España, en el mundo de Trump: razones para la congoja

España, en el mundo de Trump: razones para la congoja

Publicado por el ene31, 2017

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El estrepitoso inicio del mandato presidencial de Donald Trump ha confirmado que el mundo avanza hacia una nueva era de exaltación nacionalista, la eclosión de una reacción de desenlace incierto contra la globalización que ha presidido el sistema internacional desde la caída de la URSS. Como ya anticipó el voto favorable al Brexit, en gran parte de las castigadas clases medias occidentales ha arraigado la convicción de que es la hora de un repliegue y una reafirmación de la comunidad estatal a la que se pertenece para proteger lo que queda de la cohesión social de los buenos viejos tiempos. Las decisivas elecciones que este año se celebrarán en Alemania, Francia y otros estados europeos principales calibrarán el alcance del resurgir identitario en que nos hallamos inmersos. No se trata más que del viejo y muy humano atavismo de buscar el abrigo de los iguales ante la incertidumbre. El problema es que la historia demuestra que el nacionalismo casi siempre desemboca en el odio y la violencia. Las banderas nunca fueron más que trapos con los que guiar a las masas hacia el abismo.

El nuestro, lo sabemos bien, es un país que no se entiende sin esa fuerza histórica. España es un país de nacionalismos. Está el catalán, tan inflamado en los últimos años; el vasco, pragmático y táctico desde que se rindió la ETA; y el español, claro, sin el que no se entiende ninguno de los otros, y que alumbró la muy nacionalista y duradera dictadura del general Franco. Así que cabe pensar que el nuevo signo de los tiempos se dejará sentir intensamente por estos lares. Pero si en otras latitudes el nacionalista es un discurso que se enarbola para reforzar los lazos de pertenencia y la hostilidad hacia los forasteros, en España ha servido tradicionalmente para enconar y, muy a menudo, ensangrentar las querellas internas.

Desde que ya hace más de un lustro el nacionalismo catalán se lanzara decididamente por la senda secesionista, la unidad europea ha sido el argumento principal de los gobiernos españoles para hacer frente a sus pretensiones. España es un estado avanzado que forma parte del selecto club de democracias comunitarias, del que os veríais excluidos si os marcháis, se venía a decir. A estas alturas, con Londres negociando su salida de la UE y con candidatos como Marine Le Pen propugnando el abandono del euro, ese es un mensaje que ha perdido potencia. Europa ya no vende, o lo hace mucho menos que antes, y está por ver que la hermosa idea que representó vaya a recuperarse de las heridas sufridas.

No extraña, pues, que el de Mariano Rajoy, al contrario que otros gobiernos occidentales, haya preferido guardar silencio ante el veto de Trump a los inmigrantes de siete países de mayoría islámica. No es cuestión de irritar a Washington cuando el valedor que a uno lo ha amparado durante décadas empieza a dar síntomas de agotamiento. Menos todavía, cuando desde la Ciudad Condal empieza a circular la especie de que, en la nueva coyuntura, a Putin podría hacerle gracia la idea de buscarle las cosquillas a sus rivales europeos fomentando movimientos secesionistas que desestabilicen su área de influencia. Vaya usted a saber; no sería la primera vez que el solar ibérico se convierte en escenario de las batallas indirectas entre las grandes potencias mundiales.

Lo cierto es que no podemos predecir hacia dónde se encamina el mundo, sino tan solo constatar que ya no es el que era y se amontonan los síntomas inquietantes. En España, aunque los necios y los fanáticos que copan los cenáculos del poder en Madrid y Barcelona se nieguen a admitirlo, se vive lo que el historiador gallego Núñez Seixas ha descrito como «un empate histórico» entre el nacionalismo centralista y los periféricos centrífugos, de manera que unos y otros se bloquean sin que ninguno alcance la hegemonía. Solo nos queda una alternativa: o seguir atrapados en ese bucle dialéctico, o empezar a buscar cómo resolver civilizadamente esas tablas. Por primera vez en mucho tiempo, ya no podemos estar seguros de que lo que venga de fuera nos vaya a ayudar.

 

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