Corea, la herida sin cerrar del paralelo 38

Corea, la herida sin cerrar del paralelo 38

Publicado por el Jun2, 2016

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En el museo que recuerda la Guerra de Corea en Seúl trabaja como guía un militar retirado. El tipo es entrañable y fuente inagotable de anécdotas. «Somos un solo país y volveremos a unirnos», es la frase con la que cierra el recorrido por la historia de la contienda que dividió la Península. El suyo es, por ahora, un deseo por cumplir, y la reunificación, un viejo anhelo que el tiempo va marchitando. Para los más jóvenes en Corea del Sur, que han crecido en un país democrático y próspero, la hermética república comunista del norte es un vestigio extravagante del mundo de la Guerra Fría, que ellos no vivieron. Ni tienen los lazos afectivos de generaciones anteriores ni entienden por qué habrían de unirse a un país subdesarrollado y sometido a una dictadura grotesca. Por eso el Gobierno alienta voces como la del simpático guía, para que no se olvide la gran causa nacional pendiente.

La división trazada por manos extranjeras en el paralelo 38 es hoy una cicatriz en los mapas de un pueblo tradicionalmente golpeado por la codicia de potencias vecinas. En su día fue el trágico desenlace a décadas de lucha contra la ocupación japonesa. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, derrotado el odiado imperio nipón, los coreanos se encontraron con que la rivalidad entre los vencedores los partió en dos: al norte, el régimen comunista de Kim Il-sung; al sur, el capitalismo de Syngman Rhee.

Como la guerra posterior, eso es agua pasada para los jóvenes profesionales de multinacionales punteras y ultratecnológicas como Hyunday o Samsung. Son hijos del «milagro del río Han», la época de vertiginoso crecimiento impulsado por el dictador Park Chung-hee, padre de la actual presidenta. Aunque cueste creerlo, Corea del Sur se encontraba en una situación económica peor que la del norte, pero progresó en pocos años y se consolidó como uno de los tigres de Oriente. Hoy es uno de los países mejor situados en el ranking de desarrollo humano de Naciones Unidas, solo superado en Asia por Hong Kong y Singapur.

El esfuerzo en pro de la unificación es político y económico. Existe un ministerio específico dedicado a un asunto que se considera un imperativo moral y se destinan ingentes fondos a ayuda humanitaria al norte, a cuyos habitantes se considera nacionales de pleno derecho. Los «desertores» que logran escapar del estado policial construido por la dinastía Kim son acogidos. Hay cerca de 30.000 viviendo en Corea del Sur. Conducen Lexus y hablan por teléfonos de última generación. Norte y sur son ya, más que dos países, dos mundos diferentes.

Pese a todo, la reunificación parece hoy más difícil que nunca. Lejos queda el tiempo de la «sunshine policy» del presidente Kim Dae-jung, premiado con un Nobel en 2000 por tender puentes con Pyongyang. Aquello se truncó, en parte por la negativa de Washington a rebajar su dureza frente a Kim Jong-il. Su hijo, Kim Jong-un, insiste en el desafío nuclear, ha abandonado el complejo compartido de Kaesong y vive sostenido por el apoyo de China, que lo ve como un peón útil en su pulso con EE.UU. en la región. Y como casi siempre en la península, los actores externos libran su partida, mientras los jóvenes surcoreanos viven más preocupados por los síntomas de agotamiento de la economía que por las consecuencias de batallas de antaño. La pregunta es qué sucedera cuando ya no queden veteranos como el guía del museo.

En Twitter: @golmo

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