lo que estaba ocurriendo sobre el tablero.      

Termino con una cita del libro: «Que la vida es un juego puede ser una buena noticia, siempre que aprendamos las reglas a tiempo».

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