Un exagente secreto de EEUU nos habla del dilema entre detener y matar terroristas

Publicado por el ago 3, 2011

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“For God and country. Geronimo”. Por Dios y por mi país. Gerónimo. Estas fueron las palabras del SEAL que abatió a Osama Bin Laden la madrugada del 2 de mayo en Abbottabad, Paquistán, noche del 1 de mayo en Washington, Estados Unidos. Geronimo no era el nombre en clave de Bin Laden sino la palabra mágica para expresar misión cumplida: Bin Laden ha muerto. Pues su muerte y ninguna otra cosa era el plan A, B y C. Jamás se pensó en capturarle vivo. Así lo revela el interesante reportaje que esta semana publica el semanario The New Yorker.

¿Sorprendidos? ¿Horrorizados? ¿O simplemente con ganas de preguntar por qué a veces se detienen terroristas y se les lleva a juicio, y a veces se decide no hacer prisioneros en la guerra contra el terror? Nosotros se lo hemos preguntado a una autoridad en la materia, Fred Burton, antiguo miembro del Servicio Secreto del Departamento de Estado de EEUU, donde en los años 80 formó parte de un exiguo núcleo fundador de la división antiterrorista, especialidad the sandbox (la caja de arena), argot de la casa para Oriente Medio. En menos de dos décadas el agente Burton se vería propulsado a una leviatánica lucha total que le llevaría a viajar por todo el mundo portando una libreta, una moleskine negra, donde apuntaba el nombre de todos los asesinos de masas que se le habían escapado…de momento. A día de hoy, ya retirado del servicio público activo y dedicado a la consultoría privada, Burton conserva esa libreta. Y sigue tachando nombres.

El último que tachó es el de un oscuro terrorista palestino que un sábado de julio de 1973 mató a tiros en mitad de un suburbio residencial de Washington a Joe Alon, agregado militar de la embajada de Israel y padre de una compañera de colegio y vecina de Fred Burton, por aquel entonces apenas un adolescente. El shock encaminó a Burton primero hacia ser agente de policía y después al Servicio Secreto. Donde una y otra vez se interesó por el caso Joe Alon, cerrado una y otra vez en falso.

 

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Le llevó veinte años descubrir las claves y causas de aquel asesinato. Ha narrado este esfuerzo en Chasing Shadows, un libro de reciente aparición. Donde entre otras cosas descubrimos que cuando el exagente Burton descubrió por fin la identidad del asesino de su antiguo vecino, descubrió asimismo que no había manera humana de llevarle con éxito frente a un tribunal. El largo tiempo transcurrido, más un oscuro entramado de intereses, habían borrado todas las pruebas de la faz de la tierra. Fin de la historia. En la práctica, impunidad.

 

¿Y qué hizo Burton entonces? Pues recurriendo a técnicas largamente aprendidas en el “mundo oscuro”, como él lo llama, cogió la información que tenía y se la pasó a determinados contactos en Israel. Transcurrido un tiempo prudencial estos contactos le hicieron saber que, definitivamente, el caso Joe Alon ya estaba cerrado. Sin cabos sueltos esta vez.

¿Significa eso que el caso Joe Alon, la Operación Gerónimo, etc, son eslabones de una misma cadena, secuencias de una pauta que va a repetirse siempre, y que implica que por cada terrorista juzgado y condenado, haya cinco ejecutados sumariamente allá donde se les encuentra? Respuesta para ABC del exagente Burton: “A veces en el negocio antiterrorista, las únicas opciones que tienes son malas o peores. Lapidario. Pero entonces, ¿somos todos unos hipócritas? ¿Queremos seguridad pero no saber cómo se consigue? Nueva respuesta de Burton: “Las más de las veces, la gente está mejor sin conocer la amenaza a la que se enfrenta“. Doblemente lapidario.

