Muy español (III)

Muy español (III)

Publicado por el may 12, 2015

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La sistemática falta de asunción de responsabilidad colectiva ha llevado a Grecia a la ruina actual, pero allí sólo se habla de culpables extranjeros. El no pagar impuestos ha llegado a ser parte de la idiosincrasia del griego, pero resulta fácil convencer a un pueblo inculto de que hay un culpable exterior del propio desastre. En este caso, la señora Merkel, una política criticada en Alemania por moderada que defiende el derecho de su pueblo a cobrar lo que le deben. Aquí, el Gobierno conservador nos hizo ver durante años que la culpa de nuestros males económicos estaba en el ataque de los mercados, un fenómeno inexistente como tal: no hay voluntad de atacar, arma ni agresor. Lo que hay es un déficit de prestigio: cuanto menos se fía de ti el prestamista, más caro te cobra el dinero para compensar el riesgo de que no se lo devuelvas. El pueblo griego cree en culpables externos y nosotros,  en que la responsabilidad de todo es de la minoría gestora que denominamos genéricamente los políticos.

José Ortega y Gasset señaló la unanimidad con que todas las clases españolas señalaban a los políticos como “los únicos españoles que no cumplían con su deber”. El sabio se preguntó cómo podía explicarse que España, “pueblo de tan perfectos electores”, se obstinase “en no sustituir a esos perversos elegidos”. También dijo que el espíritu nacional pecaba de esparcir las responsabilidades sólo hacia afuera, nunca hacia uno mismo. Que la degeneración cultural y educativa formaban parte de “lo más íntimo de nosotros”. Supongo que les suena: casi no tenemos ningún problema ajeno al desmoronamiento de nuestro sistema educativo. Y que siempre buscamos algo sólido y “aporreable” para descargar nuestra angustia, lo cual conduce al suicidio colectivo. Parecen fragmentos de un artículo de hoy mismo y siguen siendo completamente válidos casi un siglo después de haber sido redactados.

Nosotros no aprendemos. Consecuentemente, tampoco evolucionamos. Cualquier individuo políticamente correcto nos pide que no critiquemos a España cuando la autocrítica es, precisamente, nuestra única salida. Jamás reconoceremos que sólo pagamos impuestos cuando nos obligan, que la educación no nos importa salvo para adoctrinar políticamente a los jóvenes, ni que casi nunca seleccionamos a los mejores para trabajar porque siempre tenemos alguien a quien enchufar. Conozco un locutor de radio gangoso y una periodista que dice que el primer ministro británico es Cameron Díaz porque sólo lee prensa del corazón. Mido 1,68, pero podría ser ala pívot en el Estudiantes si tuviera un buen contacto en el club. Ignoramos los principios de mérito y capacidad en el escenario laboral. Miramos con desconfianza a las personas brillantes. Somos la máxima ilustración mundial del principio de Peter: en una jerarquía, todo trabajador asciende hasta alcanzar su nivel de incompetencia. Nosotros arreglamos cualquier problema en cinco minutos, sin importarnos ni su gravedad ni su longevidad. Yo no encuentro la lógica de sustituir un partido conservador acuciado por la corrupción por un partido ultraizquierdista anacrónico que destrozará lo poco que queda como hicieron, en cuanto se lo permitieron, todos los partidos marxistas anteriores.

También nos hemos permitido el lujo de prescindir en los programas educativos del Homenaje a Cataluña de George Orwell, un genio que escribió sobre España y se jugó la vida en nuestra Guerra del 36. Ante lo chusco, él solía decir  “muy español”. Escribió que aquí “si un burro se negaba a avanzar, era normal patearle los testículos”. Orwell vino diciendo como periodista que la prensa conservadora mentía, aprendió aquí que la de izquierdas hacía lo mismo y terminó observando que el nuestro era el único país del mundo donde ocurría blanco y los diarios publicaban negro. Nos adoraba y escribió que éramos tan generosos que no se nos podía pedir un cigarrillo porque regalábamos todo el paquete. Lo exasperaba la máxima nacional, que tampoco ha cambiado, de “si hay que hacer algo, se hará mañana”. Cuando un maquinista desvió su tren porque tenía algo que hacer en otra ciudad, se quedó estupefacto. Cuando la compañía paró el convoy para permitir al mismo Orwell telefonear y avisar a su mujer de que no iba a llegar, afirmó que aquello era “muy español”.

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