La insurrección vuelve a Francia

La insurrección vuelve a Francia

Publicado por el abr1, 2016

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El rechazo ciudadano a la reforma laboral impulsada por el Gobierno en Francia alcanzó ayer su punto de ebullición con una huelga general que paralizó el país y lo llenó de protestas masivas en las que jóvenes y sindicatos llevaron la voz cantante. Las imágenes de la jornada, con los universitarios enfrentándose a los antidisturbios, recuerdan al mayo del 68 y refrescan el espíritu combativo que todavía anida en gran parte de la sociedad francesa. No hay país europeo en el que las organizaciones de izquierda, especialmente las estudiantiles, tengan tal poder de movilización. Solo en la Grecia de los años previos a Syriza salía tanta gente a las calles a protestar contra los recortes que aplicaba el ejecutivo local azuzado por las instituciones comunitarias. Pero las manifestaciones allí no sirvieron para frenar las medidas. Grecia era ya entonces, y será por muchos años, una colonia sometida por el yugo de la deuda externa. Justo ese es el destino que millones de franceses intentan evitar para su país.

En las estampas de los chavales de París o Nantes gritando que no a una reforma del mercado de trabajo «a la española» se distingue el espíritu irreductible que informa la nación francesa desde su propia génesis revolucionaria en 1789. Como Asterix, Obelix y el resto de simpáticos galos que Goscinny y Uderzo imaginaron resistiendo al imperio romano, los asalariados franceses de 2016 se niegan a someterse a la globalización centrifugada desde Bruselas si esta se ha de llevar por delante los derechos laborales conquistados por sus padres y abuelos.

Se lo ha dicho Philippe Martinez, secretario general de CGT, el principal sindicato nacional, a varios diarios europeos, «si nos tenemos que adaptar a un mundo que funciona mal, estamos en contra». Este Martinez, que por cierto se gasta un bigotón que nada tiene que envidiar al de Abraracurcix, dice además que «es una estupidez» eso de que facilitar el despido genera empleo. Un diagnóstico rotundo que muchos compatriotas comparten, por más que vaya a contracorriente.

Y mientras tanto, Hollande termina de despeñarse. Con un proyecto que ha encolerizado a su base electoral, ya totalmente desencantada antes de la reforma, el presidente hunde el último clavo en su ataúd político. Los pocos potenciales votantes que le quedaban se preguntan por qué apoyar a un líder que se dice socialista pero promueve una legislación laboral similar a la impuesta por Rajoy en España. No creen que esta haya creado puestos de trabajo, sino que los ha cuarteado y precarizado. Es el gran drama de la socialdemocracia europea: como demostraron los antecedentes de González, Zapatero, Blair o Schröder, con el diseño actual de la UE, siempre acaba rendida a las exigencias de la competitividad global. No era eso lo que los suyos esperaban de ella.

Así, con amplias capas de la población cada vez más castigadas y huérfanas de proyectos políticos que las congreguen, las Marine Le Pen del mundo se frotan las manos.

 

En Twitter: @golmo

 

 

 

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