El día que Bobby Fischer casi acaba en la cárcel por llevar… un reloj

El día que Bobby Fischer casi acaba en la cárcel por llevar… un reloj

Publicado por el Sep 5, 2016

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Eugenio Torre es una leyenda del ajedrez. El filipino fue el primer gran maestro que tuvo el continente asiático y ha jugado más Olimpiadas de ajedrez que nadie, un total de 23. A los 64 años, en Bakú todavía tiene la fuerza necesaria para ocupar el tercer tablero de su selección. Susan Polgar, colaboradora oficial del torneo y jugadora no menos legendaria, le hizo una entrevista muy interesante, en la que por supuesto salió a relucir la figura de Bobby Fischer. Torre contó un par de anécdotas que merece la pena reseñar.

Torre, que debutó en la Olimpiada de 1970 en Siegen (Alemania). El filipino recuerda incluso los tiempos en los que no estaba bien visto enseñar ajedrez a niños demasiado pequeños, porque podían salir «raritos».

Susan Polgar y Eugenio Torre, en la Olimpiada de Bakú

Susan Polgar y Eugenio Torre, en la Olimpiada de Bakú

La conversación dio luego un salto interesante. El gran maestro comentó su amistad con el boxeador Many Pacquiao, un gran aficionado al ajedrez. «Es un jugador medio, que ama el juego. Utiliza el ajedrez en su preparación para los combates importantes, como una forma de relajarse. Creo que le ha ayudado mucho. Se cree que el boxeo es solo contacto físico, pero de hecho hay numerosos recursos mentales que también forman parte». Torre explicó asimismo el apoyo que recibe el ajedrez de su país por parte de la estrella, que ha patrocinado importantes torneos, como el Campeonato Asiático. Hace seis meses también apoyó dos torneos de la modalidad Fischer-Random (se sortea la posición de las piezas, en la primera fila), en memoria del gran campeón estadounidense.

Fue mencionar a Bobby y ya era imposible soltar la presa, ya que Fischer y Torre fueron grandes amigos. El filipino recordó dos momentos divertidos, al menos a toro pasado: «Hace muchos años, él me recogió en el aeropuerto de Los Ángeles, cuando yo iba a jugar un torneo internacional a Canadá. fuimos a mi hotel y, algo típico de Bobby, pasamos muchas muchas horas hablando, hasta las 5 de la madrugada. Entonces nos llevaron en una furgoneta al aeropuerto, y el conductor, que era filipino-americano, inmediatamente me reconoció… pero no a Bobby. Yo seguí hablando en inglés por educación, para que Bobby no se sintiera incómodo. El conductor me preguntó por nuestros jugadores titulados (Cardoso, Balinas…) y luego sobre Karpov, Kasparov, Spassky… Me preocupaba que pudiera decir algo ofensivo sobre Bobby porque, ya sabes, entonces los medios publicaban muchas cosas y le llamaban loco. Sorprendentemente, para mi alivio, solo preguntó: ¿Y cómo está Bobby Fischer ahora? Respondí con calma: Por ahí anda…».

La otra anécdota, menos conocida en mi opinión, ocurrió en Buenos Aires, en 1996. Fischer quería promocionar su sistema «random» de juego y planeaba jugar un duelo contra el campeón argentino Ricardi, que por desgracia nunca se celebró. «Bobby solía llevar siempre un prototipo de su invento, el reloj digital que permitía dar incrementos (cada vez que un jugador mueve, se le añaden algunos segundos a su tiempo. El dispositivo fue utilizado en el Spassky-Fischer de 1992). Lo había hecho un experimentado fabricante yugoslavo y Bobby no quería dejarlo en su habitación de hotel, porque temía que se lo robaran. Lo llevaba a todos lados, pese a su peso. Una noche, durante uno de nuestros paseos, dos policías nos pararon de repente y nos pidieron que les enseñáramos lo que llevábamos en la bolsa. Bobby tuvo que abrirla y la tensión solo descendió levemente, porque los agentes eran incapaces de decidir si aquello era una bomba o no. Bobby les explicó todo sobre su mecanismo y al final nos dejaron ir, pero ¡fue una experiencia terrorífica!». Tampoco habría sido la primera vez, ni la última, en la que Fischer acababa detenido.

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