¿Y de mí no tenías miedo, president?

¿Y de mí no tenías miedo, president?

Publicado por el ene 29, 2015

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Leo en la prensa que Jordi Pujol insiste ante el juez, erre que erre, en que el origen de su fortuna familiar escondida es la herencia del avi Florenci, en que él no supo ni quiso saber cómo se administraba la misma y quién y cómo multiplicó los panes, los peces y los 3 per cent, y en que si no dijo antes pues eso, que su catalanísima familia tenía el riñón cubierto con el dinero que guardaba fuera y no declaraba aquí (aportando su granito de arena, o incluso su buen macizo de Montserrat, al mítico expolio fiscal de la patria), pues que fue por “miedo”. Que Pujol tenia “miedo” a decir la verdad.

Miedo político, se entiende. ¿A ser perseguido o por lo menos incomprendido? ¿A que no le votaran? ¿A que trataran de multarle o incluso de meterle en la cárcel, como según él sucedió, a su juicio tan injustamente, cuando el asuntillo de BancaCatalana?

No sé si ya he hablado antes aquí, en este blog, de mis padres. Mi padre se llama Eudald Martí Grau. Mi madre se llamaba (falleció en 2004) Maria Teresa Arias. Los dos catalanes profundos, de Sant Celoni él, de Arbúcies ella. Montseny puro. Gente sencilla y de orden. Para ellos Jordi Pujol era Moisés. Un día que el entonces todavía molt honorable visitó Arbúcies, y mi madre le vio por primera vez de cerca, volvió a casa arrobada por “la inmensa personalidad de sus preciosos ojos verdes” (sic). Si le llego a decir que estaban a punto de ficharle para jugar en la NBA se lo cree.

Oigan. Que no es broma. Que corrían los años 90 y el otrora líder de ERC Àngel Colom se desgañitaba pidiendo la independencia, cuando mi madre, catalanista integral y total, me comunicó que Colom la sacaba de quicio “por irresponsable y por imbécil”. Razonó que la prueba del nueve de su imbecilidad era “esto de pedir todo el día la independencia, que ya se ve que no puede ser”. Yo decidí hacer un experimento. Me quedé mirando de hito en hito a la autora de mis días y sin pestañear le pregunté: “¿Y si de repente la independencia la pidiera Jordi Pujol?” Ella sí pestañeó profusamente antes de contestar: “Entonces sería distinto…porque él sabría por qué lo dice”.

¿Se entiende el daño que han hecho algunos con sus viruelas a la vejez? ¿Se entiende que no radicaliza quien quiere sino quien puede?

Mis padres sólo asistieron a una manifestación en toda su vida. Y era la de Banca Catalana.

Cuando yo empecé a trabajar como periodista política, a veces mi familia seguía en romería los mítines de CiU, matando así dos pájaros de un tiro: verme a mí, que entonces ya vivía por mi cuenta, y quién sabe si ver a Pujol de cerca. Quiso la casualidad en una ocasión que el president y sus escoltas se sentaran a cenar en el mismo local de Sabadell donde cenaba yo con la familia. Listo como sólo son los caudillos, Pujol vino derecho a mi mesa a saludar. Mi padre se puso en pie, casi se le cuadró y poco menos que se desmaya de la emoción.

Y yo encantada, claro.

Maldito seas Jordi Pujol i Soley por este precipicio de decepción sin remedio ni límites al que nos has arrojado. Yo creía que sólo te habías vuelto majara con esto de la independencia. Que eras una especie de Rey Lear de Convergència.

Si hace años me hubieran dicho que tú eras capaz de robar y de mentir sobre haber robado, no lo habría creído. No lo habría creído ni aún sabiendo que tu mujer y muchos de tus hijos no eran trigo limpio. No lo habría creído ni viéndote meter la mano en la caja con mis propios ojos.

Si no fueras tú el autor del comunicado que salió este verano, aún tendría mis dudas. Aún una parte infantil de mí se aferraría a la hermosa posibilidad de un complot.

Te creo cuando dices que no quisiste saber nada del dinero, que repartiste tu sangre de pelícano entre tu esposa y tus hijos y te quisiste olvidar. Que llevas décadas practicando el doble pensamiento, dejando hacer y olvidándote de que dejabas hacer. Y que tenías miedo de sacar la verdad de su funda. De mirar lo hecho y lo no hecho a la cara.

¿Y de rompernos el corazón y la admiración a tanta gente no tenías miedo, president? ¿De decepcionar a todo un pueblo que si se despista te sigue hasta el mismísimo abismo? ¿De destruir el asombroso caudal de confianza que llegó a correr a tus pies?

Hay algo peor que perder las elecciones, sabes. Es perder tu alma.

Junto con mi respeto.

 

 

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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