Cómo romper

Cómo romper

Publicado por el mar 5, 2015

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La vida nunca ha sido igual de pesada para ellos y ellas. El texto del Génesis ya nos muestra a Dios imponiéndole un castigo a Adán, “con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra”, pero dos a Eva. Primero, “con dolor parirás los hijos”. A continuación, “hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará”. El hombre puede acostarse con otra chica, pero continuar la relación conyugal con soltura. La mujer entiende que ha hecho algo de relieve cuando se acuesta con otro y entonces no es raro que se largue con el nuevo. Pocas veces obramos igual y casi nunca hablamos parecido. Cuando no entendemos al otro porque utiliza un código diferente, podemos emplear dos estrategias lingüísticas. La primera es intentar aprender a utilizar el código de nuestro interlocutor. La segunda es la que observamos cuando un español pide algo en la recepción de un hotel extranjero: repetir la demanda textualmente, pero cada vez más alto. Gritar  “¡Quiero una toalla!” elevando progresivamente la voz, pero siempre en español.

Hoy me refiero a las parejas como las de antes, formadas por un hombre y una mujer. A menudo decimos que el lenguaje de la pareja es difícil de describir porque intuimos que realmente no existe como tal elemento unitario. Lo que realmente hay en estas discusiones de dos es una bipolaridad de códigos: dos personas que sienten diferente hablando dos idiomas completamente distintos.

María le dice tenemos que hablar y a Juan le tiemblan las piernas porque la ama. Aunque la palabra amar esté casi en desuso. Cuando tu chica te dice tenemos que hablar, estás muerto. Si hubiera sido él, Juan habría roto al estilo masculino: diciéndole tenemos que darnos un tiempo, como si aquello fuera un partido de baloncesto y no la unción conyugal. Darse un tiempo es en el terreno romántico un eufemismo equivalente al que en el mundo del trabajo representa  la expresión “convergencia de sinergias laborales”, que significa que van a despedir a mucha gente.

Agarrotado por la jindama, él suele introducir la frase varonil con el todavía más cobarde y edulcorante “estoy muy confuso”, giro que utiliza con más soltura cuanto más seguro está de que no quiere verla más, por ejemplo porque ha decidido poner en marcha un plan Renove con otra fémina. Cuando un amigo de edad provecta le ha dicho “el matrimonio no resuelve el problema sexual, si bien es cierto que tampoco lo agrava”. Cuando ha decidido poner en marcha un plan Renove porque le va bien la relación que ha comenzado con una tercera persona.

Irse con ella. Cuando asume que hay un montón de posibles parejas esperando en Internet, pues jamás hubo en el planeta tanta gente en contacto con tanta gente. O, simplemente, cuando se imponen las razones geográficas. Ésas que nos hacen confesarle a un amigo ante dos cañas, en un bar con el piso cubierto por cabezas de gambas y huesos de aceituna, que “Julia no me gustaba mucho y encima vivía en Las Rozas”. Si se le va la mano con el endulzado, ella se enfada y entonces nace este diálogo, bastante frecuente y popular:

-         Yo te quiero como a una hermana.

-         Pues a tu hermana no te la tiras.

@rafaelcerro

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