Fútvol

Fútvol

Publicado por el may 6, 2015

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Madrid. En el parque. Carlos tiene seis años y ha jugado durante un rato para no parecer un bicho raro; el fútbol no le atrae. Uno de los padres opina con mal gesto ante su mamá que “si a esta edad no le gusta el fútbol, estamos apañados”.

Un  proverbio serbio recomienda no hablar de política ni sobre religión en la mesa porque allí hay cuchillos al alcance de los comensales. Analicemos un tema realmente crítico: el fútbol, lo único que de verdad une a España, independientemente de edades y de ideología. Caminemos con pies de plomo: Elías Canetti, el gran estudioso de la masa, dijo que “uno siente que ciertas palabras son terribles para todos los demás, salvo para nosotros”. Este artículo no versa sobre la indudable presencia de intelectuales brillantes en ese mundo, ni sobre la innegable ventaja de que los chicos practiquen deporte durante un número razonable de horas. Versa sobre la saturación de balón que sufrimos dentro de un tejido social en el que la gran pregunta ontológica es si eres del Madrid o del Atleti. Uno forma parte del fútbol, le guste éste o no. El balompié se parece al metano en que se expande hasta que lo ocupa todo. No es posible sustraerse a ninguno de los varios partidos del siglo de cada año, ni conseguir que la grúa se lleve los vehículos mal aparcados de los hinchas, ni dormir temprano en casa si hay Copa de Europa. El lenguaje de la prensa ha generado el eufemismo violencia en el deporte para no decir violencia en el fútbol. También nos hace ver que es bueno que los niños practiquen deporte. Desde luego que lo es: con mesura. En la práctica esa actividad llena  todo su tiempo libre, casi siempre sustituye a la lectura y siempre condiciona enormemente la actividad de ocio de las familias. Los organizadores dan por hecho que no hay nada más importante para el grupo familiar, así que éstos terminan asistiendo a partidos los sábados a las ocho de la mañana. Cuando éstos se celebran por la tarde, desconvocan celebraciones de cumpleaños. La afición a un deporte es sana, pero la adicción al fútbol resulta patológica como todas. Los niños realizan giras culturales por el interior de estadios vacíos como si fueran el Museo Egipcio de El Cairo, salen a la calle vestidos como jugadores y, lo que resulta más grave, hablan como tales. O sea: iniciando todas las respuestas por la palabra bueno.

Verdades incómodas. Nada resulta más molesto que escuchar que, nueve de cada diez veces, esto es o fútbol o lectura. Nada es más justo, pero pido disculpas a los padres que se ocupan de que los pequeños también lean. La mayoría de nuestros críos cita más de cien futbolistas pero ignora quién era Ortega y Gasset. Grandes y pequeños saben quién es José Antonio García Calvo, el defensa del Atlético de Madrid, pero el pensador Agustín García Calvo era un perfecto desconocido. Por eso sale menos en las búsquedas de Internet. El fútbol sería magnífico limitado a su tiempo y en su espacio, pero ahí es donde casi nunca está: los ocupa todos.  Que los chicos jueguen al fútbol durante unas horas es magnífico . Que sólo hagan eso (y que reciban una educación deficiente, como ocurre ahora) los expulsará del mercado internacional de empleo. No es una afirmación gratuita: ocupa demasiadas horas como para que quede tiempo libre para aprender otras cosas. Estamos criando una generación ágrafa capaz de escribir *sigeme y *vateria…pero no de equivocarse con *fútvol:

 

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