Cómo hablar como un auténtico imbécil

Publicado por el feb 28, 2014

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Quevedo decía que eran estúpidos todos los que lo parecían pero también la mitad de los que no lo parecían. Jules Renard creía que “estupidez humana” era redundante porque, realmente, los únicos estúpidos son los hombres. Intentemos aislar alguno de los mil ricos matices y destellos de la estulticia.

Toda persona que desee considerarse realmente estúpida deberá invocarse a sí misma alguna vez. En lugar de citar a Óscar Wilde, Chesterton o Einstein, pronunciará la frase “como yo digo” para, a continuación, regurgitar un pensamiento propio que será un lugar común o una sandez. “Como yo digo, en cuestión de gustos no hay nada escrito”. O sea, lo contrario de lo que en realidad sucede: que si sobre algo hay literatura abundante es precisamente sobre el cromatismo inagotable de los diferentes pareceres y paladares. Todas las publicaciones sobre enología, literatura, pruebas de coches o cinematografía versan precisamente sobre diferencias de sensibilidad. Con la educación pasa algo similar: hay mucho escrito. Desde que los zapatos negros se complementan con calcetines del mismo color hasta que los varones educados ni le dejan abrir la puerta del auto a una señora ni suben la escalera detrás de ella. Bien entendido que no existen absolutos espacio temporales y que el discurso dominante suele cambiar. Por ejemplo, los calcetines blancos sí se estilaban en Madrid hasta los años sesenta del siglo pasado, y también los llevaba el protagonista de la película que más marcó moda juvenil en los ochenta en todo el planeta.

Travolta calcetines blancos

Esos calcetines también están de moda en algunos lugares del Este de Europa. De modo que, si escuchamos a la mayoría de la población civilizada, (que se define como “la que no es capaz de ir en chándal a misa ni de llevar palillo en la boca”), usted sólo es un hortera de bolera si lleva calcetines blancos con zapatos de otro color en nuestro aquí y en nuestro ahora. Pero volvamos a lo metalingüístico y a una sandez que escuchamos casi a diario: “Soy amigo de mis amigos”. ¿Está obligado un auténtico imbécil a definirse en público como “Buen amigo de sus amigos”? ¿Con qué frecuencia debe hacerlo? ¿Ha de convertir la frase en su epitafio? El domingo nos ocuparemos de esta cuestión candente.

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