Retrato robot del perdedor, por Juan Maceiras Barros

Publicado por el feb 6, 2013

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Juan Maceiras Barros, uno de los mejores jugadores de póquer en España, ha tenido una nueva gentileza con este blog al escribir un texto sobre las características que, en su docta opinión, reúne siempre un extranjero de la victoria. Completa así una especie de retrato robot del perdedor. Esto no significa, como él mismo aclara, que a partir de ahí se pueda «construir una especie de manual para convertir a una persona en un jugador ganador». «No creo en la posibilidad de que nadie pueda hacerlo. Ni el mejor jugador del mundo lo lograría. En el fondo la posibilidad de ser ganador tanto en el poker como en la vida depende de factores que no siempre podemos modular a nuestro antojo».

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Cualquier parecido de las fotografías utilizadas con personas reales es pura coincidencia

Si el lector no conoce a Juan Maceiras, médico, alcalde de Miño durante muchos años, también conocido como Vietcong01 en las mesas, le recomiendo que lea esta entrada, en la que nos desvelaba qué es el «sentidiño» y otros secretos para ganar al póquer. Un comentario suyo sobre un personaje de su niñez que siempre perdía inspiró esta nueva colaboración, que ya sueño con repetir más pronto que tarde. A partir de aquí, cedo la palabra al señor Maceiras:

Pepe «D’as Fabas» (en castellano, Pepe el de las habas) era un personaje que pasaba largas temporadas en el hostal que regentaban mis tíos y mi madre. Era un comerciante de habas que se dedicaba al comercio mayorista de esta leguminosa. En su trabajo habitual era un lince, ganaba dinero muy fácil comerciando aquí y allá y, por tanto, en dicha actividad era un ganador. Lo era por su profundo conocimiento de todo lo que había que saber acerca de las habas; sabía cuales serían las más tiernas y sabrosas de entre diversas partidas analizadas y sabía tratar con los productores y distribuidores. Era un ganador.

Pero a Pepe le gustaba jugar al poker. Sabía que comerciando con habas, aunque siempre lograba un beneficio, este se hacia esperar en el tiempo y, asimismo, nunca era tan alto como el que podría ganar en una buena partida. Para entendernos, era ambicioso y gustaba de un beneficio fácil y rápido. Por si fuera poco, deseaba obtener de los demás un reconocimiento como jugador. No era suficiente que los demás le respetasen como comerciante, porque era vanidoso.

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Juan Maceiras, en acción. Foto: PokerStars

Pepe perdía siempre, los días que las cartas parecían favorables y, como no podía ser menos, también cuando eran desfavorables. Parecía quemarle el dinero en sus manos y en las raras ocasiones que en el transcurso de una partida las cartas le ayudaban y acumulaba ganancias, finalmente una mano perdedora lo arrastraba. Luego quería recuperar a toda costa lo perdido en esa mano y sus rivales sólo tenían que esperar el momento favorable, que tarde o temprano, inexorablemente, llegaba.

Cuando ganaba parecía excitado, nervioso, como si en realidad no pudiera creerse lo que estaba pasando, mostrándose con una locuacidad y verborrea que en él eran inusuales. Era como si tuviese una carga extra de adrenalina que le impulsaba a asumir más y más riesgos en cada mano. Supongo que en el éxtasis del frenesí ganador, su mente lo empujaba a considerarse invencible ese día, hasta tal punto que cuando llegaba la hora acordada de antemano para finalizar la partida, él era el primero que solicitaba ampliarla.

Al final, ocurría lo de siempre: Pepe perdía y cuando acababa la partida, siempre debía dinero a varios jugadores. Paradójicamente, en cuanto comenzaba a perder, Pepe parecía tranquilizarse, adoptaba una posición relajada y poco locuaz, como aceptando lo inexorable de su destino, que era perder jugando a las cartas.

