El ajedrecista que hacía trampas con los pies

El ajedrecista que hacía trampas con los pies

Publicado por el Oct 17, 2013

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Algunos recordarán a Borislav Ivanov, el ajedrecista de 26 años al que obligaron a quitarse parte de la ropa en busca de algún dispositivo. Ni sus rivales ni los árbitros creían que un jugador de su nivel (por debajo del de un profesional) pudiera derrotar con tanta facilidad a algunos grandes maestros. Uno de ellos, Max Dlugy, cree haber averiguado el misterio después de su accidentado enfrentamiento: el presunto tramposo búlgaro escondía su secreto en los zapatos. Puede que nunca lo sepamos, porque asegura haber dejado el ajedrez, harto del «acoso psicológico» que sufre.

¿Se pueden hacer trampas con los pies en el ajedrez? En el fútbol y hasta en el baloncesto se pueden cometer varios tipos de infracciones, pero desde que a Karpov y Korchnoi les ponían una pequeña mampara de separación para evitar molestos toquecitos o incluso patadas, no se había visto nada igual. El método Ivanov, llamémoslo así por el momento, es mucho más sofisticado, aunque se desconocen sus detalles y probablemente ni siquiera se llegue a demostrar nunca. De hecho, las pruebas contra él parecen circunstanciales, pero  por un lado nadie cree en su inocencia y por otro ya se sabe que la justicia deportiva suele obligar a que demostrar la inocencia.

Según Dlugy, ajedrecista nacido en Moscú pero instalado en Estados Unidos desde los años setenta, el cruce entre ambos en el abierto de Blagoevgrad (Bulgaria) le abrió los ojos. El ahora americano contó en ChessBase su experiencia. Ivanov se presentaba a la competición después de cuatro meses de sanción, lo que originó la retirada de algunos jugadores y una carta de boicot firmada por hasta 40 ajedrecistas búlgaros, que no estaban dispuestos a jugar contra la estrella fugaz de los tableros.

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Ivanov empezó en su línea. Con sus 2.324 puntos Elo actuales jugaba como si tuviera 2.800, con un juego táctico y agresivo que desarmaba al mejor preparado. A todo esto, las medidas de seguridad eran dignas de una cumbre de jefes de Estado. Había detectores de metales, los teléfonos móviles eran retirados y sólo faltaban perros adiestrados entre los tableros. En la tercera ronda, el sospechoso jugó contra Ivan Saric, un jugador de 2.630 puntos. Dlugy, que estaba sentado bastante cerca, empezó a fijarse en una especie de tic nervioso que Ivanov repetía con sus pies. Al final, el gran maestro logró tablas, pero lo más sorprendente es que jugadas antes él mismo había ofrecido el empate, que fue rechazado por su oponente.

En la cuarta ronda, el patrocinador intervino y anunció que iban a buscar hasta debajo de las piedras (o de los calcetines) algún aparato. Dlugy insistió en que examinaran sus pies, pero a Ivanov no le encuentran nada y además pierde su partida, con una peculiaridad también sospechosa: abandonó en una posición en la que tenía tablas. Dlugy cree que aquella partida fue su «coartada», porque una vez libre de sospechas, volvió a jugar como antes y a derrotar a jugadores mucho más fuertes que él.

Y por fin llega el duelo Dlugy-Ivanov. El primero, presa de la paranoia, lleva incluso a un amigo como su «responsable de seguridad». En una guerra de nervios total, Ivanov escribe en su planilla un chiste agresivo: «Blancas: máquina; negras: payaso desconocido». El director del torneo interviene y se lleva a los jugadores a una sala, con Borislav cada vez más nervioso. Una vez pasado de forma infructuosa el detector de metales, Max Dlugy acepta que examinen cualquier parte de su cuerpo. A cambio, luego harán lo mismo con Ivanov, que ya parece cardiaco perdido.

Y justo cuando Dlugy accede a quitarse zapatos y calcetines, el jugador búlgaro salta: «De ningún modo estoy dispuesto a descalzarme. Mis calcetines apestan». Ni siquiera cuando le advierten de la consiguiente pérdida de la partida y de su expulsión del torneo consiente en mostrar sus pies. Pese a todo, al final le dejaron seguir jugando y volvió a comportarse de manera sospechosa, a juicio del americano. Hacía jugadas muy fuertes sin apenas reflexión. «Ni siquiera sabía cuándo hacer teatro», concluye Dlugy, quien cree que su enemigo escondía algún dispositivo en los pies, cubiertos con unas zapatillas enormes, «de las que obligan a quitarse en los aeropuertos». «Ese es el verdadero peligro», añade, porque un jugador de 2.600 con la misma tecnología sabría cómo comportarse para destrozar a cualquiera sin despertar sospechas. Ahora mismo, un teléfono móvil puede jugar con la fuerza de un maestro, eso sin conseguir conectar con el exterior y transmitir de algún modo las jugadas. Lo cierto, sin embargo, es que hasta ahora no se sabe el método que utiliza Ivanov.

Max Dlugy, el «descubridor» de los zapatos fraudulentos

Max Dlugy, el «descubridor» de los zapatos fraudulentos

A todo esto, ¿qué dice el acusado? En una entrevista con Maria Grigoryan para Why Chess, bromea sobre lo hermoso que es su cuerpo, circunstancia que no considera suficiente para mostrarlo por ahí. El búlgaro añade que sus partidas «no tienen nada especial» y que los grandes maestros a los que derrotó cometieron «errores terribles». «Por supuesto, he practicado mucho con el ordenador», dice, «y después de ganar a Rybka y Houdini 10-0 a cada uno, estaba convencido de que nadie podría pararme». En realidad, ni siquiera el campeón del mundo ganaría 10-0 a ninguno de estos programas, cuyo Elo actual supera al del número uno.

En otra entrevista, Ivanov se queja por ser tratado como el «mayor terrorista». «Me quitaron la chaqueta y la camisa. No sé si esperaban encontrar una bomba pegada a mi cuerpo», añade. «Simplemente fui al torneo y lo gané». «La mayoría de ajedrecistas son tontos del culo (buttheads es la palabra que emplea). Para demasiada gente, el ajedrez es un juego antisocial porque los ajedrecistas suelen ser solterones solitarios e infelices. También hay jugadores estupendos, yo intento escapar de ese estereotipo. Con sinceridad, a veces me da vergüenza decir que soy ajedrecista…».

¿Qué opinan los lectores? ¿Es inocente o culpable? Y en este caso, ¿cómo engaña a todo el mundo? Y si no hace nada irregular, ¿por qué se comporta de manera sospechosa y se niega a mostrar sus pies?

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Además del fútbol, hay otros juegos que se practican con la cabeza. Son buenos para prevenir el alzheimer y el riesgo de lesión disminuye. Ajedrez y poker ocupan un lugar preferente en este blog. Más sobre «Jugar con Cabeza»

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