Estamos hablando con un hombre que en su juventud investigaba el terrorismo palestino con una mano mientras con la otra tenía que custodiar a Yaser Arafat cuando este asistía a las asambleas de la ONU y era por tanto invitado formal del Departamento de Estado de EEUU. Burton vio con sus propios ojos como toda clase de gente peregrinaba al hotel de Arafat en Nueva York a rendirle pleitesía… y a depositar en una gran bolsa de basura a la puerta de su suite miles de dólares en donativos. “Alguna vez pensé en coger la bolsa llena a reventar de billetes de cien dólares y echar a correr…estoy bromeando“, nos aclara. Otra vez le tocó a custodiar al entonces primer ministro italiano, Giulio Andreotti, cuando este tuvo el descaro de celebrar una cena con mafiosos en Little Italy…con el Servicio Secreto y el FBI a la puerta.

Con las historias de Fred Burton en el Servicio Secreto queda bastante claro que la lucha antiterrorista se parece mucho a luchar en el barro. La claridad de ideas y de principios que anhelamos y hasta exigimos todos los que vemos los toros desde la barrera tiene algo de misión imposible. Hay que tomar constantemente decisiones comprometidas, hay que cruzar líneas rojas. No arriesgarse a hacerlo, no moverse del círculo seguro de la virtud, puede requerir cierto estómago. ¿El estómago necesario para pagar la propia corrección política con vidas humanas inocentes? ¿O esa ha sido siempre la excusa para dar siniestras órdenes en la sombra?

Hay en el curriculum de Fred Burton una situación que recuerda increíblemente al dilema al que se enfrentó el presidente Barack Obama la noche de la Operación Gerónimo. Había también un peligroso terrorista oculto en un Paquistán traicionero, concretamente en un escondrijo de Al Qaida en la capital, Islamabad. Hablamos de 1995, dos años después del primer atentado contra el World Trade Center. La pieza perseguida era uno de sus planificadores, Ramzi Yousef, un kuwaití de ascendencia paquistaní, sobrino por cierto de Khalid Sheikh Mohamed, autoproclamado ideólogo, sólo seis años después, del 11-S.

El agente Burton recibió el soplo de que Ramzi Yousef se ocultaba en Islamabad. Lo correcto habría sido pedir permiso a sus superiores para capturarle, seguir una serie de pasos que en algún momento habían incluido informar a Paquistán. Burton decidió no consultar a nadie y tirar por el camino de en medio. Arriesgándose, como mucho después Obama, a desencadenar un conflicto diplomático y militar mayúsculo, sin ni siquiera garantías plenas de que Ramzi Yousef se encontraba realmente donde le habían dicho que se encontraba. Como Obama, Burton pasó largas horas en vela, pendiente del desenlace de la operación. La principal diferencia es que a Ramzi Yousef le cogieron vivo. Actualmente cumple cadena perpetua en Estados Unidos.

La mía fue una decisión distinta de la del presidente Obama de dar muerte a Bin Laden; mis hombres sólo habrían tirado a matar contra Ramzi Yousef si este hubiera supuesto una amenaza directa contra su seguridad“, concluye Burton. Hay quien considera aquella operación la cima de su carrera. Hay quien en cambio cree que fue el principio del fin, lo que le obligó a acabar dejando el Servicio Secreto. “Por lo menos duermo por las noches“, remacha, cortésmente desafiante.

¿Sigue Burton con su moleskine negra, con su lista de nombres de terroristas bajo el radar, gente que se las ha arreglado para eludir la acción de la justicia visible y ordinaria? “Siempre”. También sigue pensando que a EEUU le costó mucho, demasiado, tomar en serio la amenaza del terror a gran escala y poner los medios necesarios para combatirlo. Esos medios han mejorado mucho desde que él empezó pero que siguen quedando por debajo de lo que la gente ni siquiera imagina que necesita. “No es probable que Al Qaida esté en condiciones de repetir un atentado como el del 11-S, pero uno como la matanza de marzo de 2004 en Madrid sí puede volver a ocurrir en cualquier momento“, se despide, muy serio.

 

 

 

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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