Y tú más (II)

Y tú más (II)

Publicado por el jun 20, 2015

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Hay una manera de averiguar si nuestra ideología se está volviendo patológica. La ideología política nos impide pensar desde el mismo instante en el que nos convierte en incondicionales. De quien sea. Dicho de otro modo: no estamos discurriendo en libertad cuando la identidad del autor nos importa más que la acción. Si la misma felonía nos indigna más en el político adversario que en el que comparte nuestro ideario, ya no somos ciudadanos libres.  Esto le está ocurriendo, seguramente, a más del sesenta por ciento de la población española, a juzgar por el cariz de discursos y debates. Al tuitero conservador le importa tanto la Gürtel como al izquierdista saber si el PSOE ha arruinado Andalucía gastándose en corrupción las ayudas para los parados: nada. Sólo la paja en el ojo ajeno despierta la efervescencia de nuestra indignación y nos hace vociferar. El delito fiscal del enemigo nos indigna, pero si son Messi o la Pantoja quienes defraudan nos vamos a jalearlos a la puerta de la oficina tributaria o a la salida de la cárcel. Incluso a riesgo de que la Pantoja pueda ponerse a cantar.

Cuadrículas de apriorismos perfectamente previsibles nos impiden discurrir con lógica. Ya no hay que preguntar a la gente por sus ideas en varios campos clave para diagnosticar después si es de izquierdas o de derechas. Ocurre lo contrario. Ahora hay que saber primero cuál es la etiqueta de uno, y que medios de comunicación lee, y eso nos permite averiguar después lo que el sujeto piensa sobre la deuda externa, el aborto, la dictadura venezolana,la sanidad o la educación. Es como si alguien nos estuviera dictando lo que debemos pensar sobre cada tema. Somos hormigas que, conectadas y coordinadas por las antenas, de cuando en cuando forman marabunta. Mostrando un comportamiento depredador agresivo y orientado. Con lo sano que resultaría tener un grupo de adscripción, pero no de fidelidad absoluta, del que discrepar en algunos asuntos. De niño oí decir a Santiago Carrillo cuánto le molestaba que hubiera obreros de derechas. Hoy sería sano encontrar también, por ejemplo, conservadores ateos. Por qué no. Una sociedad de uniformes es una sociedad de hombres grises.

Lo más actual: un concejal del Ayuntamiento de Madrid ha publicado chistes malos de humor antisemita. Esto ha escandalizado a sus adversarios a pesar de que el antisemitismo es habitual entre los comunistas. Media Red se ha lanzado a buscarle justificaciones utilizando en Twitter la etiqueta #Zapatasequeda. El concejal ha sido abocado a una extraña dimisión a la española que le permite seguir trabajando y cobrando. La alcaldesa ha sido muy inteligente al mantenerlo: si lo hubiera despedido de verdad, con el tiempo habría tenido que destituir a varias personas similares de su equipo, abiertamente violentas. Tampoco la violencia es una novedad entre los marxistas. Los tuiteros que defendían al tal Zapata han emitido una avalancha de argumentos falaces y de comparaciones que no venían a cuento, pero poco importan esos razonamientos (algunos, muy trabajados).  El problema es que si esos chistes los hubieran hecho descerebrados similares, pero de ideología conservadora, los mismos opinadores se habrían indignado exigiendo dimisiones. Indignación, la palabra de moda. Por ahí afuera, antes de declararse indignado ante lo que han hecho los otros hay que mostrarse orgulloso con lo que uno mismo ha hecho. En España, no: de hecho, se puede nacer ya indignado ante los dolores del trance del parto.

Desde luego, fuera de la política una misma broma nos hace más gracia si la emite alguien que nos cae bien. Hay buenos oradores que estarían argumentando exactamente lo contrario que argumentan ahora si quien hubiera publicado barbaridades sobre el Holocausto hubiera sido un imbécil adversario y no a este imbécil cercano. Hay columnistas disertando sobre los tabúes y sobre los límites del humor, pero el eje del razonamiento está en que los que opinan no necesitan conocer el contenido de la acción: sólo el sujeto.

Más vida en @rafaelcerro.

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