Palabras inútiles (y II)

Palabras inútiles (y II)

Publicado por el feb 23, 2016

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Hablábamos aquí de palabras y discursos inútiles. Lo son las voces correctamente formadas que hacen alusión a referentes construidos para tomarnos el pelo, como abrefácil. El término es académico y está en el diccionario…pero su significado es contrario a la realidad, porque el diseño del abrefácil es prácticamente inexpugnable. No se puede utilizar, lo mismo que ocurre con el plástico para envolver bocadillos, que se electriza y termina envolviéndote a ti o poniéndote de mala leche.

Conocemos elementos superfluos, como el aparato genital del casado, como el senador o como la célula fotoeléctrica del retrete. Normalmente, ésta apaga la luz demasiado pronto y tienes que seguir operando por intuición y por recuerdo de la dirección correcta. El badulaque que inventó este artilugio de racanería no ahorró nada: solamente consiguió que pulsemos muchas veces el interruptor. En general, los varones de aquí no se lavan las manos al terminar de juntar orines. Por eso, si durante una mañana de trabajo das cuatro manos, a efectos sanitarios realmente has dado cuatro penes. Yo procuro dar besos, pero a menudo se me malinterpreta. Con las degustaciones del hipermercado ocurre algo parecido. Consigues gratuitamente un trocito de salchicha colocado sobre un biscote, pero también diversos materiales depositados por manos anteriores.

Inútil es la advertencia en forma de pleonasmo ‘la impresora está estropeada’, pues estos artefactos jamás funcionan durante mucho tiempo. Y el técnico que dice que desatascarla es muy sencillo. Y también el informático que, cuando llamas, te pregunta si tienes el ordenador enchufado: no, lo tengo desconectado mientras trabajo porque la pantalla en negro me relaja. Que un informático creara un programa diseñado para los que no entendemos de su arte sería una novedad lingüística mundial: que estos técnicos repitan siempre la frase de que ‘es muy fácil’ resulta ofensivo. Es muy fácil para ellos. Yo suelo preguntarles si les resulta sencillo el mecanismo del laísmo y el leísmo. A partir de ese momento, suelen ponerse más tensos.

Inútil es buscar plaza siempre en el primer subterráneo del aparcamiento, pero a la gente le gusta mucho pasar horas buscando por allí. En la tercera suele haber hueco y, desde luego, bajando hasta ella se ahorra tiempo y se estaciona a la primera. Pero nosotros tenemos que aparcar siempre en el lugar exacto al que nos dirigimos; si vamos al río, queremos meter en el agua las ruedas delanteras. Solemos quejarnos de las seis horas de caravana que nos lleva llegar a Gandía, pero a mí no me parece tan raro que haya retenciones teniendo en cuenta cuál es nuestra costumbre: viajar todos al mismo sitio, por la misma carretera y a la misma hora. Gandía no es exactamente un lugar paradisíaco, pero obramos por tradición y muchas veces ésta está reñida con la inteligencia. Al llegar, le dejamos el auto a un aparcacoches, que es un gestor consuetudinario de la ilegalidad y de ésta vive. O bien nos metemos en otro aparcamiento aunque sabemos que el torno está muy lejos. Ni a Pau Gasol le llega el brazo lo suficiente como para coger el tique de la máquina de entrada.

Una de nuestras instituciones inútiles ha sido siempre el notario. Siete años estudiando oposiciones para ser fedatarios de la verdad publica y luego salen de la habitación para que paguemos en negro una parte.

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