Cómo mueren los ajedrecistas

Cómo mueren los ajedrecistas

Publicado por el Jun 4, 2015

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El maestro FIDE Neil Carr ha muerto de un infarto a los 47 años, como informa «The Telegraph». Fue un gran talento infantil y juvenil, campeón británico sub 11 y sub 16, que no se decidió a convertirse en jugador profesional. Falleció mientras estaba de vacaciones en Jersey. Hace unos días, también nos dejaba la madre de Viswanathand Anand, noticia recogida por la prensa india, sobre todo. Mujer muy querida, Sushila Viswanathand (sí, Anand es el nombre de pila, en realidad) tenía 79 años. Era una buena jugadora y, de hecho, se la puede considerar la primera entrenadora del precoz pentacampeón mundial. Estos tristes sucesos me han recordado un viejo post nunca publicado sobre cómo mueren los ajedrecistas, cómo reciben su último jaque.

(Pido disculpas de antemano si alguien se siente ofendido por algún retazo de humor negro. No es mi voluntad herir a nadie)

Lo cierto es que los ajedrecistas mueren… como cualquier otra persona. El tablero no supone ningún escudo especial y, si el jugador se descuida, su vida es demasiado sedentaria. No es raro que el último suspiro coincida con un infarto, pero también mueren asesinados o caen en un campo de concentración o se estrellan con su automóvil… Se sabe incluso de maestros fallecidos de sífilis y de hambre. En la última Olimpiada, celebrada en la ciudad noruega de Tromso el pasado mes de agosto, fallecieron dos ajedrecistas con unas pocas horas de diferencia. Uno de ellos lo hizo mientras jugaba una partida, lo que causó el imaginable revuelo e incluso alguna alerta de pánico.

Por supuesto, esto no significa que el ajedrez sea una actividad de riesgo. Lo ocurrido fue una excepción, un capricho estadístico en una competición con más de mil participantes, pero tampoco era la primera vez que sucedía algo así. Recordemos cómo se despidieron otros maestros del tablero a lo largo de la historia.

Los fallecidos en Tromso fueron el uzbeko Alisher Anarkúlov, de 46 años, miembro del equipo especial ICCD (Asociación Internacional de Sordos), que fue encontrado muerto en la habitación de su hotel durante última jornada de la Olimpiada, y el ajedrecista de Kurt Meier, de 67, integrante del equipo de las islas Seychelles, que sufrió un ataque al corazón mientras jugaba su partida de la última ronda. Meier cayó desplomado sobre el tablero, al parecer alterado por los acontecimientos que se sucedían en su partida frente a un jugador de Ruanda.

Alexander Alekhine, paradójicamente en su imagen más inmortal

Alexander Alekhine, paradójicamente en su imagen más inmortal

Alexander Alekhine es quizá el caso más notable entre los ajedrecistas muertos. Lo sería también si siguiera vivo. Entre otras razones que alimentan la leyenda, pereció cuando todavía era campeón del mundo, circunstancia nunca repetida. Hay muchas teorías sobre su final. La oficial sostiene que se atragantó con un trozo de carne mientras cenaba en su habitación de hotel, en Estoril, el 24 de marzo de 1946. Tenía 54 años. En los últimos años tiende a creerse que murió asesinado, probablemente por envenenamiento. Otros hablan de un infarto y de un posible suicidio. En cualquier caso, la última foto que se le hizo indica que murió delante de su inseparable tablero. Incluso se especula sobre la posición que analizaba, aunque cuando se tomó la foto las piezas aparecen en sus casillas iniciales. Edward Winter estudia el caso con bastante detalle en este enlace.

El gran rival de Alekhine, el cubano José Raúl Capablanca, no murió jugando, pero sí en un club de ajedrez. Según las crónicas, sufrió un derrame cerebral en 1942 mientras estaba en el mítico club de Manhattan, un local cargado de historia en el que Fischer dio sus primeros pasos años después. En un momento dado, se levantó de y dijo «Ayúdenme a quitarme el abrigo», justo antes de desplomarse. Murió horas después en el Hospital Monte Sinaí, a los 53 años.

Si retrocedemos un poco y contamos las muertes más llamativas o relacionadas con el juego en orden cronológico, sorprenderá ver el número de infartos sufridos en plena acción intelectual. ¿Significa eso que el ajedrez es malo para el corazón? Decía un viejo estudio que un buen número de víctimas de ataques al corazón llevaban calcetines de ejecutivo y no por eso la industria textil se ha sentido nunca amenazada. Dicho esto, es cierto que en las partidas se puede sufrir sobremanera. El ajedrez es bueno para el cerebro, pero admitamos que otros órganos no disfrutan igual con su práctica, y como ejercicio, como decía antes, es de los más sedentarios. Por eso los buenos jugadores cuidan su aspecto físico.

Retomemos este pequeño repaso histórico con Howard Staunton, cuyo talento sigue vivo gracias a que creó las piezas más populares todavía hoy en día. Murió en 1874, a los 64 años, mientras escribía libro de ajedrez. Y escribir también es duro, pero aún no se ha demostrado que su práctica sea mortal.

Paul Morphy, un genio absoluto

Paul Morphy, un genio absoluto

Uno de los mayores genios de todos los tiempos, Paul Morphy, genio americano anterior a Bobby Fischer, murió el 10 de julio de 1884 mientras se daba un baño frío en Nueva Orleans, después de una larga caminata. Su madre lo encontró en la bañera, víctima de una congestión cerebral. Tenía 47 años.

