Perroflautas (y IV)

Perroflautas (y IV)

Publicado por el oct 16, 2014

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El perroflauta no necesita saber para opinar. Entiende el mundo a través de pancartas y eslóganes en verso, pero exige investido del halo de legitimidad que confiere el cabreo. Más allá de bromas como doggyflute, no es fácil traducir el término. La palabra españolizada hippy no sirve. Entre otras razones, porque los hippies eran pacíficos. Casi todos los perroflautas están integrados en el sistema y forman parte de una burguesía que vive de una generación anterior acomodada. Son guardianes de la ortodoxia y campeones del dogma. Suelen aparecer en las redes sociales ocultando sus nombres y pueden hacerlas hervir llamando “asesinato” a la eliminación de un perro aconsejada por la ciencia. Pueden rodear el Congreso y amedrentar a los diputados; una sociedad con el cerebro reblandecido considerará el hecho menos grave que si lo hubieran perpetrado los ultraderechistas. (Nuestro Diccionario llama ultras sólo a los extremistas de ultraderecha). Siempre conciben al discrepante como “fascista” y todo su pensamiento está hecho de apriorismos, hasta el punto de que se puede saber de antemano qué pensarán sobre casi cualquier cosa.

 

Religión.

Oposición visceral contra la Iglesia católica, comprensión hacia los radicales de otras confesiones. El principio buenista es “Cualquier creencia es respetable”. Una idea nefasta que llevada al límite permitiría que nos invadieran los extremistas del Corán o que legalizáramos la apología del nazismo. Karl Popper advirtió que no debemos ser tolerantes con los intolerantes.

 

Crisis del ébola.

La parte más débil de un conflicto no puede asumir ninguna responsabilidad y menos entre un trabajador y la Administración. Ante errores garrafales evidentes por ambas partes, la culpa es siempre del Estado: de todos nosotros.

 

Corrupción.

El perroflauta no es distinto en esto al resto de la población. Con ella comparte el llamado principio lógico español de búsqueda de responsabilidad: “Y tú más”, que en plural se formula “Anda, que vosotros…”. Este postulado permite no mejorar jamás porque elimina la autocrítica. Si te dicen que tu socio ha hundido una Administración, responde “Anda que vosotros”.  Si te llaman corrupto, no lo refutes: di “Y tú más”.

 

Gasto público. No debe tener límite. Los políticamente correctos piden una sanidad y una educación pública fuertes (como si los demás no las quisiéramos), pero no discuten cómo pagarlas. El planteamiento de Podemos es “Prometamos todo lo que reporte votos, incluso aquello que haría quebrar la economía”. El del PSOE, en boca de la exministra socialista de Cultura Carmen Calvo, es “Estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie”. Por eso llegó el agujero a las antípodas.

 

Alegre popurrí de demagogia en la Arcadia feliz española.

Los jóvenes siempre tienen razón: son víctimas natas. No deben buscar empleo fuera. Se les repite la frase políticamente correcta y “Sois la generación mejor preparada de la historia” para que no se esfuercen jamás y se impide que la Administración suba la nota de corte de las becas por si a alguno le da por estudiar. Los desahuciados también tienen razón siempre, independientemente de si pidieron un préstamo que no podían pagar. Los habitantes de regiones desfavorecidas no deben emigrar ni buscar trabajo jamás en otros lugares; las comarcas prósperas deben sostenerlos para siempre.

Más vida en @rafaelcerro

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