Esfuerzo

Esfuerzo

Publicado por el sep 5, 2015

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Durante los años ochenta, en fechas como éstas emitíamos en Antena 3 Radio programas de ayuda a quienes padecían el síndrome del retorno. Luego nos dimos cuenta de que los países que descansan en verano una semana, en lugar de un mes como nosotros, no sufrían en septiembre ni hacían tanto drama para regresar al tajo; dejamos de radiar aquellos espacios para vagos. Además, algunos empezaban a pedir un programa especial sobre el síndrome todos los lunes. La palabra maldita aquí es esfuerzo. No se trata tanto de conseguir las cosas como de lograrlas sin sudar, que paradójicamente es lo meritorio. Por eso, si invitamos a alguien al fútbol presumimos mucho más de las entradas que nos ha regalado un contacto en el club que de las compradas con el fruto de nuestro trabajo. Por eso hay un tío en Madrid que, en lugar de fundar una empresa con actividad propia, se dedica a instalarnos en casa el wifi del vecino. Por eso tuiteamos estos cartelitos…

FInde

…y ya estamos empezando a decir “Por fin: ¡ya es jueves!”. El gran invento español de los ministerios del franquismo fue que los trabajadores dejasen de llevarse en la cartera las tarjetas para entrar. Como estaban siempre en la puerta, la persona más madrugadora podía fichar por cinco.

Cambiemos de plano: la bronca de las becas tómbola de hace unos meses tiene su lógica. ¿Qué gracia tiene una beca si te obligan a ganártela? Exigir nota es una obscenidad. Los chicos podrían alienarse…¡o incluso acabar estudiando! Lo divertido de ir a la universidad es ser un tuno de treinta y dos años con bigote y dos hijos púberes empezando el segundo curso de la ESO.

Lo que sabe bien es lo que se logra sin esfuerzo: lo gratis. Creo que fue el señor Aznar el primero que dijo “gratis total”, un pleonasmo creado para tranquilizar a los que todavía temían pagar algo alguna vez. El público de Fitur acarrea toneladas de adhesivos regalados, folletos y carteles. Al llegar a casa, los tira a la basura. Una azafata me dice que no coloca en el mostrador los mecheros de plástico por si una avalancha le tira la caseta. Internet regala libros y películas, y ahora pagar por la cultura nos indigna. Algunos cambian a un servicio gratuito de mensajería telefónica para no abonar a Whatsapp setenta y nueve céntimos ¡al año! Los palitos de presunto cangrejo de la degustación del híper vienen sobados por desconocidos que han metido la mano en la bandeja, pero son gratis. A por ellos. Odio la lubina, pero hoy había un tres por dos, así que he comprado veinticuatro. Tenían los ojos vidriosos. Soporto las canalladas de mi compañía telefónica porque tengo que firmar la permanencia: obsequian un teléfono. Realmente lo pago con mis cuotas, pero da igual: también me satisface la ficción del regalo. Hace una década que un laboratorio halló restos de orina en un cuenco de palomitas de un bar, pero seguimos comiéndolas. Si me regalan una camiseta de Portland Valderrivas, me la pongo para ir a trabajar. Al menos, si hace juego con las chanclas que me dieron con una revista.

Es fascinante que la sociedad mida mi prestigio por la cantidad de sitios en los que puedo colarme y por las cosas que consigo de gorra, no por las que logro sudando como Adán. Claro que él no vivía en España y además trabajaba por mandato divino.

@rafaelcerro

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