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El perfil de Pepe podría perfectamente reproducirse en mayor o menor medida en todos los jugadores habituales que son perdedores. No opinaré sobre los no regulares o recreacionales. Cualquier jugador ocasional puede resultar ganador o perdedor en un momento dado, puesto que depende más del azar que de cualquier otra circunstancia. Lo que podemos aprender de Pepe en lo referente a comportamiento y psicologia del perdedor sirve únicamente para el jugador frecuente.

Si analizamos los múltiples manuales publicados, prácticamente todos tienen similares puntos de vista sobre determinados comportamientos que indefectiblemente son incompatibles con el éxito. No aprender de los errores, culpar a la mala suerte, trabajar poco, abusar de drogas, no procesar información de los oponentes y enfrentarse a jugadores mejores o muy cualificados son algunos de los ejemplos de psicopatología del perdedor. No me detendré en esto porque cualesquiera de esos manuales resultan más documentados e instructivos de lo que yo pueda contar aquí.

Simplemente, haré un reconocimiento de la psicopatología de Pepe y la trasladaré a puntos de encuentro fácilmente reconocibles en otros.

Pepe era listo, lo era para sus negocios, era un número uno en lo suyo, pero no era capaz de tener la humildad necesaria para reconocer sus carencias en el juego. Al mismo tiempo, no reconocía la superioridad de los otros.

Así pues, el primer defecto de los perdedores es LA SOBERBIA. No ganan al poker los listos. No es suficiente ser capaz en muchas áreas del conocimiento humano. A menudo el éxito en otras actividades nos lleva a pensar que necesariamente resultaremos ganadores en el poker. La falta de humildad nos veda la capacidad de reconocer la dificultad que entraña este juego.

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En segundo lugar, otra gran lacra es LA AMBICION, y especialmente LA AVARICIA. En este caso, cierta dosis de ambición puede ser beneficiosa para progresar, pero la ambición desaforada, el ansia de ganar mucho y hacerlo rápidamente, puede empujarnos a asumir riesgos que indefectiblemente nos supondrán pérdidas. El perdedor nunca se conforma con sus ganancias del día, siempre quiere más y más, en una especie de frenesí imparable que sólo cede cuando pierden. Y cuando lo hacen, indefectiblemente quieren recuperarlo de inmediato. No son capaces de asumir las pérdidas del dia y retirarse en espera de jornadas más favorables.

En tercer lugar, LA VANIDAD resulta igualmente peligrosa. El ansia irrefrenable de reconocimiento por parte de los demás hace que una y otra vez persistamos en un juego en el que, bien porque la pericia de los contrincantes es superior a la nuestra o porque no lo dominamos, sumado a esa contumaz necesidad de jugar en busca de reconocimiento, nos lleva a ser perdedores.

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Por último, quiera resaltar la que para mí es la peor condición de todas, y que inefectiblemente nos arrastrará a la ruina si no somos capaces de advertirla y corregirla.

LA INCAPACIDAD PARA AFRONTAR LA ADVERSIDAD. La personas con poco optimismo en general, los que tienen poco autocontrol, los que no obtienen fácilmente satisfaciones con las pequeñas cosas que nos brinda la vida, los huraños, son generalmente personas que creen en la fatalidad, en la imposibilidad de influir en acontecimientos negativos y luchar contra ellos. Esas personas no pueden luchar contra la adversidad de una mala mano, de un mal día o de un simple bad-bet. Estas personas capitulan ante el menor contratiempo y parecen resignarse a su mala suerte. No afrontan la adversidad como un reto, como una conquista que hará mas grande el logro de vencer. Esa es la peor cualidad, la que tiene todo perdedor. Pepe la tenía. Es más, las tenía todas y por eso siempre fue perdedor.

Juan Maceiras

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Además del fútbol, hay otros juegos que se practican con la cabeza. Son buenos para prevenir el alzheimer y el riesgo de lesión disminuye. Ajedrez y poker ocupan un lugar preferente en este blog. Más sobre «Jugar con Cabeza»

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