El lenguaje del híper (y III)

El lenguaje del híper (y III)

Publicado por el mar 3, 2015

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Si es gratis, a por ello cueste lo que cueste. Moderno adagio español.

En los pasillos del híper, otro lugar en el que la gratuidad de un producto altera nuestra vida normal es el Burger King. La gente se entera de pronto de que pagando una bebida puede repetir y tomar toda la Coca Cola que quiera, con el único límite de su muerte biológica por explosión de tráquea o estómago. Leí que el camello bactriano puede beber hasta 135 litros, pero la ingesta del animal se me antoja ridícula cuando miro cómo se amorran los clientes a la máquina de bebidas sólo porque a partir de la segunda “es gratis”. Palabras mágicas. El tío que ha pagado su refresco decide que tiene que beberse todo el tanque de la máquina, incluso a riesgo de perder la vida entrando en coma, en una orgía letal de burbujas y cafeína. Aunque no tenga sed. Sólo porque es de balde. Una dependienta me dice “puede repetir cuanto desee, pero iré a por usted si acampa allí y hace botellón con la Fanta”. Su humor fresco me hace sonreír y el trato de usted me reconforta: es toda una señora que aplica la forma de cortesía a los desconocidos. Algo impensable, por ejemplo, en los telefonistas de Orange, que son capaces de dejarse desollar vivos antes que cejar en su empeño de llamarte de tú cuando les pides que lo hagan.

Salgo de la hamburguesería y rondo los anaqueles refrigerados del pescado. Parece ser que en los palitos del cangrejo hay de todo, menos cangrejo. Ahora, la charcutería. Nueva sorpresa de degustación: cuando lo gratis son los canapés de chorizo y queso, las rodajas y láminas suelen ser transparentes. Más allá, la muestra gratuita es de café, que habitualmente resulta laxante. Si te tomas uno tienes que ir al retrete, pero preferentemente a través del hiperespacio, para llegar a tiempo. Si te tomas dos vasitos, no tienes problema con llegar: te lo haces delante de la azafata.

Hora de salir. Antes, la costumbre en el híper era comprarlo todo e ir a la caja. Ahora adquirimos unos cuantos productos, dejamos en la fila el carro con ellos dentro y le decimos al de detrás “voy un momentito a por una cosa que me falta”. Entonces es cuando hacemos el noventa por ciento de la compra, mientras los demás esperan, bloqueados. La cajera me pregunta si tengo no se qué tarjeta y si quiero los puntos de descuento para las sartenes. Ni conozco esos puntos, ni soy titular de ninguna tarjeta de comercio alguno ni tengo ni idea de cómo se maneja una sartén, salvo para destrozar huevos fritos. De tanta comida preparada como ingiero se me está poniendo la cabeza con la forma y el color de la lata de cocido Litoral. La cajera resulta ser hija de Mercurio, el dios romano de la velocidad, y pasa los productos ante la lucecita roja del lector a un ritmo tan frenético que no me da tiempo a embolsar casi ninguno. Necesito bolsas y me ofrece que elija entre las de coleccionista, ésas lujosas con asas fuertes como de tela, y de plástico. Tengo en casa unas ciento veinte de las primeras, así que opto por las otras, pero resulta que ahora ya no las hacen de plástico sino de fécula de patata. Probablemente, para que se las coman los parados.

@rafaelcerro

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