El gran Balbín

El gran Balbín

Publicado por el oct 9, 2015

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Una seguidora me pide que tuitee con menos palabras para que ella y otros puedan entenderme. Como la chiquilla es simpática y despierta, en lugar de bloquearla le hago ver que ése no es el camino. Le comento que, cuando alguno de mis columnistas de referencia utiliza un léxico que desconozco, busco inmediatamente en el diccionario la palabra en cuestión y le agradezco a él que me haya puesto en el camino del hallazgo. Pero creo que se lo explico con torpeza, porque ella se ofende y, cada vez más cabreada, me exige que estreche mi horquilla léxica. Cuando me quedo solo (algo muy difícil en la era de las redes sociales) argumento contra mí mismo dentro de mi cráneo: Lázaro Carreter nos enseñó que hablante culto no era quien dominaba el habla de la clase culta, sino el que resultaba capaz de cambiar de registro para hacerse entender por todos. Pero sigo pensando que no debo cambiar mi manera de escribir en la red social. Y que ella es libre de dejar de seguirme. Le hago saber esto por otra vía, en privado y amablemente, y desaparezco de su vida. Yo no voy a enrasar por abajo. No debo llenar mis artículos de cultismos, pero es muy sano que mis tuits inciten a algunos a acudir al diccionario de vez en cuando. Como la falta de empatía es el deporte nacional, ella no hace ningún esfuerzo por entender que su exigencia podría haber sido banal para otro, pero para mí es un torpedo que ha impactado en el medio de la línea de flotación de mi ataraxia. La llamada población civil parece manejar menos vocabulario cada vez.

Analepsis. Años ochenta de otro siglo: soy adolescente. Trabajo para José  Luis Balbín, una fuerza de la naturaleza capaz de hablar en antena durante catorce minutos de Albania; no hay ordenador ni teletipos. Me alegro de que Balbín no estrechase su horquilla léxica…o quizá no me enteré de que realmente sí lo estaba haciendo. Además de un sabio, Balbín era un hedonista que gustaba de divertirse como nadie y sabía cómo hacerlo. Tenía un particular concepto del tiempo y a veces llegaba tarde a su propio programa de radio, pero compensaba esperar a que apareciera: era el mejor orador del periodismo español junto con García, que iba por otro camino porque había creado su propio registro. Éramos pipiolos con forma de redactor y José Luis Balbín nos repetía su frase “yo ya conozco a suficiente gente”. Mi seguidora de Twitter está cabreadísima porque cree que soy un amigo cercano que, al poner terreno entre los dos, le ha hecho una judiada, esa palabra denostada por los políticamente correctos. Pero la verdad es que jamás nos hemos visto. El problema de Facebook es que la gente llega a creer que tiene tres mil amigos, cuando algunos pensamos que a los amigos hay que conocerlos antes. Los poetas trascendentales han proliferado en la Red precisamente; en cuanto defecan uno de sus poemas malos, se quedan con los diecinueve fans que han pulsado ‘me gusta’ y no con los dos mil que, por prudencia, no han respondido calificando su bazofia. Soy alérgico a Facebook porque es una avalancha de mediocridad y de “Fijaos: hoy voy a hacer croquetas”, pero tengo entendido que la compañía va a arreglar el problema de los poetas intensos añadiendo la tecla poco diplomática ‘no me gusta’. Las redes constituyen una oportunidad maravillosa para no abusar de la palabra sagrada amigo e ir seleccionando bien a nuestros interlocutores.

En cuanto a hablar con más o menos vocabulario, se reduce al dilema entre transitar por la vida caminando mirando al cielo o hacerlo mirando al suelo.

@rafaelcerro

 

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