El lenguaje del híper (II)

El lenguaje del híper (II)

Publicado por el feb 28, 2015

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Yo frisaba los seis años y llevaba pantaloncitos cortos y unas gafas antiguas de pasta negra que me conferían un aspecto de empollón bastante repugnante. Pensaba que el frutero del mercado de Ventas vendía uvas buenas y malas. Dos géneros separados en distintos cajones de madera para las diferentes señoras que pidieran una u otra calidad. Mi abuela siempre le preguntaba en singular: “¿Es buena la uva?”. El frutero contestaba indefectiblemente “La mejor, señora”. Jamás dijo “Es mala, doña Lola. Uva chunga. ¿No ve cómo reptan por su superficie gusanos y mosquitas diminutas que saltan molestándonos?”. Él alababa la fruta y, aunque la única fuente de legitimidad de aquella afirmación de calidad fuera él, la buena mujer adquiría el producto. Cuando cumplí ocho años advertí que había una pregunta todavía más importante que la que cuestionaba la calidad del género: “¿Quién da la vez?”, que evitaba que las mujeres que iban a comprar se arañasen disputándose un lugar en la cola.

Ahora, en el tercer milenio, soy adulto y asisto estupefacto a la descomposición de mi país. Algunas cosas han cambiado: la gente llama de tú a los desconocidos, conduce por la izquierda y ya no cede el paso a las señoras. Pero la cola del mercado sigue siendo la misma. Cada vez que estoy esperando ante la pescadería, mirando las gambas y pensando que sus cabezas alfombrarán un día el suelo de algún bar, llega una nueva clienta y pregunta ¿”quién es la última”? Siempre contesto solícito “¡servidora!” y la señora se turba e intenta arreglarlo demasiado tarde. Yo le aconsejo entonces que no se preocupe, que estoy acostumbrado a las inexactitudes de género. Una vez, en Dia, una bruja humilló a la cajera porque le había devuelto un céntimo de menos por error. Le ofrecí a la harpía cien veces más, un euro, a cambio de que dejase en paz a la chica. La sierpe cogió el centimito de la discordia y se marchó regurgitando invectivas contra mis antepasados. Ahora, cuando entro en ese supermercado, me tratan como a un héroe de guerra. Otras veces me llevo carros cargados que no son míos porque soy muy despistado y además yo empujo cualquier cosa que se me ponga por delante. En una ocasión, incluso le di la mano a una señora desconocida por el mismo motivo.

Nuestras vidas sólo corren peligro en el híper cuando hay degustaciones o regalan algo. Mi hija sabe que hay que rechazar los trocitos de salchicha gratuitos rellenos de queso y ensartados en un palillo porque la gente mete las zarpas en las bandejas. Un laboratorio de Madrid encontró orines en los cuencos de palomitas gratuitas del bar, pero la gente sigue ingiriéndolas porque son gratis. Para el español, cualquier cosa gratuita es motivo de estampía y la aserción es gratis constituye una verdad en sí misma que no necesita explicación. Que algo sea de balde justifica que nos empujemos por las salchichas, que con las prisas nos traguemos los palillos, que corramos en estampía, que tiremos el puesto y que violemos a la azafata. Y que, aunque realmente hayamos comido media hora antes, devoremos siete trocitos de carne con queso y los almacenemos en algún lugar de nuestro organismo hasta que podamos asimilarlos. Esto nos iguala intelectualmente a los hámsters, que aunque estén ahítos siguen tragando pipas y van haciendo acopio de las mismas en sus carrillos por si vienen tiempos peores. Supongo que la evolución hará que el español desarrolle un día grandes mofletes por si alguien regala galletas Oreo.

@rafaelcerro

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