Hollande, dudoso impulsor de la reforma que necesita Europa

Hollande, dudoso impulsor de la reforma que necesita Europa

Publicado por el jul27, 2015

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Cuando en 1951 nació la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, germen de la Unión Europea, lo hizo, sin duda, como estructura burocrática, pero impulsada por el anhelo de consolidar la paz continental bajo los principios del multilateralismo y la cooperación.

En la maltrecha UE de nuestros días, salvo un entramado burocrático de proporciones mastodónticas, aquel noble principio parece marchito. La ya añeja crisis griega ha socavado los vínculos de solidaridad y afecto entre los pueblos que la forman y una excesiva hegemonía alemana ha terminado por deformar las bases de lo que nació como venturosa empresa compartida. Hoy, la UE es una comunidad mal avenida, en la que la pertenencia de los estados miembros ya no obedece a una determinación civilizadora sino a una mera evaluación de daños potenciales. Como ha dejado palmariamente claro el drama griego, el club se mantiene porque abandonarlo sigue siendo más costoso que permanecer en él.

Mientras las grietas siguen avanzando, ya sea en forna de referéndum en Reino Unido, de incapacidad para resolver el acuciante problema de los refugiados, o del avance de fuerzas políticas eurófobas, Francia amaga con liderar una reforma integral del edificio. Amainado el enésimo temporal de la deuda griega, el presidente francés, François Hollande, ha dado un paso al frente para reclamar la necesidad de profundizar en la unión política y económica de la zona euro, ese monstruo de Frankenstein de la integración europea que, como el personaje de Mary Shelley, se ha vuelto una pesadilla para su creador.

De lo que se conoce del todavía brumoso proyecto francés, se colige una apuesta por una unión reforzada para los estados de la moneda única dispuestos a construir en torno a ella una unión política que vaya más allá del deficiente modelo actual. La música suena bien y no dejan de ser estas propuestas de sentido común defendidas desde hace años por los europeístas más juiciosos. El problema es la credibilidad, más bien la falta de ella, del impulsor de la iniciativa. No sería la primera vez que la realidad frena el ímpetu de un Hollande del que las encuestas revelan que sus propios compatriotas se fían más bien poco y se antoja difícil que su discurso prospere en una agenda marcada por el referéndum británico y las tensiones en las respectivas políticas domésticas, problema catalán incluido. Hollande parece mucho menos sólido que los obstáculos que su idea habrá de sortear y, sobre todo, que el liderazgo de Berlín. Europa parece, pues, abocada a seguir siendo eso que ha sido más que nunca en los últimos siete años: un gigante económico y un incorregible enano político.

 

En Twitter: @golmo

 

 

 

 

 

 

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