Otro ilustre campeón del pasado, Johann Zukertort, murió aún más joven, a los 45, debido a una apoplejía sufrida mientras participaba en un torneo en un café de Londres contra Sylvain Meyere, 20 de junio de 1888. Despés de desmayarse, lo llevaron al Club Británico de Ajedrez, error estratégico que quizá le costó la vida. Cuando llegó al Hospital de Charing Cross era tarde. En esos días, Zukertort jugaba en la capital británica un torneo, en el que era líder.

Henry Pillsbury no tuvo mejor suerte. Murió de sífilis el 17 de junio de 1906. Contrajo la enfermedad de una prostituta de San Petersburgo una década antes. En 1905, ya muy enfermo, había tratado de arrojarse al vacío desde una ventana del Hospital Presbiteriano de Filadelfia. Murió en un asilo de Pensilvania, en pésimo estado psicológico.

En 1909 nos topamos con la muerte del maestro Rudolf Swiderski, que se suicidó de dos maneras distintas y simultáneas: después de ingerir un veneno, se disparó en la cabeza. Solo tenía 31 años, pero dejó bien claro que no quería fallar. En aquel tiempo estaba envuelto en un juicio relacionado con un triste episodio romántico y había sido condenado por perjurio.

En gran Carl Schlechter, el rey de las tablas, que llegó a empatar un duelo con el campeón mundial Emmanuel Lasker, falleció el 27 de diciembre de 1918 de hambre y neumonía en las calles de Budapest. El ajedrecista austriaco nunca le dijo a nadie que estaba en la ruina más absoluta.

Menos (tiempo) sufrió Nikolai Krylenko, cabeza visible de la Asociación Soviética de Ajedrez, ejecutado en el marco de las purgas estalinistas el 29 de julio de 1938. Su juicio, que no parece del todo justo, duró veinte minutos.

Y no solo los hombres ajedrecistas mueren en curiosas circunstancias. En 1935, R. H. Stevenson, por aquella época una de las mejores del mundo, murió absorbida por la hélice del avión que tendría que haberla llevado a Varsovia, donde se disponía a participar en el Campeonato del Mundo femenino.

Otras veces, la suerte es caprichosa y elige a su antojo. El ex campeón británico Harold Morton y el maestro I. A. Horowitz sufrieron un accidente de coche el 17 de febrero de 1940 mientras realizaban una gira de simultáneas por todo el país. El primero murió, cuando solo tenía 34 años.

El buen jugador polaco David Przepiorka, que llegó a presidir la federación de su país, murió de otra forma por desgracia frecuente en su época: los nazis acabaron con su vida en abril de 1940, cerca de Varsovia, en una ejecución masiva.

Otro genio estadounidense, Frank Marshall, responsable de algunas líneas de apertura que todavía son muy populares, falleció de un infarto poco después de abandonar su último torneo, en 1944, cuando tenía 67 años.

El 26 de mayo de 1967, días antes de que yo naciera, el sueco Gideon Stahlberg murió de un infarto en Leningrado, donde no llegó a tiempo de disputar la primera partida de un importante torneo.

Un año después fue el ruso Vladimir Simagin quien murió de un ataque al corazón cuando participaba en un torneo en la ciudad rusa de Kislovodsk.

Paul Keres, en 1969

Paul Keres, en 1969

Más conocido aún, y es mucho decir, era el estonio Paul Keres, uno de los mejores jugadores sin corona, que falleció a los 59 años de otro infarto cuando volvía a su país después de jugar y ganar un torneo en Vancouver, en 1975.

Ese mismo año, Nicholas Rossolimo se cayó por unas escaleras en Greenwich Village (Nueva York) y pereció debido a las heridas sufridas en la cabeza. Ese mismo día había estado dando unas clases de ajedrez.

El 6 de noviembre de 1979, Cecil Purdy sufrió un infarto mientras jugaba en Sidney una partida contra Ian Parsonage en el campeonato australiano de ajedrez. Cuentan que sus últimas palabras fueron: «Tengo la partida ganada, pero llevará algún tiempo».

Georgy Agzamov, primer gran maestro uzbeko, tuvo un final más accidentado, en 1986, al caer y quedar atrapado entre dos rocas en un acantilado. Acababa de jugar un torneo en Sebastopol y quería darse un baño. El rescate no llegó a tiempo, aunque lo oyeron pedir ayuda. Tenía 32 años.

Otro ajedrecista que murió en la orilla de un tablero fue el gran maestro letón Aivars Gipslis, quien sufrió una apoplejía durante torneo en Berlín, en el año 2000, a los 63 años.

El ruso Alexey Suetin murió un año después de un infarto, a los 74 años, después de jugar un torneo de veteranos en Rusia. Suetin fue un gran entrenador, escribió varios libros notables y llegó a ser campeón del mundo de veteranos, en 1996.

Vugar Gashimov

Vugar Gashimov

El año pasado nos dejaba Vugar Gashimov (como informé en esta entrada), jovencísimo talento nacido en Bakú (como Kasparov), tres veces campeón de Azerbaiyán, que no pudo superar un terrible tumor cerebral.

Terminaremos con una anécdota ocurrida en 1950. En la estación artántica de Vostok, un científico soviético discutió con su compañero de partida (y de todo, porque el lugar no podía ser más solitario) durante un encuentro en teoría amistoso. Tanto se les fue de las manos que el perdedor se volvió loco y mató a su rival con un hacha. Desde entonces, los rusos prohibieron que se jugara al ajedrez en sus estaciones polares. Cada uno que extraiga sus propias consecuencias.

Dejo de postre un enlace con un calendario en el que figuran muchos más ajedrecistas y el modo en que murieron. El asunto es inagotable, por desgracia, exactamente igual a lo que ocurriría con cualquier otro gremio.

 

 

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