Periodismo de derribo

Periodismo de derribo

Publicado por el oct 30, 2015

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La mayoría de los periodistas se entregó en su día a los políticos, como los juristas, y ahora ambos colectivos han perdido el prestigio que tuvieron hace tres décadas. Nosotros gritamos en tertulias que rechazan las opiniones moderadas porque los extremos son más televisuales y venden más. La consigna del día para algunas de esas tertulias nos llega a casa en forma de correo electrónico. Como no nos formamos, ya no hacemos concordar sujeto y predicado; decimos “Una veintena de personas han asistido”. Tampoco sabemos construir ordinales, de modo que decimos “La treinta edición” en lugar de la trigésima. No escribimos mejor que la gente que no se dedica profesionalmente a esto; no competimos con los blogueros que escriben sin remuneración. Lo último que hace falta para publicar un libro en España es saber redactar. Los escribidores cobramos poco; por hora, normalmente mucho menos que nuestra empleada de hogar. Pero hacemos todavía menos: copiar de Internet y pegar. Eso reproduce hasta el infinito errores como el famoso “cierre del Gobierno” cuando es evidente que lo que cierra es la Administración estadounidense, o una parte de ella, y que el que lo está ordenando es precisamente el Gobierno. Nuestra frase es estúpida porque hacemos que el señor Obama se cierre a sí mismo, pero da igual. Esa indolencia nuestra multiplica la difusión de sandeces que deberían haberse quedado en simples errores de la fuente. Como el “accidente fortuito” de la clínica que atendió a Juan Carlos Primero. Para saber que lo de fortuito ni siquiera hace falta cultura: basta con una mínima inteligencia, pues los accidentes son precisamente hechos casuales.

Esta semana he oído decir varias veces a la misma redactora de radio “El jades”. Ella estaba leyendo un titular que rezaba “El Hades”, pero ni sabe cuánto nos gustaría mandarla a ese sitio ni tiene la menor idea de que la hache sea muda en español. La misma chica dice que Alicia Giménez Bartlett  ha escrito ‘La dama del crimen’, cuando eso no es un título sino su apodo. El impresionante apotegma “Lo ha dicho la radio”, que en España significaba que algo era una verdad contrastada y que jamás se aplicó a la televisión, murió precisamente porque los periodistas tomamos el medio en su día. Fue sustituido por el epitafio “Los jóvenes de ahora no escuchan la radio”, que utilizamos los profesionales para significar que no sabemos qué les gusta y los estamos perdiendo. Lo supieron los Gomaespuma, pero poco más ha habido después. Por esa falta de preparación y esfuerzo envejecemos la radio prematuramente, a pesar de que sabemos que los mejores libros son justamente los que no acusan nunca el paso del tiempo. Por eso no hay relevo, excepción hecha de Alsina y alguno más. Por eso y porque los mejores no están dando clase en las facultades de comunicación. A los maestros les está ocurriendo algo parecido a lo nuestro: lo preocupante ya no son las faltas de ortografía de los alumnos, sino las de los profesores que dicen “más mayor” para comparar pero jamás dirían “más menor”.

Las carencias de los comunicadores son muchas. Sucumben a la corrección política y escriben “niños y niñas”. Le llaman Oriente Medio a Israel porque no saben que eso para nosotros es Oriente Próximo. Ignoran que el giro es yanqui y que, para los estadounidenses, Oriente Próximo somos nosotros. Si hay un periodista en toda la redacción que puede traducir en directo a Cameron y Hollande, cuando vuelve desde el locutorio a su silla le recuerdan que “aquí todos cobramos lo mismo”. Los medios informan sobre la carpeta de previsiones del día, permitiendo que los políticos dirijan su agenda. Los errores están ahí, pero la sociedad española terminará pagando muy caro haber prescindido de los periodistas formados y bien pagados. Tanto como cualquier democracia. Hoy casi no hay en las redacciones personas en las que los chicos de prácticas puedan fijarse. Un día no habrá aquí nadie capacitado para investigar a los pujoles ni a los urdangarines. Ni que sepa redactar correctamente después lo que descubra. El error español ha sido aplicar el viejo aforismo español “Para periodista sirve cualquiera” y también exigir en masa prensa libre sin comprar jamás un diario.

Más vida en @rafaelcerro

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