Lenguaje de campaña (II)

Lenguaje de campaña (II)

Publicado por el dic 18, 2015

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Esta misma mañana he oído decir a una redactora que un parlamentario había concedido una “rueda de prensa sin preguntas”. Sin preguntas, no es una conferencia de prensa: es una alocución, lo que el DRAE define como “Discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos”. El problema es que los políticos están imponiendo su lenguaje a los periodistas. Observen que para los candidatos siempre son políticos los argumentos retorcidos, las maniobras maquiavélicas y sobre todo las huelgas que le hacen a uno. Los políticos consideran execrable todo lo político, algo tan poco tranquilizador como que Woody Allen nos advirtiese contra los bajitos con gafas. El candidato del PP nos advierte de que no escuchemos los cantos de sirena “del populismo y la bisoñez”. La próxima vez, nos recomendará que votemos al candidato que lleva gafas. Michael Rapaport dice precisamente de Woody en Granujas de medio pelo “Aquí todos somos listos, pero él es el único que lleva gafas”. El caso es que el presidente mezcla dos categorías semánticas: populismo es licuefacción cerebral y me parece bien que lo señale, pero bisoñez puede ser un estado constructivo. Todo es una cuestión de escucha crítica, la que les propondremos en este espacio: mientras todavía reaccionemos ante las palabras necias, mantendremos viva la actividad cerebral. Vocablos como cambio, que me suena rancio cuando se lo escucho al candidato del PSOE…independientemente de cuál sea éste y de en qué siglo estemos. Siempre cambio, desde un partido que pudo cambiar cosas porque estuvo en el poder. Los cambios no se pueden vender como valores absolutos, porque pueden ser para bien o para mal.

Los candidatos huyen de cualquier palabra sencilla para parecer interesantes: no dicen recibir si pueden decir recepcionar. Ni ofrecer, si encuentran ofertar. Ni influir, pues prefieren siempre lo alambicado: influenciar. El presidenciable de Ciudadanos pone mucho énfasis en lo que llama los *tacticismos, con lo que quiere significar maniobras ajenas, seguramente sinuosas. Ninguno dice estrategia o plan si puede complicar las cosas con la asfixiante expresión de sacarina hoja de ruta, que no forma parte de la tradición del español. Ninguno promete cumplir con su obligación, porque para eso está el modismo hacer los deberes, expandido como metano verbal por políticos y contertulios. Los tertulianos son la segunda correa de transmisión de los vicios del lenguaje y suelen presentar un perfil paradójico: ágrafos, pero *todólogos. Son intérpretes del universo al completo que hoy hablan sobre la estructura en Cortázar y mañana, acerca del bosón de Higgs. El mismo especialista, que es la versión hertziana de lo que siempre conocimos como el listo de barra de bar. Negro futuro el de un pueblo al que tienen que indicarle lo que debe pensar. Nada nuevo: Ortega ya dijo que los españoles no opinábamos, sino que nos contagiábamos. La moda lingüística política es oscurecerlo todo y agarrarse a tópicos. Como lo sostenible: para un candidato a presidente todo es sostenible, independientemente de si se trata de una ciudad, de un automóvil o de una erección. Todos se apoyan en lo retorcido: en lugar del sencillo aclarar, cualquier palabro sirve: esclarecer, clarificar…da igual. La transmisión de la omnisciencia está asegurada, pues casi todos estos intelectuales son también profesores universitarios. En lugar de subrayar o destacar, sistemáticamente poner en valor. Todo está lleno de arúspices gesticulantes que hacen continuamente los deberes, siguiendo siempre una hoja de ruta, poniéndolo todo en valor y llamándoles barómetros a las encuestas. Dicen ante un micrófono, poniendo eco en la voz, insensateces que nunca pronunciarían en privado. Ningún candidato feminista le pediría a su primogénito que calmase a sus hermanos y hermanas, pero todos desdoblan el género en los mítines. Nadie les exige oratoria a los parlamentarios profesionales, aunque es cierto que los candidatos emergentes la dominan. En general, todos tienen nuestro apoyo: el de un pueblo al que la corrupción del partido rival le parece más grave que la del propio para empezar cualquier discusión. Las réplicas nunca empiezan por un examen de conciencia, sino por un rebote: “Anda, que vosotros…”. La gente aliena la corrupción y se apropia de la honradez. El político se aturulla mezclando ésta con la honestidad. Como recordatorio, la honradez opera de cintura hacia arriba y la honestidad, de cintura hacia abajo.

La ideología ocupa en nuestros cerebros el espacio antes destinado a la inteligencia.

 

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