Muy español (II)

Muy español (II)

Publicado por el may 9, 2015

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Hemos hablado aquí de asuntos celtibéricos muy ásperos, pero nadie ha venido a emascularme. Charlamos en la entrega anterior sobre responsabilidad colectiva. Sobre la corrupción de empresarios y de empleados. Sobre un país en el que hacen trampa hasta los notarios: se ausentan para que saquemos el dinero negro con el que pagaremos parte de nuestra vivienda. Sobre trabajadores que se marchan voluntariamente de una compañía pero piden deme el paro como si los hubieran echado. Sobre fontaneros alérgicos al IVA. Sobre ciudadanos que reclaman contrato indefinido para ellos, mas no se lo firman a sus asistentas. De defraudadores, golfos, concejales y otros coyotes.

Ha quedado refutado el bálsamo teórico con el que aliviábamos el escozor de nuestras heridas: la culpa es de los gestores. Por supuesto, la responsabilidad es de todos, políticos incluidos. Para empezar, de los electores que están enganchados a votar a los corruptos. No sé si hay una  metadona contra eso. La culpa es también de nuestra idea de que Hacienda no es nadie. De nuestra particular concepción de la aritmética: si ingresamos tres, gastamos cuatro. Lo hacemos gestionando el Estado, dirigiendo una empresa o administrando nuestro propio hogar. Cuando alguien nos advierte de que un préstamo es excesivamente oneroso para nosotros, le contestamos

…el que no entra, no sale.

La culpa es de la inveterada costumbre de contratar a media familia en cuanto llegamos a un sillón de mando. Al final hay tanta consaguineidad en las empresas que es mejor prohibir el contacto sexual entre empleados para evitarle riesgos al feto. Hay más cuñados aquí que personas. La famosa culpa está también en que desconocemos la noción de responsabilidad: nadie responde por nada.

Los notarios no están solos. Los aparcacoches son gestores profesionales de la ilegalidad: explotan la doble fila. Así, los ocupantes de los coches pueden entrar despreocupados en garitos donde otros intoxican su hígado con alcohol de alambique chungo. He visto tres destilaciones de una misma ginebra con botellas y etiquetas idénticas. Si toda la gente ingeniosa que se devana los sesos para estafar a los demás se empleara en algo honrado, tendríamos el producto interior bruto de Estados Unidos. Si Lázaro de Tormes resucitara como hizo el otro Lázaro, huiría del país presa del pánico, asustado de ver tanto pícaro. El Lazarillo estaba acostumbrado a ver muchos menos golfos y no siempre presidiendo diputaciones.

El problema de que nuestro escenario se esté derrumbando está también en que no nos formamos. Para muchos de nosotros, el tagalo y el inglés son lenguas igualmente exóticas; si queremos comer dorada en el puerto de Bournemouth pedimos one golden. Algo mejor improvisamos cuando estamos en un atolladero, de modo que en la farmacia decimos I’m constipated y pedimos un remedio.

 

Bengalí 2

Nuestro dominio del alfabeto bengalí es muy deficiente.

La culpa de que hayamos llegado a esta estación término también es de cómo trabajamos. Empezamos la jornada con el llamado triple desayuno concatenado español: llegamos al curro a tiempo para fichar, dejamos las llaves del coche sobre la mesa y pronunciamos la frase mágica:  bajo a desayunar. Aunque la cafetería esté en la planta séptima, nosotros bajamos a desayunar. Como se sabe, hay una ley orgánica que prohíbe desayunar en casa y fumar en casa: lo hacemos en el tajo. Cada vez que entra un nuevo compañero en el bar, volvemos a encargar desayuno. A la novena porra estamos con pocas ganas de hacer nada y al borde de una intoxicación por ingesta de grasa industrial, que forma en la superficie del café charquitos con formas caprichosas. Nuestro cerebro no discrimina los conceptos teléfono de empresa y teléfono particular, de tal suerte que para charlar con una dama sobre planes sicalípticos en común utilizamos el primero, el de atender a los clientes. Alguno se preguntará si todo eso no pasa en muchos otros países. No lo sé. Lo que desde luego no hay afuera es esta tolerancia social tan generalizada a la desidia, a los comportamientos indignos y al fraude fiscal, especialmente al del IVA. En cuanto al de la renta, hace unos veinte años, un suspiro, la gente todavía presumía en España de no pagarlo. Ahora disimula y sigue sin hacerlo si puede. Hoy la cosa ha cambiado y nos cabrea mucho el fraude…de los demás. Igual que nos enciende la corrupción, pero sólo la de los del otro partido. La frase invencible es

…y tú, más.

No es lo mismo que me roben los rojos que que me roben los azules. Dos ejemplos. Si soy de derechas -los eufemismos actuales son popular o de centro-, me escandaliza el albañal sociopolítico de culpa colectiva, mirar hacia otro lado, en el que se ha convertido Andalucía. Sin embargo, me molestan mucho más la Gürtel y sus franquicias en el caso de que mi ideología sea de izquierdas. Ser de izquierdas se resume en la frase si un camarada dona diez euros es solidaridad, pero si Amancio Ortega entrega veinte millones eso es sólo la caridad de un ricacho.

Dos de los cerebros más grandiosos del siglo XX, Georges Orwell y José Ortega y Gasset, analizaron nuestra particular manera de ser y probablemente encontraron alguna solución. La estudiaremos en la próxima entrega. Les adelanto que Orwell decía muy español cuando encontraba algo chusco.

Más vida en @rafaelcerro

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