Darwin en España

Darwin en España

Publicado por el jul 7, 2015

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Un tipo ha sobrevolado la ciudad canadiense de Calgary en una silla amarrada a cien globos de helio y ha descendido en paracaídas. La policía dice haber detenido a Daniel Boria por “poner en peligro la vida” –sin especificar cuál- y él cuenta que voló incluso sobre un 747. Hubo antecedentes, incluso previos a la película Up: un camionero de California, Larry Walters, acarreó sobre otra silla voladora una pistola de aire comprimido para después bajar disparando a algunos globos. Perdió los perdigones, se enganchó con unos cables y terminó detenido tras haber rozado los 4.600 metros de altura. Alguna de estas tentativas ha llegado a merecer una mención honorífica de los famosos Premios Darwin para la mejora de la cadena genética. Los galardones se conceden a quienes hacen una idiotez que los deja esterilizados y también a quienes mueren sin descendencia en el desempeño de la hazaña. Un mecánico rumano que jugaba a través de su ano con un inyector de aire a presión murió al liberar seis atmósferas y reventar su intestino en mil pedazos. Fue premiado porque no tenía hijos que enturbiasen el caudal genético del colectivo. En 2007, el ganador fue un hombre que murió por intoxicación etílica tras introducirse por el ano el contenido de dos botellas de jerez.

La perspectiva eugenésica de los Darwin nos habría librado a tiempo del portavoz de algún partido, de ministras sin actividad cerebral y del presidente que en 2009 nos puso en ridículo planetario al decir en la cumbre de Copenhague que “La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”. José Luis quizá no albergase malas intenciones, pero estaba al límite de la responsabilidad legal sobre sus propios actos porque no comprendía el entorno y era víctima de la ideología a la que suelen sustraerse los inteligentes. La culpa del destrozo que sufrió el país fue de quienes lo elegimos. El ejemplo viene a cuento de que, antes que presidente, José Luis fue elegido secretario general del PSOE compitiendo contra personas inteligentes como José Bono o Rosa Díez. Se me antoja que la elección no fue un error…sino un puro fruto de la lógica del sistema.

Nuestra desconfianza ante la inteligencia y la capacidad es proverbial, hasta el punto de que confundimos el concepto de listo con el de raro. Llamamos altas capacidades a los niños superdotados para no pronunciar la palabra maldita. Nuestra apuesta por la estupidez es decidida y entusiasta. Nuestra tradición es nombrar al menos viceministro a cada imbécil que cruza nuestro horizonte sin saber conjugar un verbo regular. Lo primero que se plantea el empleador en España es no seleccionar a nadie que pueda hacerle sombra jamás, ni bajo tortura. Lo segundo, velar por el bienestar del colectivo de sus primos, cuñados y concubinas. Lo tercero, comprobar que su elegido es un pelota con más de mil doscientos vatios de potencia de succión. Siempre reparamos en que hay más jefes que indios, pero no necesariamente en que los cómitres suelen estar intelectualmente impedidos, pero los galeotes a menudo son gente hábil desde el punto de vista del mérito y la capacidad, los principios prohibidos aquí. Las estructuras que gestionan el poder son precisamente esquemas de adulación y mediocridad que en un noventa por ciento de los casos emplean a gente que por ineptitud no podría trabajar en ninguna empresa: se llaman partidos políticos.

Un ejemplo que me cayó cerca en la empresa privada: un publicitario al que el empleador le dijo que “No puedo contratarte, porque eres demasiado bueno”. Otra razón para el pesimismo: todos los que hemos trabajado sabemos aquí que el dicho que reza lo difícil no es llegar, sino mantenerse es opuesto a la realidad. Lo difícil es llegar, porque hace falta enchufe. Todas estas prácticas y pensamientos nos han permitido convertirnos con éxito en lo que somos: un país de cortesanos que desconfía sistemáticamente de las personas ingeniosas y esforzadas. Por eso aquí no hay Premios Darwin, sino un esquema de Darwin invertido en el que el sistema selecciona individuos inútiles.

Más vida en @rafaelcerro.

A José Manuel García Martín.

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