Brexit, el rompecabezas imposible

Brexit, el rompecabezas imposible

Publicado por el mar31, 2017

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Downing Street envió por fin la dichosa carta y la negociación que deberá conducir al Brexit ya está en marcha. Sorteadas las innumerables trabas domésticas que le han planteado unos lores díscolos y unos jueces irritantemente escrupulosos, la primera ministra, Theresa May, emprende un viaje en el que en realidad nunca ha creído. Cabe temer que conduzca al mismo destino que el de aquella entrañable compañía cómica que se inventó Fernán Gómez, o sea, a ninguna parte.

La partida que arranca ahora será larga, ardua y compleja, y marcará la agenda internacional durante los próximos dos años. Por lo menos, porque no cabe en absoluto descartar que los intereses de las muchas partes implicadas obliguen a prolongar el plazo inicial previsto en el Tratado de Lisboa. Así que el pulso no ha hecho más que empezar. Si las cosas en Bruselas van siempre despacio, lo intrincado y problemático del proceso del que hablamos induce todavía más a descartar un desenlace rápido.

Esto va a ser de todo menos fácil. La Unión afronta un embrollo sin precedentes: nada menos que la segregación de un estado miembro, y lo hace en un momento político en el que a nadie le interesan las urgencias. Francia vive en la interinidad desde hace meses, pendiente de unas presidenciales inminentes en las que es de temer otro paso adelante de los antieuropeístas. Pero más importantes incluso que las francesas serán las generales alemanas de septiembre. Con su popularidad erosionada por la crisis migratoria y los ataques de plataformas xenófobas en auge, la canciller Merkel no puede permitirse transmitir una imagen de debilidad frente al desplante británico.

Es Merkel una líder pragmática y posiblemente ha asumido ya que va en interés general un arreglo que minimice los daños, pero hasta que no supere su cita con las urnas no se moverá sustancialmente de la rigurosa posición inicial que fijó a las pocas horas de leer la carta de May: primero se negocia la ruptura, y después, solo después, podrá hablarse de una nueva relación de Londres con el bloque comunitario.

Desde la otra orilla del Canal de la Mancha, May ya ha enseñado la patita en su misiva, dejando claro que el Brexit duro que le exigen los sectores más nacionalistas de su partido no es la opción de su Gobierno. Sobre ella pesa además la presión de otros nacionalistas, los escoceses, cuya líder, Nicola Sturgeon, ya ha exigido un nuevo referéndum de independencia que les permita mantenerse en el ventajoso club comunitario, del que quieren sacarles los conservadores ingleses de Westminster.

En realidad, Sturgeon sabe que el empuje independentista es hoy mucho menor que en 2014, cuando los escoceses votaron mayoritariamente por permanecer en el Reino Unido, pero la amenaza de una nueva votación es su manera de presionar para que el acuerdo con Bruselas preserve lo más posible el chollo de la libre circulación del que hoy disfrutan las personas y mercancías de la lueñes tierras de Escocia, y, en definitiva, el statu quo actual.

Bien mirado, es eso lo que le conviene a Londres, y a Berlín, y a París… y a todo el que se acerque a este asunto desde el sentido común y no desde  el resentimiento provinciano de los Le Pen, Farage y compañía. El busilis va estar en cómo articular jurídica y políticamente una salida decorosa que permita presentar el trampantojo de que el Reino Unido sale de la UE pero no del mercado único; dejar las cosas más o menos como están, vamos.

Tal es el rompecabezas a resolver por los negociadores. No me gustaría estar en su pellejo. Más de uno perderá las pestañas en el empeño y maldecirá en la intimidad del despacho la ominosa idea de Cameron de convocar el referéndum. Él se entretiene ahora dando conferencias a precio de oro. A ellos les ha dejado este nada apetecible pastel.

 

En Twitter: @golmo 

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