Carlsen no soporta la tensión y pone el Mundial al rojo vivo

Carlsen no soporta la tensión y pone el Mundial al rojo vivo

Publicado por el nov 22, 2016

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Volvió el drama y la diversión al Mundial de Ajedrez, no solo por los errores. Ayer decíamos por aquí que la perfección aburre. En la octava partida, quien sabe si espoleados por las críticas (probablemente no) o por la propia situación del marcador, Magnus Carlsen y Sergey Karjakin mejoraron el espectáculo en su duelo neoyorquino. El noruego abrió fuego con una apertura irregular, en busca de posiciones frescas y creativas. No se puede decir que lograra organizar una orgía en el tablero, pero al menos los dos candidatos tuvieron que improvisar desde los primeros compases. Eso provocó apuros mutuos de tiempo, que a su vez originaron dos gravísimos errores. El campeón regaló la partida en la jugada 35 y el ruso devolvió el obsequio en la 37. Es como si la felicidad le quemara en las manos. Después, sin embargo, aguantó mejor la tensión y logró la primera victoria de este Mundial, que se pone al rojo vivo. El aspirante gana a falta de cuatro partidas.  

Lo mejor que se puede decir del ruso, además de alabar sus habilidades defensivas, es que parece inmune a los remordimientos. O bien es una roca desde el punto de vista psicológico o directamente no siente ni padece. Él sigue jugando sin mirar atrás lo mejor que sabe, que es mucho. Eso es una ventaja increíble tras un intercambio de fallos. En este caso, de hecho, una vez superado el control de la jugada 40, con una posición todavía diabólica, fue Carlsen quien primero se desvió de la perfección y quien tuvo que luchar otra vez por las tablas. Cabía dudar de su capacidad para soportar tanto sufrimiento. Los elegidos por los dioses rara vez la tienen.

En efecto, en una posición imposible de jugar bien, salvo por las máquinas, el noruego volvió a conceder nuevas oportunidades, esta vez mucho más difíciles de aprovechar. Por acumulación de faltas, sin embargo, se estaba ganando la tarjeta.

Una partida distinta

Por una vez, además, el ruso había empezado la partida con atrevimiento, esquiando fuera de pistas y lanzando una coz amenazante en la casilla g4. La osadía suponía cruzar el centro del campo, después de palparse la ropa al terminar la apertura, que clausuró sin un rasguño. Quizá estos chicos han comprendido que la ventaja de jugar con blancas era una ilusión y buscan otros caminos, ignotos, hacia la victoria. En todo caso, una jugada después de su atrevido salto de caballo, el aspirante no se atrevió a lanzar detrás a su dama, siempre recatada. Así, pasó de tener una prometedora situación a su habitual afición a raspar la igualdad, pero desde el lado malo. En esa tesitura, pronto llegó la época de liquidaciones y la posición derivó hacia el típico final insípido, en el que la única sal la podían poner los apuros de tiempo.

Y vaya si la pusieron. La retransmisión oficial captó incluso alguna mirada de reojo de Karjakin al reloj. Hay que haber jugado al ajedrez de competición para entender la presión que supone tener que mover con las manecillas (virtuales, ahora manda lo digital) galopando. Nueve minutos para 14 jugadas no son unos apuros mortales, pero con un Mundial en juego son más que significativos.

Una imagen del público que asiste al Mundial, de todas las edades. Fotos: Anastasia Karlovich

Una imagen del público que asiste al Mundial, de todas las edades. Fotos: Anastasia Karlovich

En el ambiente se palpaba la tensión. Carlsen alejaba y acercaba la silla a la mesa, como buscando la perspectiva perfecta. Su rostro reflejaba angustia o, como mínimo, responsabilidad. El de Sergey era más como el de un niño a punto de ser pillado en alguna trastada. Parecía pensar por dentro que, con un poco de suerte, podría librarse del castigo una vez más. Y ya se sabe cómo actúan los chavales con esa coartada en el bolsillo.

Convertida la partida en una rápida, la posición se volvió emocionante. Karjakin, con su sentido arácnido para la defensa, comprendió muy bien que no era día para encerrarse en una de sus habituales defensas y que necesitaba jugar activo. Gustafsson y Svidler creían que el campeón estaba apretando demasiado («overpushing», decían), algo que ya estuvo a punto de costarle su único disgusto.

Es posible que el aspirante haya comprendido que no puede hacer daño al noruego, pero sí provocar que se lo haga a sí mismo. Todo esto, maticemos, es fácil de decir con los ordenadores ayudando en directo a analizar cada desliz. En otros tiempos, el público simplemente reproducía al día siguiente las partidas con el periódico del día siguiente en la mano y muy pocos grandes maestros se atrevían a poner en duda las jugadas de los mejores.

Me gusta mucho la presentación de las jugadas en ChessBomb, que permiten a cualquier manta (como yo) descubrir los errores de un vistazo

Me gusta mucho la presentación de las jugadas en ChessBomb, que permiten a cualquier manta (como yo) descubrir los errores de un vistazo

El final fue un carrusel. La jugada número 35 de Carlsen fue un gravísimo error. El ruso hizo la primera buena, pero no la segunda y el campeón descubrió un recurso fantástico para anular la ventaja e incluso afrontar un final con opciones. Si Sergey sabía que que la había pifiado, y lo sabía, su tortura interior en esos momentos tenía que ser terrible. Salvo que, como decíamos antes, su cerebro tenga un botón de reinicio para seguir analizando como si no hubiera ocurrido nada.

El noruego, está claro, carece de ese botón. Quizá sea su mayor defecto ahora mismo. No está acostumbrado a que le planten cara y ha acabado por venirse abajo. El motivo del desmoronamiento no puede ser más noble y digno de aplauso. En la jugada 44, pudo forzar las tablas por repetición y esperar a la siguiente oportunidad, pero volvió a escoger el camino más arriesgado, justo lo contrario de lo que siempre hace su rival. Lo pagó caro, con un error muy humano en el movimiento número 51. Ahora habrá que ver su reacción. Cabe esperar que sea fabulosa.

Entretanto, Susan Polgar y otras voces autorizadas reabrían ayer un debate interesante. «Bromas aparte, como he explicado a algunos aficionados, ningún jugador está obligado a complacerlos. Su trabajo es ganar». Esto es la versión ajedrecística de la vieja polémica instalada en el Bernabéu: ¿al Madrid le basta con ganar aunque aburra a muchos? (y sé que no es el mejor día o la mejor semana para hacer esta analogía).

Así fue la partida:

 

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