La única verdad de Donald Trump

La única verdad de Donald Trump

Publicado por el mar1, 2017

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Entre la retahíla de mentiras que jalonan el inicio del mandato presidencial de Donald Trump — «hechos alternativos» si nos atenemos al neolenguaje acuñado por la más cínica de sus asesoras—, aflora una verdad que, no por venir de personaje tan sospechoso, puede despreciarse: Europa debe aumentar su gasto en defensa y no dejar esa carga exclusivamente sobre los hombros de la superpotencia.

El vicepresidente, Mike Pence, y el secretario de Defensa, James Mattis, insistieron en la reclamación en sus visitas a las instituciones comunitarias en Bruselas y a la Conferencia de Seguridad de Múnich. Lo hicieron en un tono más civilizado que el de su lenguaraz jefe, pero el mensaje lanzado en presencia de Angela Merkel y otros dirigentes europeos fue el mismo. Si los países europeos no apechugan con sus obligaciones en materia de seguridad colectiva, corren el riesgo de perder el padrinazgo norteamericano en este mundo incierto y peligroso, y en el que el viejo continente pinta cada vez menos.

Es cierto que Washington soporta el 70% del gasto de la OTAN y que solo unos pocos estados europeos (Estonia, Polonia y Grecia) alcanzan el umbral del 2% del PIB anual al que los miembros de la Alianza se comprometieron en la Cumbre de Gales allá por septiembre de 2014. Reino Unido se ha caído de la lista merced al vendaval de recortes presupuestarios con el que Theresa May intenta hacer al país viable fuera de la UE. También lo es que, frente a las más modestas cifras de sus socios a este lado del Atlántico, el Pentágono se come 664.000 millones de dólares, el 3,61%, del PIB estadounidense, cantidades de las que incluso las grandes potencias europeas, Alemania y Francia, se quedan a años luz. Y eso que en los últimos años han aumentado notablemente sus aportaciones.

Pero no es menos verdad que las partidas destinadas a financiar las fuerzas armadas no son la única manera que tienen los países de invertir en su defensa nacional; muchas veces tampoco la opción más inteligente. Se lo han recordado a Trump los más de 120 generales retirados que han firmado una carta en la que advierten de que el desorbitado incremento del 9,3% que anunció esta semana no servirá de nada si, como planea el presidente, se produce a costa de los fondos del Departamento de Estado. Bien saben los guerreros inteligentes, de los que hay unos cuantos entre los firmantes, que no hay estrategia viable que desprecie la importancia de la diplomacia y de la acción exterior. Contribuir desde los proyectos de cooperación al progreso y la estabilidad de los países menos industrializados resulta a medio plazo igual de aconsejable que estar bien pertrechado para hipotéticas situaciones bélicas. La política española respecto a Marruecos y otros vecinos del Magreb aporta un buen ejemplo de esto.

En el centro de esta polémica, la OTAN sigue sumida en la crisis de identidad a la que la abocó el final de la Guerra Fría. Salvo con la erupción de los Balcanes en la década de 1990, la Alianza Atlántica no ha encontrado nunca acomodo en un mundo que ya no es bipolar y en el que las guerras convencionales han ido dejando paso a nuevas formas irregulares de conflicto. En estas circunstancias, tan lícito es que los estadounidenses se pregunten si es justo que ellos costeen el tinglado, como que los europeos se planteen si no sería mejor idea instituir una verdadera y operativa red de defensa comunitaria. Y, créanme, la respuesta lógica a esas dudas inquietaría mucho en Washington, porque frente a las amenazas que hoy afronta la UE (terrorismo yihadista, guerra de divisas, populismo, descontrol migratorio, etc) hace ya mucho tiempo que la OTAN resulta totalmente inoperante. Su existencia en 2017 solo tiene la razón de ser de mantener la égida estadounidense sobre el solar europeo. Por eso en Berlín no se han tragado el farol de Trump.

Fiel a su estilo, mesurada en las formas, inflexible en los principios, Angela Merkel replicó ante Mike Pence en Múnich que cuando Alemania hace frente a la crisis de los refugiados está también bregando con la defensa de eso que una vez se llamó Occidente. Su gobierno estima en 40.000 millones de euros anuales el coste de la acogida de desplazados por los conflictos en países como Siria, Irak o Afganistán. Estos dos últimos, por cierto, desgarrados por la violencia sectaria y al borde del colapso tras las desastrosas intervenciones militares estadounidenses que siguieron al 11-S.

Así que esta, la única verdad de Trump, lo es, sí, pero con muchos, muchos matices.

 

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