Pelotas

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Publicado por el mar 3, 2016

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El Madrid rancio pero orgulloso de finales de los sesenta desprende un intenso aroma a gloria, a filas prietas y a cerebros uniformados. Un falangista con rango intermedio en el aparato y en la Administración alecciona a otro más joven: “Insista: adule. Cuando ya le parezca suficiente, continúe. Adule, adule, adule. Y cuando tenga ganas de vomitar, siga adulando”. En el mismo recodo de la historia, dos amigos se encuentran y uno le dice al otro: “Póngame a los pies de su señora”, una frase tan ridícula y además tan polisémica que provoca sonrisas.

Los sistemas de pensamiento único, como aquel fascismo de Martínez el Facha o como este neocomunismo que emerge, favorecen la adulación. El aliño indumentario chandalero de Maduro se les antoja a los venezolanos tan elegante como viril era aquí para algunos la voz del Generalísimo. Por miedo y porque necesitamos trabajar. Tomar el poder en un país significa convertirse en una gigantesca máquina de colocación de empleados. La línea más importante del currículo español es la que dice “no discrepante”. Hemos diseñado un empleo de libre designación para el incondicional y lo hemos denominado asesor. No hay recodo de la Administración sin asesores. En cuanto al Parlamento, los vídeos demuestran que el grueso de los diputados no pasa la mayor parte de su tiempo hablando, sino aplaudiendo al líder. Todos están siempre de acuerdo con él, incluso cuando cambia de opinión. Más que dotes de oratoria, para conservar los escaños hacen falta resistencia en las palmas de las manos y muchos vatios de succión en la boca. Con algunas excepciones, la política es un mundo de cortesanos. La mayoría de los que triunfan en ella jamás podría medrar en la empresa privada o ni siquiera la ha pisado. Lo importante no es hablar bien ni pensar bien…sino caer bien. La política opera casi exenta de cerebros brillantes porque a las grandes inteligencias les cuesta ser incondicionales.

La discrepancia está tan  mal vista aquí que quienes enjuician los textos del escritor le advierten “no te tomes esto como una crítica, pero…”. Claro que me lo tomo como tal, pero las críticas son bienvenidas; a diferencia de la opinión del pelota, ayudan a crecer. La apreciación puede ser sincera y eso la diferencia de la adulación, una alabanza siempre interesada, ya se utilice con un superior para medrar en un empleo o con una mujer para intentar derribar su fortaleza. Hay ciertos actos de lisonja que el alabado incluso suplica: los llamados Me gusta de Facebook, que las empresas de Internet nos piden. La adulación es falsa como el dinero del Monopoly: lo advertiremos si intentamos hacerla circular a través de un medio sano, porque ese acto mostrará que carece de valor. Ser un pelota constituye una idea tan vergonzante que nadie lo reconoce jamás: hasta los que hacen más genuflexiones juegan con el margen de tolerancia del concepto de amabilidad, mucho más positivo. Dicen que están siendo corteses y juegan con los límites de esa cortesía, pero siempre miran en la misma dirección: la del superior. La predisposición de éste a aceptar la lisonja la fomenta. Shakespeare creía que el tipo al que le gustaba que lo adulasen era digno del adulador. Los que nos agasajan generan en torno a nosotros una niebla que nos impide ver las cosas con nitidez y, en consecuencia, adoptar las decisiones correctas. José María García llamaba a los pelotas abrazafarolas. Pepe Navarro nos enseñó que cualquier sistema técnico de medición de audiencia lleno de errores era mejor que las alabanzas de los cercanos, o que las filias y las fobias de un presidente adoptando decisiones en un despacho. En la próxima entrega, denominaciones castizas del pelota que  quizá nunca hayan escuchado.

Más vida en @rafaelcerro

 

 

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