Lo de Cataluña, visto desde fuera

Lo de Cataluña, visto desde fuera

Publicado por el Nov25, 2015

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Hace poco fui invitado a conocer la República Turca de Chipre del Norte. Es un estado que solo existe para sus propios habitantes y para Turquía, el único país que la reconoce. Acudí con la intención de aprender sobre el singular conflicto que todavía hoy tiene dividido a Chipre, pero, inesperadamente, fue otro el tema que coparía las conversaciones durante mi viaje: Cataluña.

Poco después de despegar de Madrid, abrí el Financial Times para entretenerme durante el vuelo. Llevaba una foto de Mariano Rajoy en portada bajo la que informaba de las serias advertencias que el jefe del gobierno había lanzado el día anterior a los independentistas catalanes. En el interior, un editorial trataba el tema de modo extenso y enjundioso. «A nadie le conviene que España se rompa ahora que está en plena pero frágil recuperación» o «estuvimos contra la independencia de Escocia y lo estamos contra la de Cataluña» eran algunos de los nítidos mensajes. Aquello era un presagio en sepia.

Ya en Chipre, me uní al grupo de periodistas al que las autoridades turcochipriotas habían invitado. Los había de todas partes del mundo. Yo era el único español. Ya en el primer desayuno empezó el bombardeo. Un polaco llamado Lukas me espetó: «¿De verdad va a haber una guerra civil por Cataluña?». Se me atragantó el yogur con muesli, pero me repuse del impacto de saber que alguien fuera de España contempla un escenario de violencia y largué el primero de mis improvisados «briefings» sobre el asunto. Me hubiera gustado que fuera el último, pero… «No, Lukas, mira, nuestra constitución respeta la diversidad y los catalanes disfrutan de un amplio autogobierno», «ahora hay una situación de bloqueo político, pero se resolverá», «este asunto no es nuevo» y bla, bla, bla…

En el almuerzo sería un húngaro rubicundo llamado Gabor Laszlo el que, a pesar de que yo quería hablar de lo que me gustaron los perritos calientes del mercado Fovam cuando visité Budapest, me hizo saber su opinión. «Eso no va a ninguna parte, porque el Estado español es muy fuerte y todas sus estructuras están en contra de la independencia». Tuve que asentir, sorprendido por la lucidez del juicio de Gabor, pero ya de los perritos, ni palabra.

Aburriría que enumerara todos los ejemplos. Todo aquel con el que me crucé me interrogó sobre lo que ocurre en la esquina noreste de mi país. Hasta un indio muy educado que se declaraba católico devoto del apóstol Santiago y que soñaba con peregrinar algún día a la capital gallega quiso saber del caso.

Casi saturado por el tema, asistí a una rueda de prensa con la ministra de Exteriores turcochipirota, que se quejó del lastre que supone la falta de reconocimiento internacional para su república. Ese mismo día, Kosovo había quedado fuera de la Unesco por los votos en contra de medio centenar de estados. Me preguntaba si es un futuro así el que algunos quieren para los catalanes.

No me había llegado la respuesta al caletre cuando me abordó una simpática lituana, Kristina Stalnionite. «Ustedes los españoles son muy pesimistas y siempre están hablando mal de su país. No lo entiendo. ¿Por qué nadie querría dejarlo? A mí me parece maravilloso, he estado allí más de cincuenta veces y es mi lugar favorito sobre la tierra». No sé si la de Kristina es una voz autorizada. Dirige un portal de viajes y se ha recorrido el mundo entero. Ya lo dijo Víctor Manuel cuando todavía cantaba. «El nacionalismo se cura viajando».

En Twitter: @golmo

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